martes, 7 de mayo de 2013
La princesa, el caballero y el dragón
lunes, 8 de octubre de 2012
Papito, for ever!
lunes, 30 de abril de 2012
Cuestión de Marketing
martes, 17 de enero de 2012
Para siempre de los siempres
miércoles, 27 de abril de 2011
Losing my religion
lunes, 21 de febrero de 2011
Sucios recuerdos
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Sin tetas, no hay paraíso
lunes, 11 de octubre de 2010
Ghost Writer
domingo, 15 de agosto de 2010
Ellen

Ellen, tenía unos treinta años cuando la conocí. Y si algo me sorprendió de ella y logró mover hasta mi última fibra, fue su seducción fotográfica. Siempre en posición para ser admirada como una verdadera obra de arte, algo tallado a mano, delicioso, iluminado. Claro, que mi mirada de lobo hambriento no se limitaba solo a lo estético. Su forma de ser, sus palabras dulces y desinteresadas de todo aquello banal del mundo, al cual yo venía adquiriendo acciones, la convertía en un ser difícil de seducir.
Eran los años 90. El glamour se respiraba tanto como los perfumes importados en cualquier esquina de Buenos Aires. Mis tareas como un egresado de un simple bachiller en un barrio de Palermo que aún no era SOHO, me condenaron a la tarea de llevar y traer pedidos de una librería del microcentro.
Eran épocas de camas solares, mucho gimnasio y con una cara fresca típica de personas que la pasaban bomba. Eso era solo el principio para tener alguna chance en ese mundo pomposo al que más de uno se tentó por más pensamiento de izquierda que tuviera en su sangre.
Un año de fierros, un trabajo que me hacía correr por todo el microcentro con bolsas de todo tipo y hasta cajas con resmas A4, me mantenían en forma y también me hacía conocer a mucha gente. Una de las reglas que si bien no eran expresas, pero que se daban a entender, era que cuando había clientes en un local, yo debía esperar afuera con el pedido. Para mí, era trabajo. Así que correr o no correr. Llegar a tiempo o elegantemente tarde, era cosa de cada cliente.
Un día de muchos que tuvo esa profesión, una mujer se quedó con toda mi atención. Su porte, su ropa y hasta su billetera tenía su propio sello. Estaba pagando y haciendo malabares con todas las bolsas que intentaba agarrar con una mano. Ese día no me importó nada del protocolo del cadete y entré.
Saludé. Dejé un par de biromes a la encargada que pareció darse cuenta de mi estado emocional y busqué la mirada de la clienta, de alguna manera que no hubiera modo de evitar un saludo a alguien que crees conocer pero que no recordás. Su perfume dulce me aflojó las piernas y cuando enterró su mirada en la mía solo pude suspirar antes de cerrar los ojos y darme por vencido.
- No sabes como me gustaría decirte que si.
Creo que todos los que estaban en el local, rieron. Ella estiró firmemente su brazo y me dio la mano como un amigo o bien, para dejar en claro que había al menos una década de besos en su haber.
- Bueno, ahora nos conocemos. Ellen, mi nombre es Ellen.
Eternity era su perfume. Sus botas, de carpincho y sus caderas casi siempre se untaban con un Guess. Y yo fui su alumno durante algunos años. Los suficientes para entender que era esto del amor, el respeto y por sobre todo, el buen gusto por los zapatos. Como el que Sarkany tuvo para poner en la misma vidriera, quince años después.
domingo, 11 de julio de 2010
España Campeón!
Un domingo donde veo por uno de mis tres canales de aire, a un España alzando una copa del mundo, donde mi limpieza de la mañana, se esfumó con el primer soplido de un zonda; y una cama a la cual le sobran ganas de una cucharada de amor lograron que vuelva a la computadora para terminar mis trabajos de la semana.Claro, que cualquier excusa es buena para interrumpir mi concentración: preparar café, elegir música, cambiar la luz del día por una de un velador, elegir un teclado para escribir… ¿sigo?
Estaba en condiciones para empezar el conteo y dejarme llevar por una tinta digital que acabara con esa pesadez de la hoja en blanco. Pero recordé, casi a propósito que uno de mis sentidos estaba esperando por su parte. Fui a la habitación donde atesoro unos sahumerios de vainilla y cometí el error de encender uno.
Ni siquiera pude imaginar un título, cuando el aroma de ese amor invadió mi sangre.
La cinta en mi cabeza avanzaba y rebobinaba. No sabía donde hacer pausa: en que beso, en que abrazo o en que calle de las tantas que nos vieron pecar por falta de tantas otras cosas. Pero daba igual. Todos esos momentos siguen ahí, tan húmedos como mis labios ahora y mis ganas de volver a darlo todo por uno de sus besos y sus incalculables muestras de amor que eran aniquiladas por uno de mis “peros”.
El sabor de una vainilla hecha humo me dice que debo volver a lo mío, que por lo visto no es el amor.
¡Felicitaciones, España! Cuánto deseamos estar en su lugar.
¡Felicitaciones, Gallega! Cuánto deseo estar besando la copa de tus labios. Hacer mi sueño realidad y rebobinar la cinta hasta donde aparece tu primer “te amo”.
Pero el presente no es más que un montón de humo recordándome que mi hoja sigue en blanco.
