Mostrando las entradas con la etiqueta diván. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta diván. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de octubre de 2012

Papito, for ever!

Lunes de feriado. Se hizo la tarde y salió el sol. Ya con la casa ordenada (cual bulo), café y compu sobre la mesa ratona, Shakira Live in Paris en la Play 3 convertida en equipo de música y aroma de local de shoping en todo el depto. Todo listo, preparados… no.

Llamó mi ex que trae a mi hijo.

lunes, 30 de abril de 2012

Cuestión de Marketing


Dicen que no hay mal que por bien no venga. Y yo soy uno de esos tantos que disfruta de este beneficio. Será la ley de atracción, suerte, destino… lo que sea, siempre el mal que aparece en mi vida, ya sea deseado por algunos o porque uno se lo busca, lo cierto es que lo malo se vuelve siempre positivo en mi vida.
Así fue que los otros días, un viejo TV Philips que le compré a mi amigo -una navidad que me encontró con 500 pesos de un trabajo literario del cual no pensaba cobrar nunca-, dejó de funcionar. La perversa publicidad marquetinera para adquirir un LED, fue la decisión final para endeudarme en interminables cuotas, en lugar de reparar mi nostálgico TV de 21” ante una dudosa falla que no me molesté en averiguar, ya que era la excusa perfecta para dar ese paso menemista y “que se venga el mundo abajo!”.
Lo cierto, es que tenía que probar todo lo ya visto (Pelis, series, música, etc.), ya que era como volver a ver  clásicos como “Matrix” en el cine, pero en casa, abollado contra un sillón que estaba quejoso de verme inmóvil ante la caja boba (solo que ahora más grande y más linda).
Pero no me fue suficiente con lo que había en mi videoteca y salí en busca de un Video Club que tuviera películas originales, ya que la mayoría eran hijos de megaupload –ahora huérfanos-, y la calidad no entraba en tema de discusión.
Ya tarde, pero nunca lo suficiente como para obtener mi capricho, encuentro un video con películas 100% originales. Increíble! Gracias AVH! Me sentía como un niño en Neverland (pero sin Michael Jackson), así es que miraba todas las cajas, los contenidos que tenían y si venían en dvd dobles.
Con seis películas en mano y un fin de semana largo por explorar, me acerco a la caja y me encuentro con una mujer más elegante que linda, manos finas y una ropa de invierno que daban ganas de tenerla en mi sillón, abrazados y calentitos, mirando una peli aburrida, para llenarla de besos.
-          Parece que no solo encontré un buen cliente, sino que además goza de buen gusto – me dice mirando las cajas pero con sus ojos puestos en los míos.
Me sonrojé –y no porque fuera vergonzoso-, ya que me preguntaba a mi mismo, que cara de pajero tendría mientras la observaba, que me salió con ese piropo comercial.
-          Gracias por el cumplido, pero cualquiera que venga solo y se lleve un sinfín de películas, habla más bien, de un tipo aburrido que no tiene más que hacer un fin de semana.
-          A veces, es mejor estar solo que mal acompañado… suerte la tuya. Disfrutá, vos que podes.
-          Que lastima, por un momento me había ilusionado con la posibilidad de invitarte al cine.
-          Y que te detuvo?
-          Supongo que tu mala suerte – haciendo las comillas con mis dedos.
Ella sonríe, me devuelve la plata y me quita las películas. Agarra la cartera y empieza a apagar las luces del local.
Yo sigo quieto, o más bien tieso en el mostrador, tratando de entender lo que se avecinaba, ya que mi arriesgada invitación, ante una persona que no conocía, podía tener un final no feliz, pero como siempre, me cuesta entender de consecuencias y por un momento, llegué a pensar que iba a terminar con hielo en mi cara y mirando tv por cable.
-          Dale, apurate que creo que aún tenemos tiempo de llegar para la función de la trasnoche.
Al igual que hice con mi vieja TV, ella tampoco dejó pasar la posibilidad de adquirir una cita, aun sabiendo el alto costo por la misma.
Parece que ella tampoco, entiende de consecuencias.
Bingo!

miércoles, 27 de abril de 2011

Losing my religion

Una mañana cualquiera y con una excusa potencialmente absurda, Laurita, abre las puertas de mi castillo y yo me someto a su voluntad. Su sonrisa despreocupada me resultaba vulnerable hasta mis labios. Su carne que estaba lejos de llegar a los 30 años, me tumbaba de un lado a otro con pensamientos dignos de un primitivo por un lado y el de un obispo respetable por otro. La dejé entrar a mi mundo como si nos viésemos todos los días.

Sabía que mi último intento por apropiarme de su alma, fue antes de casarse y me había dejado muy en claro que más allá de su deseo de beber de mis labios, no iba a quebrar su palabra, que no era hacia su futuro esposo, sino a la de ella misma, cuando se juró nunca más enmarañarse con un hombre casado. Y yo llevaba esos honores por aquel entonces.

Ahora, mi religión era otra, pero hasta donde yo supe, ella seguía bajo el mismo techo que su corazón supo elegir, pero su visita era sospechosa. Sabía bien ella, que yo era un hombre que no espera segundas oportunidades y más allá de mis votos, era mi esencia primitiva la que mandaba cuando alguien se ponía a cebar mi mar de tiburones. Ella lo hizo con el mate, pero fue lo mismo.

No pasaron más de unos minutos, que la pava comenzó a chillar y ella apostada de espalda a mi frente a la mesada, insistía en querer encontrar un mate débilmente escondido.

- Nene, ¿dónde escondes el mate?

Eso fue el principio del fin. Fin a una interminable ola de deseos intangibles, para hacerlo realidad al enseñarle donde guardo el mate teniendo que apoyarme sobre ella que yacía de espaldas con un jean que parecía tener puesto desde su pubertad.

- Sabías que nunca pude inmunizarme a tus palabras, no? – dice con una voz entrecortada por la calentura y los nervios previos a un asesinato.

- ¿Y cómo fue que te negaste aquella vez?

- Ese día, fueron tus labios y no tus palabras las que me hablaban. Estabas re caliente y yo me estaba por casar.

- Y ahora qué dije?

Ella hizo un leve arqueo de su columna y quedó en forma de “ese”.

- Ahora, no dijiste nada -torció su cabeza para que pueda ver sus labios hinchados de deseo-¡pero, cogeme!