…¡Joder!
sábado, 10 de julio de 2010
El contrato
Realmente no se que pasó mientras tomábamos el café, sabía que una charla rutinaria era necesario para no quedar como dos enamorados del sexo del otro. Había propuesto vino, pero ella se negó rotundamente y a cambio sugirió un café como en los viejos tiempos. Una de las cláusulas de este nuevo contrato que nos reunía nuevamente en mi casa, dejaba bien en claro que no cabía lugar para los recuerdos y los golpes bajos, que hicieran volver a tomarnos de una mano que ya nos había arrancado el destino.
Fue por eso, que el pedido de café no tenía como fin ese camino. Pero que importaba, ya no la escuchaba, solo veía como esos labios besaban el aire con palabras. Y yo esperando la luz verde de su mirada para saltar sobre su boca y concluir con lo que habíamos empezado.
Fueron unos segundos, unos eternos segundos hasta morder su boca de un solo bocado. Mi cuerpo se retorció y el de ella se transformó en alguien que volvía a soñar pero esta vez con los ojos abiertos.
Las luces eran muy tenues, apenas se podía apreciar alguna que otra curva, eso limitaba uno de los sentidos, pero abría la puerta a muchos otros dejando el protagonismo a las sensaciones que eran en definitiva la causa del encuentro.
La besé por cuanto rincón me dejó su pelo. La mordí hasta donde sus manos no llegaban para quitarme y mis caricias llegaron hasta aquellos lugares donde jamás lo haría ella por si sola. Mi sangre cambiaba su gravedad y con algunas caricias entre sus manos, perdí el conocimiento, los sentidos. Solo se que me aferré a ella y solo volví a reconocerla cuando su voz intentaba decirme algo al oído. Y no eran exactamente palabras.
Un suspiro llenó la habitación de recuerdos que no podíamos verbalizar. Pero estaban ahí, latentes; nuevamente despiertos y mientras acariciaba un cuerpo que poco a poco se iba enfriando, me daba cuenta que ya no éramos los mismos.
La abracé sin pedirle permiso, la llené de besos y sin decirle nada la invité a que se vistiera y se fuera para no romper ese contrato absurdo que otra vez nos tenía amenazados por un amor lleno de disfraces.
martes, 13 de abril de 2010
¡Joder!
“No se cuanto tiempo más voy a ser capaz de pedirte perdón, antes de que no signifique nada”.
Esas simples palabras solo me devolvieron el dolor que creía haber dejado en el diván, luego de unas cuantas sesiones, cuando realmente decidí enseñarle la verdad a mi terapeuta, psicólogo o como quieran llamarlo y tratar de poner fin a una relación que prometí que sería para siempre.
No más encuentros bajo una luna cómplice, ni llamados abreviados por un apuro culposo. Decidí que ya no quería ser enemigo del tiempo porque nadie es capaz de ganarle, por más tozudo que sea. Así lo resolví y quien estaba sentado frente al diván apoyó mi decisión. ¿Fácil? Para nada, pero ¿qué más podía hacer? Soy un humano más en este increíble mundo.
Me acosté con cuanta sonrisa se cruzó en mi camino, me enamoré de cada copa que tuve en mis manos y me abracé a cuanta almohada me despertara un domingo cualquiera. Poco a poco fui charlando con el tiempo hasta saberme su lenguaje. La soledad tenía las llaves de mi casa y mi terapeuta estaba siempre al otro lado del diván, para darme esas piernas que necesité más de una mañana para seguir aunque más no sea un día más.
Así fue que me volví a levantar. La disciplina de las obligaciones diarias cicatrizaron las heridas y el dolor volvió a su rincón, esperando a tener nuevamente su turno. Pero esta vez sabía que había perdido, al menos un round.
Pero las cartas no solo hablan con sus palabras, sino también con su perfume. Y ésta hizo que la escuchara mucho más allá de sus palabras.
Enciendo el equipo de música y ahí estaba Bob Dylan, con sus filosas canciones para desgarrar cualquier corazón, por duro que sea, o por diván que salga a defenderlo. Me recuesto en el sillón y apoyando la carta sobre mi pecho me voy de este mundo para volver a esos tiempos donde todo sabía prometedor e imposible de destruir.
Sin dudas, su perfume fue un golpe bajo, un disparo directo a las emociones y los recuerdos. Nadie sabía más que ella, a la hora de redactar una carta. Jamás pude encontrar algo de verborragia en sus verbos y eso era tan eficaz que podía matar todo tipo de pensamientos rebeldes.
Pensé que había podido terminar con ella. Pero sus “perdones” aún tienen valor para mí.
Quedamos en vernos la semana que viene.
¡Joder!
sábado, 20 de marzo de 2010
Dos boludos en el desierto
- a Le Prive, por favor – le indico al taxista que ya sabía de antemano mi jugada.
- Bah, ¿te parece o preferís otro lugar? – la miro a ella para que me confirme el telo (que es uno de los mejorcitos de Mendoza).
- El que digas, no tengo drama.
Gracias a Dios, que no cometió el error de decir que no lo conocía, porque si algo me molesta son las mentiras y mucho más si son absurdas. A esta altura, y con unas cuantas canas en la cabeza, no hablaría bien de ninguno de los dos, desconocer el mundo hotelero.
Particularmente, los detesto. La frialdad de elegir de antemano poco más que hasta las posiciones que vamos a intentar hacer, para que nos den una puta habitación, ya es algo que me hace perder el sabor del encuentro. No me cae bien ni la palabra “telo”. Mucho menos hablarle a un vidrio que no se si del otro lado están esperando que les hable o simplemente, no hay nadie.
- ¿de cuánto? – con voz de estar harto de lidiar con indecisos como uno para acertar con la habitación deseada.
Que buena posición tiene en este caso, el que me atiende, ya que siempre se sale con la suya. Nunca se escucha nada de lo que dice tras ese vidrio espejado o polarizado, pero esa frase la escuchan todos, incluyendo tu chica. Así que, elijas lo que elijas, la habitación será de acuerdo a las ganas que tenga el Sr. invisible, mientras que uno busca un nombre que no suene a “común”. Así es, que una habitación con la palabra “suite”, que no era mucho más cara que una común, pero sí gozaba de un nombre algo más acorde a la situación, dejaba a este galán sin billetera en una posición deseable.
El taxi se fue y nosotros corrimos como dos fugitivos los pocos metros que separan al auto de la puerta. Los nervios, la corrida y estrenar labios nuevos, me sirvieron para fingir una agitación mientras cerraba la puerta y pensando como romper el hielo con una primeriza de los encuentros a oscuras. Pero su iniciativa me ahorró un despliegue del cual no tenía ganas y su seguridad de avanzarme me confirmaba que ella estaba muy asustada. Ella necesitaba sentirse que manejaba la situación, y yo no hice mayor esfuerzo para entregarme a su improvisación.
- Mmm, qué falta de estado, chiquito – mientras recorre su lengua por mi cuello que ahora se contraía con solo sentir su respiración sobre el paso de una lengua hambrienta.
Poco a poco, sus besos me fueron relajando y a su vez, erizando lo que creía imposible. Me desabrocha la ropa y me tira en la cama, mientras hace unos pasos hacia atrás y comienza con una danza algo exótica. Evité pensar lo patético de la situación, ya que me resulta hasta de mal gusto una danza, cuando en verdad la única danza que se puede disfrutar en un telo, es la de dos cuerpos húmedos frotándose como dos animales salvajes. Eso quería yo para olvidar a mi amada salteña, que no es salteña, pero que la vida hizo que esa provincia cambiara el rumbo de su vida.
El baile de esa mujer que parecía un mimbre como se doblaba, estaba logrando que me durmiera. Lo cierto es que intenté recordar como fue que terminé acá con ella que ni el nombre puedo memorizar, pero tengo en claro que esta mujer que se sigue meneando, queriendo de mi algo que ya tiene dueño, quiere vivir una aventura o una venganza hacia su pareja y creyó que yo era la mejor partida (a mal puerto fue por leña).
- ¿Te gusta? – ahora subiéndose a mi cuerpo como una víbora y mordiéndose los labios.
Sinceramente, tenía ganas de mandarla a la mierda y también a esa fiesta que fue la que originó todo esto, en complicidad con un Malbec mendocino de la puta madre. Pero si debía mandar a alguien a la remismísima mierda era sin dudas, a mi mismo. Así que, decidí que era momento de seguir con el sueño de ella y yo con mi pesadilla.
Ambos terminamos boca arriba, uno a cada lado de la cama, con las piernas entrecruzadas. Yo suspiro y vaya a saber que entendió ella por mi falta de oxígeno, que luego de un silencio tembloroso, se empezaron a escuchar los chillidos de una niña llorando. Iba a preguntarle lo que le pasaba, pero era demasiado obvio, así que, la abracé fuerte y dejé que llorara hasta el hartazgo.
El teléfono suena. El turno se terminó y aprovecho para pedir un taxi mientras veo que ella se levanta vergonzosa y corre hacia el baño expulsando una frase
- Soy una boluuuuuuuuuuda – estirando la u acompañada de un llanto que asustaba.
Me acerqué a la puerta del baño, quise explicarle como era este mundo. Que estaba lejos de ser ese paraíso como muchos lo venden y que la soledad no se vuelve nuestro mejor amigo, nunca. Vivir bajo las sombras no es bueno para nadie y en el único lugar donde añoramos un poco de esta, es en medio del desierto. Y quizá, es ahí donde nos encontrábamos en ese momento.
Como dos boludos.
viernes, 12 de marzo de 2010
Semana de un solo día
El taxista me daba su vuelto y yo de reojo observaba a una mujer que me miraba ansiosa, apoyada sobre una pared durante un tiempo que fue más del tolerable para encontrarse con otra persona. Pero la llegada del micro se demoró, el taxi también y bajarme del auto, hasta sacar las valijas para enfrentarme a sus besos, parecían más lejanos que la distancia que nos separaban.La conocí por chat. De igual manera conocí su tierra natal Salta. ¿Y por qué no? Allá estaba, dispuesto a pasar unos días en una ciudad desconocida, con una mujer hermosa y joven, que prometía el elixir de la vida eterna y yo, dispuesto a pagar con besos teñidos de rojo, todo el stock que tenía.
No fue necesario encontrarla con su remera verde Benetton. La mirada me fue suficiente para saber que era ella y no otra la que me estaba esperando. Los bolsos duraron en mis manos, lo que ella tardó en abrazarme como una niña a su padre. La valija se desplomó y me uní a ese abrazo que si bien parecía fraternal, en verdad era de una total pasión desenfrenada que aun conservábamos por respeto a ese primer y único encuentro que nos da la vida.