Con cada prenda que le sacaba, borraba de mi cabeza cualquier culpa que podía llegar a boicotear un momento que alguna vez desee en momentos inoportunos. Ayudó que hacía frío, porque mi cabeza no me dejaba en paz.

Llegamos a la cama, ella totalmente desnuda y con sus tetas apuntando al cielo. Nos arrancamos la piel y aun así, seguíamos saboreando un encuentro que olía a prohibido. Algo que yo me había prometido no hacer más. Y esa promesa funcionó con todas, menos con ella, la autora.

Las caricias, los jadeos y los besos no se limitaron al colchón inválido de mi cama. Nos revolcamos por toda la habitación, hasta quedar boca arriba sobre la alfombra del entrepiso.

En un momento de la lucha, sus labios fueron más allá de los míos y de repente, en medio de su recorrida por un camino que ya muchas habían transitado, me quedé solo, mirando el techo y sin nadie a quien abrazar. Los bocados que se llevaba a la boca, se sentían perfectos, pero no pudo callar a mi cabeza.

- ¿Por qué, ahora? – le digo presionando mi mandíbula, con la calentura que juntaba no solo de esa mañana.

Ella levantaba su mirada y jugando a las escondidas, solo sonreía. Hasta parecía disfrutar lo que estaba haciendo. Y mucho.

Y yo también.

No quería quedar como la Lolita de la relación, así que la tomé de los hombros para calzarla de tal forma, que su cuello quedará ante mis labios y mi voz.

- ¡Por qué mierda me estás cogiendo ahora! ¿no te parece un poco tarde para hacer esto? Decime la verdad! ¡Laputaqueteparió!

Su demonio parecía que al fin iba a decir la verdad. Me agarra la cara con sus manos y toma la distancia suficiente como para tener un plano de nuestros cuerpos.

- Decime la verdad, ¡Carajo! –mientras empujo mi cuerpo contra el suyo de una forma tan seca como fuerte.

Su mirada se perdió. Abrió su boca como una víbora a punto de comer a su presa y un grito seco, me privó de saber el nombre de ese demonio. De la verdad.

Una verdad que no iba a ser la misma, como tampoco con la maldad necesaria de una mujer despechada. Mi oportunidad se había fugado junto con la anestesia de una calentura suprema. Ahora eran sus uñas las que me lastimaban la espalda y calculo que las mías en la de ella. Otros minutos interminables para recuperar el aliento –y la razón-, terminaron con las chances de saber qué carajo le pasaba.

Laurita tomó sus cosas, ahora con algo de vergüenza que no supo tener en el momento que planeó su crimen y me dice con algo de culpa en sus ojos, que tiene que irse porque se le hace tarde para preparar el almuerzo.

Me vestí con lo mínimo de ropa y la acompañé hasta la puerta.

- Te voy a deber los mates, ¿sabes?

- Y también la respuesta – le digo con un interés igual al que tenemos cuando sabemos que nos van a mentir.

Cerré la puerta y con la misma certeza que Aladín sentía que al frotar la lámpara saldría su genio, yo sabía que Laurita volvería a sus votos.

Y yo a los míos.

lunes, 21 de febrero de 2011

Sucios recuerdos

Solo las sabanas recién lavadas me pueden llevar a ese pasado que día a día deseo volver, como si fuera un presente interminable. Pero el tiempo sigue a su marcha. Sin esperas ni demoras, haciendo que debamos elegir a cada instante, cada uno de nuestros actos. Pero estamos los que hacemos trampa y detenemos ese tren de lo inevitable, con la magia de los recuerdos y una gran dosis de nostalgia.

Hundo mi nariz en ese bollo de sábanas hasta que alguno de mis tantos suspiros me devuelvan esos tiempos donde quisiera no haber estado nunca.

Las imágenes aparecen y mis sentidos se van activando uno a uno: su sonrisa, sus mimos rozantes, algunas palabras y el sabor de su perfume. Suficientes para estar ahí.

Con ella.

- Dale, ayudame con la cama así nos vamos- dice ella, mientras intento boicotear la salida prometida con un abrazo por la espalda envolviéndola con mis brazos.

- Te parece irnos? Con lo nublado que está, ya son casi las 2 de la tarde… y te noto tan mimosa.

- Déjate de joderrrrrrr – dice, riéndose – me prometiste que hoy íbamos sí o sí.

- Dije eso, tan así? En qué débil momento pude haberme traicionado de semejante manera?

- No te hagas el boludo y levantá el colchón que sola no puedo.

Lo intenté de todas las maneras posibles, pero fue en vano. Ella es una mujer peligrosa en el campo de todas las discusiones.

Estaba nerviosa. Intenté de averiguar sin preguntar que la tenía preocupada, pero sus ganas, ahora convertida en una obsesión me privó de saberlo hasta que llegamos.

- No voy a convencerte con nada para que no lo compres, ¿no?

- No

- Pero, vos me ves con la ropa sucia?

Ella se frena en seco, metro y medio antes de llegar al local. Logra que ponga toda mi atención en su mirada que destilaba fuego y agarrándome la mandíbula con su mano más firme, arroja su lanza:

- Te veo sólo y no voy a estar siempre para cuidarte!

Antes que mis ojos se llenaran de lágrimas como los de ella, la abracé fuerte porque mis discursos sobre el tiempo y la enfermedad que la acecha a cada amanecer, desapareció y le dio la bienvenida a un dolor en mi pecho, que hasta el día de hoy, me acompaña hasta en los momentos más alegres.

- Dejá de mariconear y busquemos uno que sea Aurora. Me han dicho que es de lo mejorcito y no es caro.

Le hayan dicho o no, lo cierto es que una vez le conté acerca de una foto donde sale mi madre junto al primer lavarropa automático Aurora. Un regalo de mi padre que ella lo disfrutó tanto como estar en compañía de sus mejores amigas. Tan enamorada estaba de esa obra de ingeniería, que me atrevo a confesar que alguna que otra vez, la escuché hablando con ese mamotreto marrón caca. Pero ella, nunca se declaró culpable.

Julia sabía que regalarme un Aurora era mucho más que un lavarropas. Y yo, nostálgico hasta los huesos, no pude negarme.

Estamos haciendo la fila para pagar, cuando la veo que abandona ese rostro pícaro y feliz, por uno aterrador. Me mira con miedo, le devuelvo la mirada de igual manera. Intenta agarrarme pero todo fue muy rápido.