Nos miramos a los ojos. Sonreímos y cada uno volvió a su posición original del abrazo. Ahora se sentía su corazón y calculo que ella el mío. Más allá del cliché que tienen estas escenas, lo cierto es que cuando uno es el protagonista, las disfruta pero, como ahora, sin poder expresar con palabras todo lo que se siente.
Lo cierto es que ella saca un manojo de llaves y me mira con deseos de pecar. Su voz era más seductora aún, que en las largas charlas telefónicas que manteníamos en forma ardiente cuando el Messenger ya no podía expresar lo inexpresable.
- ¿Así que, me trato de putita la forra de tu ex? – dice, enrollando los pelos de mi pecho, mientras intentaba escuchar mi corazón.
- Decirte que no tenes que leer mi blog, es al pedo. Así que, es mejor que entiendas que el despecho tiene muchas caras. Esa fue solo una.
Ambos suspiramos.
- ¿En serio que te pasó eso? – dice ella con voz angustiada. Pero aún así, se podía notar su certeza de creer todo lo que conté.
- ¿Si te digo que no, me creerías?
- No.
Nos buscamos con la mirada. Nos esforzamos por un beso y nos hundimos en el mismo sueño y las mismas sábanas.
Cuando desperté, ya no estaba.
Los viernes por la noche, siempre tienen invitados a su casa. Ella se encarga de las empanadas.
El marido, del asado y el vino.
sábado, 6 de marzo de 2010
Keep me in your Heart for a while
- ¿Azúcar o edulcorante?
- Pasame el edulcorante.
Estaba inquieta, no se cuantas vueltas le dio al café para que se mezclara. Aún así, seguía con la mirada fija buscando la mía, que seguía escondiéndose en detalles de una mesa que debía parecer improvisada.
- ¿Por qué café y no vino?
- Ehhh, no se. Supongo que el vino es para algo más premeditado. – Digo con la misma cara fresca y despreocupada.
- A caso, ¿esto no lo es? – me dice con una mirada incisiva.
Aun puedo ver el fuego de sus ojos y la ira que le provocó mi gesto de reconocimiento ante lo que ya sospechaba durante los 20 minutos de trayecto en micro que tuvo que hacer hasta llegar a mi casa.
El café en mi chomba nueva, mis libros que volaban por todo el departamento hasta que uno terminó atravesando un vidrio, calmó en seco a una Natalia que no conocía.
- A mi no me vas a dejar así nomás. ¡A mí, no! – ahora agarrándome del cuello y zamarreándome como una bolsa de papa.
- Necesito que te calmes, por favor.
- ¡Una mierrrrrda me voy a calmar! – ahora me suelta y retrocede como para tomar envión- ¡Sos un hijo de millllll putas!
- Calmate por favor – haciéndole señas que los vecinos iban a escuchar. Aunque ya estaban escuchando hace rato.
- ¿Ahora queres que no escuchen? ¡Bien que cuando me cogías no me decías que me calle! Así que ahora, ¡repedazodehijodemilputas! – ella comienza a arrancarse la ropa - ¡Ahora me vas a cogerrrrr!... que digo, me vas a recontra recoger.
Estaba desconocida, su despecho era temerario y mi plan de querer volver a ser amigos, veía que se estaba yendo como el celular que tiró mi hijo por el inodoro. No encontraba una sola frase que pudiera calmarla mientras empezaba a lamer mi cuerpo en forma preocupante. Me intimidaba y el torrente sanguíneo seguía en mi cabeza, lo cual iba a provocar aún más ira en ella.
- ¿Dale forrito, no era que te gustaba así? ¿No era la mejor, la más puta, la más caliente de todas? – mientras quiere arrancarme el cinturón con movimientos brutos y bajando una bragueta que se resistía a su barbaridad.
Fueron varios minutos donde no obtuvo lo que quería. De repente un silencio agudo y escalofriante me dejó tieso.
- Yo no te puedo creer. – abandonando su rezo y manoteando en cuatro patas su ropa que yacía por todos los rincones del comedor.
- ¿Qué? – le digo con ganas de tragar saliva.
- Sos un pelotudo. No solo me dejás, sino que además estás enamorado.
Mi silencio se lo confirma. Ella, ahora con una calma caligulezca, se acerca a mis labios no solo con su boca sino también con su mirada y susurra:
- Te enamoraste, ¡pelotudito! – mientras muerde mi labio inferior – ahora vas a saber lo que es este sentimiento.
- Andate.
- Claro que me voy. Me voy bien a la mierda. – Agarra la cartera y centrando su pollera camina hasta la puerta.
Yo sigo inmóvil. Aún no respiro y anhelo que cierre la puerta. Pero no. Antes de dar el paso final, se frena, levanta su dedo índice como acordándose de algo y se vuelve decidida. Camina hasta el equipo de música, tira todos los Cd´s al piso, hasta que lo encuentra.
- Y si lo querés a Warren Zevon, que te lo compre la putita esa que tenes por novia.
- ¡Pero ese Cd es mío! - le digo, recordando lo que me costó conseguirlo. Pero enseguida recobré mi papel de subordinado y volví al recato.
- Ya no. ¿O te pensás que sos el único que puede decidir sobre los demás? – ahora suspira - yo también tengo derecho a robarte un pedazo de tu corazón.
Pega un portazo y luego, hace enojar sus tacos que tan bien le quedan, para completar su plato de venganza.
Aún sospecho que se fue con una sonrisa entre sus labios.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Terremoto emocional

El viaje a casa no me trae nada nuevo, el Mc Donald solo agrupa personas descorazonadas donde disfrutan de una no comida en su casa y en familia. ¡Mierda! Que duele estar sólo. Pero aún así me niego al miserable desafío de lo poco. ¡O todo o nada! Cueste lo que cueste.
Llego a casa, abro las ventanas y dejo las llaves sobre la heladera. Enciendo un sahumerio de vainilla (de todas formas, ¿quién me va decir que huelen feo?), prendo la tele para simular el ruido de una casa habitada y ya tirado en el sillón, enciendo la notebook para mirar los correos que ya nadie ve. Como dijo José Saramago en su Ensayo sobre la Ceguera: “(…) se levantaron trabajosamente, vacilando, con vértigo, agarrándose unos a otros, luego se pusieron en fila, primero los ojos que ven, luego los que teniendo ojos, no ven”.
Los correos siguen siendo basura, nada interesante y lo poco que suelen escribir mis contactos son frases del tipo “no se si es cierto pero por las dudas lo mando” haciendo referencia a que Hotmail cerrará y cuanta estupidez se le cruza a un ser inhumano por la cabeza. ¡Qué vuelva el correo caracol! Al menos teníamos el sabor de no solo oler el perfume de las cartas, sino también su postal, su sobre comprado especialmente o bien robado de la oficina donde se trabaja, una hoja aunque más no sea arrancada y por sobre todo, el empeño en escribir de puño y letra lo que quieren contarnos.
Ahora todo es “copio y pego”, hasta el más octogenario de los humanos se acostumbró a los SPAM y a reenviarlos. Parece que el romanticismo solo queda en alguna que otra rosa que ofrece algún que otro suicida enamorado.
El mundo explota.
Y parece que nadie se da cuenta.
domingo, 6 de diciembre de 2009
CUCARACHAS en los jardines del amor
Ya sentados en la cama con dos almohadas cada uno y una interminable cantidad de sueños realizados en solo una noche, le cuento una historia sobre mi primer depto de divorciado por primera vez.“La casa era tipo chorizo. Tres habitaciones, las cuales se comunicaban a través de una galería semi abierta (iba a decir semi cerrada, pero recordé tanto el frío que pasé, que de cerrada no tenía un carajo). La entrada principal era por la cocina y de ahí uno iba abriendo puertas, hasta pasar por cada una de las habitaciones. Los techos eran inalcanzables hasta por el foco de 75 watt. Las paredes celestes, los pisos alisados color rojo bermellón y tenían al menos, unos veinte metros cuadrados. El problema que como todo HOMBRE recién divorciado, no había con que llenarlas. Lo cierto que mi pieza, tenía una cama de hierro retorcido, un colchón que estaba a punto de tirar junto con mi vida matrimonial, ya que Pancha, la gata Siamés, lo orinó un mes antes de irme. Esas cosas de la vida que uno sospecha que no debe tirar (más que de la vida, yo digo que son cosas de viejo choto, pero apenas tenía 25 años para declararme viejo), y alguna que otra cosa más, inservible, para hacer algo de bulto. Por supuesto que Pancha no se vino conmigo, ya que en el inventario de cosas que hicimos, el abogado me preguntó que era “1 Pancha” que había detallado mi ex… ¡Sin palabras!
Lo cierto, es que las primeras soledades hay que bancárselas solito, durmiendo a orillas del colchón, tal como en la vida de casados, pero con la diferencia que la soledad no te hace el desayuno en las mañanas.
Fueron seis noches consecutivas. Desde la noche de ese lunes hasta la del sábado, una singular cucaracha macho, entraba por una luz que dejaba ver la puerta que daba a la cocina (una luz que yo dejaba prendida del sorete que tenía de dormir en ese caserón solo) y se quedaba tiesa, firme…”, mi aMada me interrumpe.
- Perdón que te interrumpa – abrazándose fuerte como si fuera a detonar una bomba - ¿cómo sabés que era macho? La cucaracha, digo.
- Por la mirada.
- Ah, bueno seguí entonces
La bomba la detonó, pero igual no le importó –creo que está tan enamorada como yo- “Ahí estaba ella, desafiándome. Me siento de un salto en la cama y quedo con los dos pies en el piso, las manos preparadas para dar el salto, pero previamente cruzamos miradas al mejor estilo western. Tuerzo la mirada para encontrar la pantufla y eso fue la señal para que la cucaracha empezara a correr, pero para el lado contrario. Cuatros largos pasos de un hombre de un metro noventa, no fueron suficientes para alcanzarla, en la corrida que no se terminaba en la puerta, ya que la abrí de un empujón. Seguimos corriendo hasta que el cucaracho logró llegar sano y salvo, con un metro de distancia, a su guarida debajo de un mueble de cocina tan viejo como la casa (y en el mismo estado). Le revoleo la pantufla solo para asustarla, pero ya no estaba.
En aquellos tiempos, tenía una radio reloj despertador con AM. Con un led de color verde, suficiente para vislumbrar algún que otro objeto. Todos los días, con el beep de las noticias de la hora 00,30 aparecía este intruso. La segunda vez, lo llamé casualidad. Para el jueves, el tema se había vuelto personal. La distancia pasó de ser un metro, a escasos treinta centímetros. Pero no alcanzaba y mi puntería, aún a esa distancia, era muy mala.