Dos meses me llevó armarme de fuerzas para comprar lo que fue su última voluntad…

Una y otra vez, lavo esas sábanas.

Una y otra vez, me ahogo en sus recuerdos.

Y otra vez, el lavarropas y yo, nos volvimos a quedar solos.

lunes, 11 de octubre de 2010

Ghost Writer

La verdad que la página sigue en blanco. Claro que para muchos, pensar que un escritor tenga su página en blanco es una mala señal. Y culturalmente, es tan así, que muchos escritores creen que así es. Pero lo cierto, es que cuando la hoja en blanco permanece, es porque algo grande se está gestando. Después, estará en cada propietario de dicha hoja que se de cuenta o no.
Lo cierto, es que la mía sigue en blanco y ya casi me estoy amigando, ya que sobre ese pleno, escribo muchas cosas que luego son borradas o lo que es más asombroso, al terminar, me doy cuenta que nada ha sido escrito. Todo está en el aire. Como los sueños, que algunos se cumplen, otros no y por supuesto, están aquellos que merecen el empujón para caer al estrellato o ser estrellado. De cualquier manera, deben llegar al precipicio y dejar que sea la naturaleza quien decida si es digno de volar o no.
Golpean la puerta y otra vez, los tacos de Julia, volvieron a mi vida. Sus piernas, sus medias. Su sensualidad que imanta cada una de mis acciones, me convierte en un esclavo de su cuerpo.
No se a que vino. Yo estaba muy tranquilo escribiendo cuando cayó con alguna excusa de otro trabajo freelance para algún político de turno. La verdad, que todo lo que ocurre con ella, es igual que el trabajo que siempre viene a ofrecerme: en forma fantasma.
Lo cierto, es que al saludarla y sentir ese perfume recién puesto, vestida para ser vista por la mejor de las lunas, pero a plena luz del día, no me dejó otra opción que hacerla pasar y de un abrazo sacarle todas las palabras de su boca con un beso que se humedeció con cada manotazo que arrojaba a su cuerpo.
Como pudimos, nos fuimos desvistiendo hasta llegar a la cama. Los zapatos fueron lo último que sonó sobre el piso de madera. Lo demás fueron gemidos y dedos que pasaban de una lengua a la otra. Palabras sueltas, chirlos apretados y movimientos duros, secos. Calientes.
No pude dejar de insultarla mientras usaba su pelo como rienda para domarla mientras encontraba la posición ideal para profanarle cada uno de sus deseos aún no soñados.
Los músculos seguían tensionados y nada parecía acabar con ellos. Ambos estábamos realmente calientes y el no decirnos siquiera “hola”, ayudó a enardecer una caldera que se alimentaba más y más con cada palabra que salía de nuestras bocas.
-         ¡Pará hijo de puta! Ponete un forro
La miro sin entender nada. Hacía media hora que estábamos saciándonos de la manera más carnal y descuidada que dos adolescentes cuarentones podían tener.
-         ¡Dejate de joder! - Dándole un bife en su mejilla y volviéndola a su posición.
Intentó liberarse con pocas ganas de mis brazos, hasta que su último grito, la dejó extenuada y llorando sobre una cama que, ahora estaba lejos de ser una caldera.
La abrazo, la saludo (nunca es tarde para un “hola”) y con unos besos sobre su espalda logro que deje de temblar.
Recorrió mi rostro con sus manos, se incorporó y sin decir una sola palabra, se vistió como pudo y se fue sin poder mirarme a los ojos.

Me siento de nuevo frente a la hoja en blanco y otra vez, lo absurdo y lo vacío llenó de fantasmas al escritor que hoy usó su pluma y su firma. 

domingo, 15 de agosto de 2010

Ellen

Ellen, tenía unos treinta años cuando la conocí. Y si algo me sorprendió de ella y logró mover hasta mi última fibra, fue su seducción fotográfica. Siempre en posición para ser admirada como una verdadera obra de arte, algo tallado a mano, delicioso, iluminado. Claro, que mi mirada de lobo hambriento no se limitaba solo a lo estético. Su forma de ser, sus palabras dulces y desinteresadas de todo aquello banal del mundo, al cual yo venía adquiriendo acciones, la convertía en un ser difícil de seducir.

Eran los años 90. El glamour se respiraba tanto como los perfumes importados en cualquier esquina de Buenos Aires. Mis tareas como un egresado de un simple bachiller en un barrio de Palermo que aún no era SOHO, me condenaron a la tarea de llevar y traer pedidos de una librería del microcentro. La Galería Pacífico estaba en su máximo esplendor y dos por tres, personalidades del mundo artístico asistían a los eventos de pasarela, que más de una marca utilizaba para convocar a una gran cantidad de personas, de periodistas y también de “cazafortunas”, o sea, nosotros, los que buscábamos dar con el batacazo sexual y hacernos de una blonda que nos hiciera sentir el Hugh Hefner, aunque más no sea por una noche.

Eran épocas de camas solares, mucho gimnasio y con una cara fresca típica de personas que la pasaban bomba. Eso era solo el principio para tener alguna chance en ese mundo pomposo al que más de uno se tentó por más pensamiento de izquierda que tuviera en su sangre.

Un año de fierros, un trabajo que me hacía correr por todo el microcentro con bolsas de todo tipo y hasta cajas con resmas A4, me mantenían en forma y también me hacía conocer a mucha gente. Una de las reglas que si bien no eran expresas, pero que se daban a entender, era que cuando había clientes en un local, yo debía esperar afuera con el pedido. Para mí, era trabajo. Así que correr o no correr. Llegar a tiempo o elegantemente tarde, era cosa de cada cliente.

Un día de muchos que tuvo esa profesión, una mujer se quedó con toda mi atención. Su porte, su ropa y hasta su billetera tenía su propio sello. Estaba pagando y haciendo malabares con todas las bolsas que intentaba agarrar con una mano. Ese día no me importó nada del protocolo del cadete y entré.

Saludé. Dejé un par de biromes a la encargada que pareció darse cuenta de mi estado emocional y busqué la mirada de la clienta, de alguna manera que no hubiera modo de evitar un saludo a alguien que crees conocer pero que no recordás. Su perfume dulce me aflojó las piernas y cuando enterró su mirada en la mía solo pude suspirar antes de cerrar los ojos y darme por vencido.

- Perdón, ¿te conozco?

- No sabes como me gustaría decirte que si.

Creo que todos los que estaban en el local, rieron. Ella estiró firmemente su brazo y me dio la mano como un amigo o bien, para dejar en claro que había al menos una década de besos en su haber.

- Bueno, ahora nos conocemos. Ellen, mi nombre es Ellen.

Eternity era su perfume. Sus botas, de carpincho y sus caderas casi siempre se untaban con un Guess. Y yo fui su alumno durante algunos años. Los suficientes para entender que era esto del amor, el respeto y por sobre todo, el buen gusto por los zapatos. Como el que Sarkany tuvo para poner en la misma vidriera, quince años después.

domingo, 11 de julio de 2010

España Campeón!

Un domingo donde veo por uno de mis tres canales de aire, a un España alzando una copa del mundo, donde mi limpieza de la mañana, se esfumó con el primer soplido de un zonda; y una cama a la cual le sobran ganas de una cucharada de amor lograron que vuelva a la computadora para terminar mis trabajos de la semana.

Claro, que cualquier excusa es buena para interrumpir mi concentración: preparar café, elegir música, cambiar la luz del día por una de un velador, elegir un teclado para escribir… ¿sigo?

Estaba en condiciones para empezar el conteo y dejarme llevar por una tinta digital que acabara con esa pesadez de la hoja en blanco. Pero recordé, casi a propósito que uno de mis sentidos estaba esperando por su parte. Fui a la habitación donde atesoro unos sahumerios de vainilla y cometí el error de encender uno.

Ni siquiera pude imaginar un título, cuando el aroma de ese amor invadió mi sangre.

La cinta en mi cabeza avanzaba y rebobinaba. No sabía donde hacer pausa: en que beso, en que abrazo o en que calle de las tantas que nos vieron pecar por falta de tantas otras cosas. Pero daba igual. Todos esos momentos siguen ahí, tan húmedos como mis labios ahora y mis ganas de volver a darlo todo por uno de sus besos y sus incalculables muestras de amor que eran aniquiladas por uno de mis “peros”.

El sabor de una vainilla hecha humo me dice que debo volver a lo mío, que por lo visto no es el amor.

¡Felicitaciones, España! Cuánto deseamos estar en su lugar.

¡Felicitaciones, Gallega! Cuánto deseo estar besando la copa de tus labios. Hacer mi sueño realidad y rebobinar la cinta hasta donde aparece tu primer “te amo”.

Pero el presente no es más que un montón de humo recordándome que mi hoja sigue en blanco.

…¡Joder!

sábado, 10 de julio de 2010

El contrato

Cuando uní mi boca a la suya, luego de tanto tiempo, me di cuenta que había mucho de su pasado que aun no me contaba. Pero era de noche, estábamos con la esperanza de encontrar otra vez esa química y eso no dejaba lugar a otra cosa que no sea hundir nuestros cuerpos y llenarlos de marcas, de descontrol y de muchas soledades inoportunas.

Realmente no se que pasó mientras tomábamos el café, sabía que una charla rutinaria era necesario para no quedar como dos enamorados del sexo del otro. Había propuesto vino, pero ella se negó rotundamente y a cambio sugirió un café como en los viejos tiempos. Una de las cláusulas de este nuevo contrato que nos reunía nuevamente en mi casa, dejaba bien en claro que no cabía lugar para los recuerdos y los golpes bajos, que hicieran volver a tomarnos de una mano que ya nos había arrancado el destino.

Fue por eso, que el pedido de café no tenía como fin ese camino. Pero que importaba, ya no la escuchaba, solo veía como esos labios besaban el aire con palabras. Y yo esperando la luz verde de su mirada para saltar sobre su boca y concluir con lo que habíamos empezado.

Fueron unos segundos, unos eternos segundos hasta morder su boca de un solo bocado. Mi cuerpo se retorció y el de ella se transformó en alguien que volvía a soñar pero esta vez con los ojos abiertos.

Las luces eran muy tenues, apenas se podía apreciar alguna que otra curva, eso limitaba uno de los sentidos, pero abría la puerta a muchos otros dejando el protagonismo a las sensaciones que eran en definitiva la causa del encuentro.

La besé por cuanto rincón me dejó su pelo. La mordí hasta donde sus manos no llegaban para quitarme y mis caricias llegaron hasta aquellos lugares donde jamás lo haría ella por si sola. Mi sangre cambiaba su gravedad y con algunas caricias entre sus manos, perdí el conocimiento, los sentidos. Solo se que me aferré a ella y solo volví a reconocerla cuando su voz intentaba decirme algo al oído. Y no eran exactamente palabras.

Un suspiro llenó la habitación de recuerdos que no podíamos verbalizar. Pero estaban ahí, latentes; nuevamente despiertos y mientras acariciaba un cuerpo que poco a poco se iba enfriando, me daba cuenta que ya no éramos los mismos.

La abracé sin pedirle permiso, la llené de besos y sin decirle nada la invité a que se vistiera y se fuera para no romper ese contrato absurdo que otra vez nos tenía amenazados por un amor lleno de disfraces.

martes, 13 de abril de 2010

¡Joder!

Una hoja de cuaderno doblada en dos, me esperaba detrás de una puerta que no habría hace unos cuantos meses. No era de sorprenderme la carta y mucho menos su contenido, pero vaya que hubo sinceridad.

“No se cuanto tiempo más voy a ser capaz de pedirte perdón, antes de que no signifique nada”.

Esas simples palabras solo me devolvieron el dolor que creía haber dejado en el diván, luego de unas cuantas sesiones, cuando realmente decidí enseñarle la verdad a mi terapeuta, psicólogo o como quieran llamarlo y tratar de poner fin a una relación que prometí que sería para siempre.

No más encuentros bajo una luna cómplice, ni llamados abreviados por un apuro culposo. Decidí que ya no quería ser enemigo del tiempo porque nadie es capaz de ganarle, por más tozudo que sea. Así lo resolví y quien estaba sentado frente al diván apoyó mi decisión. ¿Fácil? Para nada, pero ¿qué más podía hacer? Soy un humano más en este increíble mundo.