Sábado a la noche –para aquellos que tuvieron lo huevos de separarse, sin pelos que exijan una yunta de bueyes, saben de lo que les hablo-, la cosa estaba de bajón. Otra vez el beep de las 0,30 y el domingazo era inminente. La soledad acechaba y el cucaracho otra vez proponía guerra. El tiempo y la práctica arrojaban resultados desalentadores para la cucaracha. Mi pie estaba listo para acabar con ella. Otra vez nos miramos y otra vez corrimos. Llegué antes que ella y le cerré el paso. Siento que traga saliva, se queda tiesa, se da vuelta sobre su eje y se entrega para ser aplastada y morir como un digno soldado. Mi mano seguía arriba con la pantufla como espada, esperando mi orden para dar fin con esta invasión de territorio. Un suspiro y recordar que ya estábamos ante un domingo desolador, le salvó la vida…
- Al fin y al cabo estás tan sólo como yo.
Las noches que le siguieron, la cucaracha venía puntualmente con las noticias de un país que ardía tan lento como su presidente, pero a diferencia de De la Rúa, ésta no se escapó como cucaracha, ni como cucaracho y mucho menos como Chacho (Alvarez)”.
- ¡Ja ja ja! Esto te da para un cuento, largo mi amor – me decía mientras caía en la cuenta que no era más que una simple historia de cucarachas.
- A todo esto, ¿a que venía esta anécdota? – le digo con mi principio hereditario de Alzheimer.
- A que en este depto. nuevo que alquilaste, tiene una bocha de cucarachas.
- Sí, tenés razón. Y tengo una teoría para acabar con ellas de una manera algo verde.
- ¿Cuál?
- Hay que hacer dos cosas para que éstas no vuelvan a tu casa. Primero: matar y dejar sus cadáveres (uno por zona como mucho), para que vean a sus pares que por acá hay peligro. Segundo: asustar a aquellas que intentan ser heroicas, dando fuertes zapatazos cerca de ella, con el fin de asustarlas y avisen al resto para que no vuelvan.
- ¿Y eso ya lo comprobaste?
- Estoy en eso. Así que tené cuidado cuando entres al baño, porque hay soldados caídos.
- A propósito de estos estudios tan exhaustos que has elaborado sobre los INSECTOS, ¿tenés pensado como vamos a explicar al mundo, todo esto que nos pasa?
- ¿Vos llamas “esto” a amarnos de manera incomprensible racionalmente?
- Sí.
- No, pero estoy escribiendo en un blog y seguramente me re puteen cuando se enteren que no conté aún, como fue que llegamos acá juntos.
- ¿Vos decís, mi amor?
- … Veamos.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Redes Sociales
Pasaron semanas, es cierto. Una sola no alcanzó para que con Julia, nos diéramos cuenta que era la soledad y no otra cosa, la que nos unía.Éramos demasiado amigos como para no entender que ese camino solo nos llevaba a uno más patético que es el de la comodidad. Y ninguno de los dos queríamos eso en nuestras vidas.
Así fue que, ya sin la necesidad de tener un “palo donde rascarnos”, ella volvió a su casa y yo a la mía.
Otra vez, me llené de actividades y trabajo. Mis viajes a Buenos Aires empezaron a ser muy frecuentes y volví a contactarme con personas que realmente me querían desde que era apenas un niño de jardín (que tiempos aquellos).
Sin querer, volví a sentir que ya no estaba solo. Las sesiones con mi terapeuta comenzaron a ser profundas y por primera vez, le abrí el juego enseñándole en verdad que había en mis rincones del alma.
Por primera vez me sentí perdido. Sentía que no encajaba en un boliche, las amistades de mis amistades ya eran todas conocidas y ninguna de ellas me llamaba la atención como para pasar más que alguna que otra noche bajo el Hades de mis sábanas. Mi mundo se estaba quedando sin gente por conocer y el presentimiento de una vida sin alguien a quien amar, me estaba acechando.
- Quizá no haga falta conocer más a nadie – dice mi amigo Gustavo.
- No te entiendo.
- ¡Claro hombre! Ya que perteneces al mundo del ciberespacio, por qué no te metes en las redes sociales que hay ahora. En una de esas, “re” conoces a alguien.
Si algo tenemos en común con Gustavo y el Pelado es que somos analógicos (además de una fuerte y sincera amistad). Las redes sociales dejan poco por preguntar cuando nos sentamos a tomar un café con una chica a la que ya le conocemos hasta los presagios de sus galletas de la suerte. Pero los caminos se estaban acotando y las experiencias que encuentro en mi camino, no han dado los mejores resultados.
- Quizá tangas razón – le digo acongojado.
- Igual, vas a hacer lo que se te cante el culo. ¡Como siempre!
- …
- ¡Porteño puto del orto! - (él, es mendocino)
Ambos reímos, hicimos algunas bromas y recordamos algunos pasajes donde mis decisiones fueron el fruto de largos cuentos nocturnos entre amigos. Pagamos el café y nos fuimos cada uno a su casa.
Y la soledad no deja de recordarme que me sigue esperando para ir a dormir.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Despertares
La mañana, ya con sabores del mediodía, me levanta cansado, con dolor de cabeza y con ganas de hacer nada.Siempre que me levanto, espero un disparador para poner la máquina en funcionamiento. Antes me mataba buscando la forma de despertar de la rutina, pero con el tiempo, me di cuenta que la naturaleza se encarga de estas cosas. Solo es cuestión de tener una taza de café en mano, para que la vida empiece a rodar como una película.
En esta oportunidad, el teléfono se llevó los honores.
- ¡Que haces guacho! Hace un montón de días que te llamo y nada. ¿Viajaste?
- Hola Julia –con vos de orto- Sí, viajé. Y buenos días
- ¡Buenos días para vos! Yo desde las 5 de la mañana que no puedo pegar un ojo.
- Bueno, no te preocupes, suele pasar cuando uno recién se separa.
- Ahhhhhhhh – escucho del otro lado del teléfono
- ¡Qué te pasa loooooca! – riéndome - ¿estás bien?
- Si, solo que tengo una picazón y no paro de rascarme.
Hago un silencio culposo. Me agarro la cabeza y me insulto por dentro.
- ¿Estas en tu casa?
- Si.
- Bueno ya te paso a buscar y vamos al médico.
No le di tiempo a poner excusas y me fui a buscarla. Una especie de culpa me estaba invadiendo, pero me resistía. A mi me contagiaron y nadie se hizo cargo. Yo me estaba haciendo cargo de ella. Eso sumaba a mi favor en le juicio de mi conciencia.
Ya en el consultorio, le explico lo que me pasó.
- ¡Qué mala leche!
- ¿Quién? –le digo preocupado- ¿vos o yo?
- ¡Los dos, boludo! – Ahora ¿quién fue el gato que te contagió?
- No lo se. Ninguna se hizo cargo.
- Son todas unas putas. Ninguna te merece.
La doctora me llama, y entramos todos al consultorio. Al verme, no puede evitar hacerme una sonrisa cómplice. Supongo que creyó que era mi novia. Lo cierto es que fue muy piola y no dio muchos detalles acerca de las formas del contagio. Pero en este caso, no valía la pena una actuación así. Julia no era mi novia.
- Pasate esta crema antes de acostarte y cuando te levantes bañate con jabón blanco. A la semana lo volves a repetir,
- ¿En todo el cuerpo o solo donde tengo las ronchas?
- Del cuello para abajo. Toda la superficie.
Ella me mira afligida y yo la miro con mucha ternura. Me la imaginé sola, en su casa, tratando de rebuscársela para ponerse la crema, mientras sigue luchando cuerpo a cuerpo, con la soledad de una cama que ahora estaba vacía.
Ya en el auto, camino a la farmacia para comprar el remedio, le digo:
- Ahora pasamos por tu casa, agarras unas mudas y vamos para la mía.
- Pero la doctora dijo una semana…
La miro y ambos reímos como si estuviéramos a punto de hacer una picardía.
Ella me abraza a mi brazo y suspira. Parecía entender lo que le estaba proponiendo.
Y yo… yo entendí que necesito otra oportunidad.
lunes, 31 de agosto de 2009
Despedida de Soltero
La despedida, arrancó con unas pizzas en la casa de uno de los chicos. Cerveza, anécdotas y muchas carcajadas no faltaron al evento de este futuro esposo.
Ya cuando la cosa pasó de alegre a nostalgia, producto de mucha mezcla alcoholica, uno de los invitados no tiene mejor idea que acudir a mi sentido del humor para revertir una noche que se estaba apagando.
Pero fue un error.
- ¿Qué consejo le podes dar vos a Juan Pablo?
- Con dos divorcios en mi haber y un sinfín de mujeres que pasaron por mi cama, solo puedo decirte que si ella vale la pena, no le des un motivo para que te deje.
El silencio fue mayúsculo. Pero yo no tenía ganas de dibujar nada. Es más, estaba contento de que al menos haya gente que quiera casarse, comprometerse con el otro… apostar a un futuro juntos. Hoy en día, la convivencia es casi imposible y ver a dos personas que quieren mezclar el agua y el aceite sin quemarse, es digno de mi admiración. Y sigo con mi discurso.
- Y si la idea es que ahora nos vayamos todos a un cabarulo (más conocido como prostíbulo), te aconsejo que te quedes afuera. No es la primera vez que una pareja se arruina por una despedida.
- Pero yo quiero ir. Jamás fui a uno y hoy es mi último día de libertad – agitando su vaso y euforizando a todos en la mesa.
Pero, preferí callar y sumarme a la vanalidad de la fiesta, aunque fabricando una pequeña trampa.
Todos volvieron a chocar sus vasos y vitoreando la decisión de encarar para el cabarulo.
Por supuesto que antes de llegar, hicimos las bromas de turno: desnudarlo, pasearlo por el Parque Gral San Martín, hacer que corra unas cuadras a la caravana de autos por la avenida Las Heras, y por supuesto, llevarlo hasta la casa de los suegros (eso es ser malo).
Y llegamos.
- Me han dicho que hacerlo con una puta es único.
- Yo lo llamaría inolvidable – haciéndole una sonrisa con aires macabros (para mí por supuesto).
Entramos. A los pocos minutos, más de la mitad de los muchachos –por no decir todos- desaparecieron entre el tumulto de gente que se agolpaba en la pista para ver a una bailarina de caño.
“Vos no te me despegues” fueron las palabras que le dije al futuro egresado de la soledad. Caminamos hasta llegar a una de las barras y haciendo lugar con mi cuerpo lleno de ira por estar en un lugar al que ya no visitaba, llego hasta una de las barman.
- ¿Dónde puedo encontrar a Gloria?
La chica me hace señas de no saber donde exactamente. Mal humorado sigo buscando. No dimos ni tres pasos que alguien de atrás de abraza.