Me acosté con cuanta sonrisa se cruzó en mi camino, me enamoré de cada copa que tuve en mis manos y me abracé a cuanta almohada me despertara un domingo cualquiera. Poco a poco fui charlando con el tiempo hasta saberme su lenguaje. La soledad tenía las llaves de mi casa y mi terapeuta estaba siempre al otro lado del diván, para darme esas piernas que necesité más de una mañana para seguir aunque más no sea un día más.

Así fue que me volví a levantar. La disciplina de las obligaciones diarias cicatrizaron las heridas y el dolor volvió a su rincón, esperando a tener nuevamente su turno. Pero esta vez sabía que había perdido, al menos un round.

Pero las cartas no solo hablan con sus palabras, sino también con su perfume. Y ésta hizo que la escuchara mucho más allá de sus palabras.

Enciendo el equipo de música y ahí estaba Bob Dylan, con sus filosas canciones para desgarrar cualquier corazón, por duro que sea, o por diván que salga a defenderlo. Me recuesto en el sillón y apoyando la carta sobre mi pecho me voy de este mundo para volver a esos tiempos donde todo sabía prometedor e imposible de destruir.

Sin dudas, su perfume fue un golpe bajo, un disparo directo a las emociones y los recuerdos. Nadie sabía más que ella, a la hora de redactar una carta. Jamás pude encontrar algo de verborragia en sus verbos y eso era tan eficaz que podía matar todo tipo de pensamientos rebeldes.

Pensé que había podido terminar con ella. Pero sus “perdones” aún tienen valor para mí.

Quedamos en vernos la semana que viene.

¡Joder!

sábado, 6 de marzo de 2010

Keep me in your Heart for a while

La miro sin entender lo que pasaba. De repente un suspiro de ella me pone en alerta. Aún así, no dejo de servir el café con mi mejor cara de anfitrión.

- ¿Azúcar o edulcorante?
- Pasame el edulcorante.

Estaba inquieta, no se cuantas vueltas le dio al café para que se mezclara. Aún así, seguía con la mirada fija buscando la mía, que seguía escondiéndose en detalles de una mesa que debía parecer improvisada.

- ¿Por qué café y no vino?
- Ehhh, no se. Supongo que el vino es para algo más premeditado. – Digo con la misma cara fresca y despreocupada.
- A caso, ¿esto no lo es? – me dice con una mirada incisiva.

Aun puedo ver el fuego de sus ojos y la ira que le provocó mi gesto de reconocimiento ante lo que ya sospechaba durante los 20 minutos de trayecto en micro que tuvo que hacer hasta llegar a mi casa.

El café en mi chomba nueva, mis libros que volaban por todo el departamento hasta que uno terminó atravesando un vidrio, calmó en seco a una Natalia que no conocía.

- A mi no me vas a dejar así nomás. ¡A mí, no! – ahora agarrándome del cuello y zamarreándome como una bolsa de papa.
- Necesito que te calmes, por favor.
- ¡Una mierrrrrda me voy a calmar! – ahora me suelta y retrocede como para tomar envión- ¡Sos un hijo de millllll putas!
- Calmate por favor – haciéndole señas que los vecinos iban a escuchar. Aunque ya estaban escuchando hace rato.
- ¿Ahora queres que no escuchen? ¡Bien que cuando me cogías no me decías que me calle! Así que ahora, ¡repedazodehijodemilputas! – ella comienza a arrancarse la ropa - ¡Ahora me vas a cogerrrrr!... que digo, me vas a recontra recoger.

Estaba desconocida, su despecho era temerario y mi plan de querer volver a ser amigos, veía que se estaba yendo como el celular que tiró mi hijo por el inodoro. No encontraba una sola frase que pudiera calmarla mientras empezaba a lamer mi cuerpo en forma preocupante. Me intimidaba y el torrente sanguíneo seguía en mi cabeza, lo cual iba a provocar aún más ira en ella.

- ¿Dale forrito, no era que te gustaba así? ¿No era la mejor, la más puta, la más caliente de todas? – mientras quiere arrancarme el cinturón con movimientos brutos y bajando una bragueta que se resistía a su barbaridad.

Fueron varios minutos donde no obtuvo lo que quería. De repente un silencio agudo y escalofriante me dejó tieso.

- Yo no te puedo creer. – abandonando su rezo y manoteando en cuatro patas su ropa que yacía por todos los rincones del comedor.
- ¿Qué? – le digo con ganas de tragar saliva.
- Sos un pelotudo. No solo me dejás, sino que además estás enamorado.

Mi silencio se lo confirma. Ella, ahora con una calma caligulezca, se acerca a mis labios no solo con su boca sino también con su mirada y susurra:

- Te enamoraste, ¡pelotudito! – mientras muerde mi labio inferior – ahora vas a saber lo que es este sentimiento.
- Andate.
- Claro que me voy. Me voy bien a la mierda. – Agarra la cartera y centrando su pollera camina hasta la puerta.

Yo sigo inmóvil. Aún no respiro y anhelo que cierre la puerta. Pero no. Antes de dar el paso final, se frena, levanta su dedo índice como acordándose de algo y se vuelve decidida. Camina hasta el equipo de música, tira todos los Cd´s al piso, hasta que lo encuentra.

- Y si lo querés a Warren Zevon, que te lo compre la putita esa que tenes por novia.
- ¡Pero ese Cd es mío! - le digo, recordando lo que me costó conseguirlo. Pero enseguida recobré mi papel de subordinado y volví al recato.
- Ya no. ¿O te pensás que sos el único que puede decidir sobre los demás? – ahora suspira - yo también tengo derecho a robarte un pedazo de tu corazón.

Pega un portazo y luego, hace enojar sus tacos que tan bien le quedan, para completar su plato de venganza.

Aún sospecho que se fue con una sonrisa entre sus labios.

jueves, 28 de mayo de 2009

Noble Caballero

¿Qué podría afligirte, amado caballero, solo y pálido callejeando?

El junco se ha marchitado en el lago y ya no hay pájaros que canten...

Deja a La tejedora, noble caballero y adentrate en mi cuerpo...

Así empezó mi carrera de Letras, en la Universidad Nacional de Cuyo. Una bella dama, castigada por su codiciada belleza, carente de caricias, de besos, ejecutó con sus palabras mi sentencia para amarla, al menos lo que dura una eternidad bajo las escaleras que dan al subsuelo del edificio.
- Metete la camisa adentro del pantalón, si no querés que alguien se entere que no estabas estudiando, precisamente Letras.
Confirmo que tenía razón, y tras unas sacudidas a mi ropa, que traía polvos de unos escalones poco transitados, meto mi camisa como puedo, mientras me ato el cinturón.
- ¿Te conozco de alguna clase?
- ¿Deberías?
- No, pero parece que me conoces más de lo que yo a vos.
- Te tengo marcado desde que pisaste esta Universidad. Aun te recuerdo con esa camisa celeste y la minita de turno que llevabas a tu lado.
Hice lo posible por recordar ese día y me di cuenta que era cierto.
- ¿Qué raro? –comento pensativo- jamás conquiste a nadie por lindo.
Ella larga una carcajada, mientras se ponía brillo en sus labios. Guarda su kit de belleza en una cartera que antes no había visto y camina, con su metro cincuenta, hasta abrazarme con sus recientes débiles brazos.
- Supongo que debo decirte como me llamo…
- Creo que disimuladamente deberías decirlo al pasar.
- Claudia
- ¿Y ca-da una de esas pe-cas tam-bién tie-nen un nom-bre? – intercalando cada sílaba con un beso en sus cachetes.
- ¡Tonto! – golpeándome con sus puños en mi pecho
Caminamos unos metros, hasta llegar a la civilización. Automáticamente, cuando cruzamos una puerta roja, ella suelta mi mano y toma una postura más distante. Eso me decía muchas cosas sobre su presente y no era de caballero preguntar el por qué. Era evidente que no estaba sola. Y ninguna chica de su edad debería estarlo, aunque esta generación prefiere la libertad para hacer de las escaleras una identidad anónima, tratando de encontrar lo que aun no conocen y por eso ni siquiera pueden decirlo, apenas señalarlo.
- ¿Sería inapropiado pedirte tu teléfono?
- Sí, lo es, pero me dan ganas de dártelo.
- Y que te priva de hacerlo.
Ella señala a un personaje que venía en busca de su mirada. Era evidente que no pertenecía a Letras. Su cara de garca y un traje que le asentaba mejor que a un gerente de banco, me daba como resultado que pertenecía a una de esas profesiones (a mi criterio) poco honestas, llamada abogacía.
- Hola – digo sonriente estirando la mano.
- Hola – dice el abogado con cara de ya saben que y dejándome con la mano en el aire.
- ¡Pero que mal educado que sos! – dice ella con algo de pudor por su desprecio.
- ¿Vamos? Tengo el auto mal estacionado.
- ¡Ya voy! – dice enojada.
- Perdoname, pero jamás reaccionó así antes. ¿Ustedes se conocen?
Mi sonrisa cuando estiré mi mano, tenía más de venganza que de amable. Su rostro me pareció conocido y cuando se acercó lo suficiente, confirmé que era el amante de una amiga mía, también de su palo. El tipo se dio cuenta que yo sabía y al quedar en evidencia, que mejor que pasar por enojado.
- Seguramente, nos hemos cruzado, viste que Mendoza es un pañuelo.
- Raro pero bueno, ¿en qué estábamos?
- En tu celular
- Cierto, te doy mi número, ¿te parece?
- Mmm, prefiero que este edificio nos encuentre nuevamente, pero sin mochilas.
Ella se esfuerza con una sonrisa como entendiendo, pero en verdad parecía no entender.
- Quiero decir, que prefiero encontrarnos casualmente y descubrirnos poco a poco dentro de estas paredes.
- Mmm suena romántico, pero si así lo deseas, como quieras.
- Es que no me gusta poner en una misma oración tecnología y amor, me suena a ciberamor, volátil, frío, en fin poco romántico.
- Pareces del siglo pasado – dándome un abrazo de despedida.
En verdad, no quería empezar una historia, con alguien en el medio. Pero ¿cómo decírselo sin que se ofenda? Soy un caballero y si llegué a sus brazos, fue porque me encontró sin mi armadura. Si bien no es común que una mujer de su corta edad desnude su alma en una escalera con un hombre diez años más grande (por lo menos), lo cierto es que esta generación se empecina en destruir al romanticismo, mi aliado, mi todo.
Me entregué al enemigo, dejé ver mis heridas y así y todo no logré demostrarle mi pasión por lo que defiendo, por lo que lucho, aunque por momentos, como Don Quijote, me encuentre peleando contra molinos de viento. Mi enfrentamiento cuerpo a cuerpo y mis breves palabras cruzadas, no alcanzaron para ponerla de mi lado, para volverla una guerrera del amor. Tenía pasta, pero no supe pulirla lo suficiente para que se vea como tal.
- Te dejo porque sino mi hermano me va a dejar a pata otra vez.
Me beso lento y salió corriendo como una adolescente con sus zapatillas rosas de estudiante.
¿Dijo hermano? … Sí, soy un boludo.