- Hijo de mil putas! ¿Qué haces por estos pagos? – me grita Gloria al oído
- Es un caso especial –señalándole al soltero de turno
- Ahora entiendo tu cara de pocos amigos.
- Necesito que hagas lo que mejor sabes hacer en estos casos..
Ella me guiña el ojo y se lleva a mi víctima.
Estaba a punto de salir, cuando vuelvo la mirada al lugar. Me pregunto si no debería volver a estos barrios, y compartir mi condena con toda esta gente. Al fin de cuentas, estaba tan solo como todos ellos… pero no.
prefiero volver a mi celda, aun tengo muchos recuerdos que envolver.
viernes, 28 de agosto de 2009
Tiempo de Contratos
El chofer me llena de comentarios que no escucho y tampoco me importa responderle. Solo miro por la ventanilla buscando algunas piernas que se parezcan a las de ella, alguna esquina que nos haya encontrado a los besos o alguna cosa que me diga que no fue un sueño, que es real y que volverá de su largo camino que decidió tomar.
Me pregunto cuántas mujeres tendrán que sufrir su decisión. Cuántos labios pasarán por mi boca, hasta que reemplace todos sus sabores.
Quiero besarla, quiero abrazarla. Quiero sus palabras, sus enojos, sus iras.
Hoy tengo la libertad –o condena- de esperarla. Ya no puede decirme que me busque a otra porque no sabe que quiere, o mejor dicho que no puede estar con nadie, culpa de sus demonios.
Como le dije en la última carta, solo espero que cuando se canse de esos amores descartables, sepa donde encontrarme.
Tengo que pensar si tomo la decisión de esperarla, aunque nunca llegue, o bien olvidarla para encontrar en otra mujer, ese sabor tan exquisito que es el amor.
Mientras tanto, voy a llamar a la inmobiliaria para renovar el contrato. No quiero irme de este lugar.
Ni de su vida.
miércoles, 26 de agosto de 2009
Las brujas no existen, pero…
Los pueblos pueden tener muchas particularidades, pero sin dudas, el chusmerío y las brujas, son dos cosas que siempre vamos a encontzrar, sea el pueblo que sea.Antes de irme de Navarro, una amiga que conoce mis pasos amorosos, me pidió con una autoridad que yo no conocía de su personalidad, que vaya a ver a una de esas brujas.
No solo que no creo en esas cosas, sino que también me generan fastidio. Me las imagino envolviendo a cuanto paisano llega al pueblo en su sulky, con frases tipo “es evidente que ha sido victima de un trabajo” seguido, según la cara de pánico y/o desconcierto del cliente, con un “¿usted no ha experimentado problemas físico?”. Si la respuesta es un no, entonces lo que sigue es “y ha podido dormir bien estos días, o sea ¿ha descansado?”. Siempre con esas preguntas tipo le gusta el rojo o el blanco, sin opción de decir verde.
Es obvio que si estamos en ese lugar, entregando nuestra dignidad a la “bruja” de turno, es porque no hemos descansado como quisiéramos o bien, tenemos un mal tipo cáncer que los médicos ya nos han dado la fecha de vencimiento de nuestro cuerpo.
Pero parece que esta fórmula sigue dando resultados, ya que este oficio de tuertos renueva su clientela año a año. Y yo colaboré con esta industria.
- Contame que te dijo – me dice Luz, mi amiga.
- Nada – digo con cara de culo.
- Algo te debe haber dicho, estuviste más de media hora con Mabel. Ella no tiene a sus pacientes más de quince minutos.
- Ok- digo con cara de fastidio- Me dijo que mi vida amorosa es una balsa en medio del océano, que una mujer con detalles físicos que delatan mi ex, me hizo un trabajo, que pronto voy a tener una propuesta de trabajo muy buena y que alguien cercano a mí puede darme lo que mi corazón está necesitando.
- ¿Entonces?
- Entonces, que cumplí con mi parte de ir a esta bruja. Ahora vos cumplí con la tuya e invítame a cenar. Tengo hambre. Mañana salgo temprano para Mendoza.
Luz me abraza y me lleva a un lindo restaurant, creo que el único del pueblo.
- Pedí lo que quieras. El dueño es amigo mío.
- Mmm, me parece que en este último tiempo, has logrado lindas amistades. ¿Me perdí de algo?
- No, perseguido. Era mi jefe, es un buen tipo.
Pedimos el plato del día –o la noche mejor dicho- y ella volvió al ruedo.
- Dale, contame que pensas sobre lo que dijo esta mujer
- ¿En verdad crees en estas cosas? – le digo con enojo.
- Sí. Vos te habrás ido a la gran ciudad, y seguramente “estas cosas” te parecen tontas o para gente crédula, pero los lugareños aun creemos en estas cosas.
- Ok esta bien. No quiero pelear.
- ¡No estamos peleando!
- Bueno parece que sí.
- ¡Por qué no te vas a la mierda!
Me quedo en silencio.
- Todavía que me preocupo por vos – agarrando su cartera- andá a decirle a la otra que te cuide, ¿sabes?
Disimuladamente, intenté hacer que no se vaya, pero me dejó solo, con la comida servida, la gente tomando nota de cada detalle –bien de pueblo-, y con una cuenta que ahora tenía dueño.
Evidentemente, la bruja había fallado.
Esa persona cercana, no era mi amiga Luz.