jueves, 21 de mayo de 2009

Una Salida Japonesa


Un viaje inesperado a Buenos Aires me encuentra solo, caminando por la glamorosa Avenida Corrientes. Luego de tomar un café con mí segunda mamá, que se extendió hasta la hora de la cena, me devuelve a las calles que me vieron crecer (sí, soy porteño).
Tengo unas cuantas cuadras hasta el estacionamiento donde dejé mi auto. La sensación a esa hora de la noche, era igual a la estar en medio del campo. Un silencio que pocas veces se puede apreciar estaba ante mí. Nada de autos, papeles que aun revoloteaban como mariposas ante semáforos indicando a nadie, era la mejor postal para una noche de mucho calor en “La Capi” como decimos nosotros.
La excitación de poder acostarme sobre plena Avenida pudo más que el temor a ser pisado. ¡Tenía que hacerlo!
Con algo de timidez me intento relajar y me acuesto sobre la franja peatonal. A lo lejos, se escuchan algunos matungos llevando a sus jinetes recolectando los últimos cartones disponibles.
¡Hacía mucho tiempo que no sentía esa adrenalina! Empiezo a dar vueltas sobre el asfalto como si estuviera en el mejor king side. La relajación era total. Sentía como si me estuvieran cambiando las energías. Me sentía el más fuerte del mundo, el más poderoso.
De repente una camioneta pasa despacio. Creo que me insulta. No me importa. Siento que clava los frenos, apaga el motor y se escucha que se abre una puerta.
-¿Loco, sos vos? – Dice una voz de mujer.
¡Cagamos! Me dije, ¿ahora quién es? Intento mirar para donde creo que viene esa voz de fumadora compulsiva.
-¡Sí! ¡Desgraciado sos vos! - mientras se escuchan esos taco aguja sobre el asfalto, ensuciando mi silencio.
-¡Levantate bebe! – mientras veo que cae su cartera roja de vinilo, inconfundible. Era la mujer aguantadora (Ver ¡Tengo aguante!)
Su voz imitadora de Adriana Varela, me hizo dar ganas de que pasara un auto y me atropelle. O mejor dicho nos atropelle. Si era una pesadilla, o no, de todas maneras iba a salir ganando.
- ¿Vos acá? – le digo como si recién me levantara.
- Dejá de buscar emociones coelhistas y subí que te llevo.
Trato de reaccionar apurado y le grito:
- ¡¿A donde?!
- A cenar o al Borda, ¿elegí?
No tenía muchas opciones y la verdad tenia hambre.
- Mirá que no tengo un peso – le advierto, tratando de ser lo menos caballero posible. O sea, no telo, no chocolates y mucho menos forros de vainilla.
- ¡Mejor! Así te vas a sentir culpable y me vas a deber un favor.
¡Puta madre! Todos los caminos conducen a uno solo, o sea ROMA.
- Creeme que no te he olvidado. Después de lo que me hiciste vivir, mi vida ha cambiado por completo.
¿Y ahora que carajo hice? Me preguntaba mientras me llevaba en su camioneta BMW.
Quise decirle que mi auto estaba a unas cuadras, pero la verdad estaba tan entregado que decidí no comentar nada al respecto.
- Perdoname, pero de hacer dedo en la ruta 7 a la BMW, ¿Qué parte me perdí?
Ella se ríe mientras enciende un pucho, de los largos y finolos. Solo faltaba el Gordo Caseros en el asiento de atrás diciendo: “Convenzansen, no es para cualquiera”
- Esta noche voy a devolverte todo lo que hiciste por mi
- Bueno, entonces dejame acá. – Le digo sarcásticamente.
Mientras se puso a parlotear contándome del viejardo millonario que se ligó, miro las carteleras de los teatros. La verdad que no escuché más que eso. Luego fue como escuchar una canción de los Guns, o al menos eso imaginé.
- Llegamos piojito.
Cuando me doy cuenta, estábamos en Puerto Madero. Me acomodo un poco la pilcha (no estaba muy limpia luego de revolcarme por la calle) y le pregunto a donde vamos.
- Hay un resto que me fascina. Me hace acordar a vos.
¡Dios! Cuanto mal he hecho, ¿me lo van a debitar todo en esta vida? En fin, estaba entregado, así que me propuse ver el vaso medio lleno, y en lo posible de un buen vino mendocino.
-¿Nanatsu? – Leo en voz alta el cartel que nos daba la bienvenida al lugar.
- Si mi amor, es lo más en comida japonesa. Entremos
La dejo pasar primero y veo que algo en ella había cambiado. El tiempo debo reconocer que le jugó a favor. Su cola estaba bien parada, como la calidad de su ropa y ni hablar de sus pechos. Enormes y bien altos. ¡El viejo tenía mucha guita!
- Debo reconocer que el lugar es impresionante.
- Minimalista, amor
Ahora se volvió fina y ¿me corrige? Eso si que no lo acepto. Así que saco mi lengua ácida, esa que mi mamá me recalcó siempre con su dicho: “La lengua te pierde a vos”.
- Che, perdón que sea bruto pero ¿qué es eso de Minimalista?. Cómo diciendo, ¡Tomá! ¿A ver con que me salis?
Ella me toma de la mano y mirándome como si fuera un hijo (que tranquilamente podría serlo) me dice como esperando que le hiciera esa pregunta.
- La gente cree que es tener los pisos y las paredes peladas. Pero en verdad tiene que ver con crear la ilusión de que poco, es mucho.
¡Me re cagó! Ha evolucionado. ¡La quiero!
- O sea, lo contrario de lo simple – le confirmo para que entienda con que bueyes está arando.
- ¡Ves! Por eso te decía que me recuerda a vos este lugar
La miro desconcertado, a lo que le pregunto:
- ¿Lo decis porque soy pelado?
Ella larga una carcajada y casi se ahoga con la copa de vino que ya teníamos en la mesa de bienvenida.
- Puede ser, pero no. Justamente por como definiste al lugar.
- Ahh, vos decis que este lugar te hace pensar como cuando estás conmigo – Sigo con mi humor ácido.
- No, justamente porque lo poco que me das, es mucho para mi.
Me dejó helado. Se acerca a mis labios y me los llena de su Labial esta vez de marca importada.
La lívido vuelve a pleno y nos matamos unos minutos hasta que se acerca el mozo para dejarnos la carta.
- No hace falta – dice ella muy segura,
- De entrada unos langostinos Pasión y luego Ebi Jo para mí. Y para el caballero que me acompaña hágale unos langostinos Nanatsu.
Si quería hacerme notar que era de la casa, la verdad, que me pasó el trapo.
Reconozco que comimos como minimalistas, ya que las ganas que nos teníamos a la segunda copa de vino, hizo que lo poco, vuelva a ser mucho. Eso si, el postre lo dejamos para después de la digestión.
A la hora de pagar la cuenta, transpiré un poco.
- ¡No, no! En que quedamos – dice ella enojada.
Saca su tarjeta dorada y la deja en la bandejita plateada.
Al salir abrazados, no por amor sino porque no nos podíamos tener en pie, me agarró un acto de sinceridad.
- Bueno, creo que aun dispongo de algunos pesos. ¿Vamos a un telo?
Ella intenta enfocar mi mirada y haciendo equilibrio sobre sus altos tacos, me señala con el dedo índice y lo pone sobre mi nariz.
- - Mejor vamos a mi casa. El viejo se fue al otro lado del mundo.
- ¿Se murió? – Digo asustado.
- No, se fue a Japón.
Subimos a la camioneta, prendo la radio y Fito Paez nos despide del Puerto con su canción “Ciudad de pobres corazones”.

martes, 19 de mayo de 2009

Demasiada Emoción Para Un Solo día


Tiempo atrás, cuando aun no me afeitaba pero con edad suficiente para enfrentar a mi madre, la desafié para que me dejara pasar un fin de semana de amigos, lejos de Trelew y cerca de las chicas más aceitadas de la Patagonia.
En aquellos tiempos, donde lo más próximo a estar con una mujer era a través de alguna revista triple xxx, cayo un primo del Pelado, contando lo maravilloso que era la vecina ciudad de Puerto Madryn.
La ciudad estaba en auge y recibía turistas de todas partes del mundo. No era Ibiza pero para tres vírgenes en la materia sexual, lo era todo. Y los boliches prometían robarnos eso que tanto nos molestaba.
Después de varios juramentos a la madre, prometiendo hacer caso a todos los cuidados que no se cansaban de repetir, salimos rumbo a la ciudad de los sueños.
El viaje en si era corto, solo 64 kilómetros nos separaban de la nueva vida. Y ahí estábamos, al cabo de una hora. Haciendo la carpa en el camping del ACA (precisamente en Punta Indio). Y esperando que el sol se pusiera en nuestra frente para dar batalla a un mar que se hacía desear.
El día estaba fantástico, la gente del lugar empezaba a estacionar sus sombrillas en los mejores lugares de una inmensa playa de aguas tan cristalinas como frías.
El primo del Pelado, apareció con su camioneta y unos trajes de buzo.
-Hoy vamos a bucear a la plataforma – Dijo totalmente sacado como si fuera un chico de 5 años haciendo una travesura.
Todos nos miramos y no salíamos del asombro. Si bien hacer un bautismo submarino, era lo más en ese entonces, había algo que nos hacía recular.
Una de las cláusulas del contrato con nuestras madres, era precisamente no hacer eso que estaba delante de nuestras narices.
El gordo, el más travieso de todos, disimuladamente quiso evadir esa responsabilidad de ir argumentando tonterías, ya que en verdad le tenía más pánico al sueco de la madre que a las cargadas nuestras.
- Martín, está buenísimo, pero si pensas que vaya nadando hasta el fin del mundo para bucear, me quedo en la costa. – Dijo el gordo mientras se sacaba una pelusa del ombligo.
El anfitrión nos lleva hasta la parte trasera de la camioneta y nos muestra el bote inflable, al que solo le faltaban un par de pulmonadas para convertirlo en nuestra isla.
El gordo se quedó atónito. Con el Pelado empezamos a gastarlo y le cantábamos “¿eres una gallina Mc Fly?”. Lo cierto es que nosotros dos teníamos más miedo que él. Pero hacerlo quedar como un gil, nos daba fuerzas.
El Primo, con unos años más encima y con más calle que una prostituta, se dio cuenta de la situación y comenzó a hablarnos de lo maravilloso que era bucear en esa zona, con el fin de relajarnos y hacernos sentir que nada había que temer.
- ¡La vida es una sola y tengo entendido que vinieron en busca de emociones! – Y eso fue como decirnos… ¡Gallinas!
Al cabo de 15 minutos estábamos en la costa empujando el bote. El día estaba increíble. El golfo estaba estático y la brisa de mar no alcanzaba a enfriar una idea que ya habíamos comprado.
La base, estaba como a 10 km de la costa. La balsa avanzaba lentamente, con dos remos improvisados que nos llevaban a reírnos de la precariedad de la balsa.
El primo se tiró al agua y con sus patas de rana empezó a empujar el bote para que nos calláramos. De a poco, empezábamos a divisar la plataforma. Para ese entonces, no sabíamos si estábamos cansados reírnos o de remar.
De repente, el gordo hace un movimiento de caderas. Todos reímos hasta que el Pelado pide silencio. Todos nos miramos.
-¡Todos al agua, ahora!- Grita el Pelado.
La embarcación acaba de perder uno de sus incontables parches.
Buscamos una nueva excusa para reírnos. Y mientras nos hundíamos entre todos, en un mar que nos enseñaba la profundidad con sus aguas cristalinas, el primo toma una de las sogas del bote, se la ata a su jean recortado con forma de malla y empieza a nadar para salvar los equipos de buzo.
-¡Dejense de joder y naden hacia la plataforma! – grita el primo, enfadado.
Todos nos quedamos mirando como se iba nuestra pequeña isla, nuestros equipos y la risa. Nos agarró la desesperación de golpe y empezamos a seguir la balsa que cada vez se nos alejaba más.
En medio de la desesperación y el cansancio, miro hacia la costa y toda la gente que debía estar en el agua ya no estaba. Ni siquiera las sombrillas se veían.
El viento empezaba a soplar como solo en el sur suele suceder y las olas nos empezaban a dar la bienvenida al mar adentro.
El clima cambió de repente, y los 30 grados que nos acompañaban pasaron a ser solo 20.
Miro hacia la plataforma y en el camino estaban todos mis amigos haciendo la plancha. Estábamos muy cansados. La distancia para llegar a la costa parecía la misma que había hasta la plataforma.
De repente veo como mis amigos se van hundiendo y hago lo mismo con el fin de descansar un poco mis piernas y mis abdominales, que se esforzaban por flotar. (¿quien dijo alguna vez que haciendo la plancha uno puede flotar por horas? Ya se, un profesor de la colonia de vacaciones y un jefe que se negó toda su vida a los cambios, pero él, nunca se ahogó).
En una de mis hundidas, me di cuenta que no podía flotar más. No había piernas que me hicieran volver a la superficie. Había descendido como dos metros. Miro hacia arriba y el agua cristalina dejaba ver lo que ya no podía alcanzar.
Me di por vencido. Miro hacia el fondo y comencé a rezar. No estaba desesperado. Ahí me di cuenta que era el fin, que nada se podía hacer y la calma llegó a mi alma.
Lo primero que pensé fue en mi madre. Tenía razón. No estábamos preparados para este viaje.
Mientras miraba con una calma desesperante todo el mar que me rodeaba, siento que de atrás algo me agarra el brazo. Ese año me había tocado leer en Literatura “relatos de un náufrago” de Gabriel García Márquez y lo primero que pensé era que uno de esos tiburones me había tomado por sorpresa de atrás.
Intento darme vuelta con mi última burbuja de aire, pero no puedo. Me tenían agarrado de un brazo como si fuera un delincuente, y me di cuenta que estaba subiendo a la superficie.
- ¡No hagas fuerza ni te sueltes por favor! – me grita un hombre de avanzada edad, mientras chiflaba a uno de los gomones de prefectura que estaban diseminados por toda la zona, buscando a mis amigos.
Ese día, mi Dios tenía nombre e historia. Se llamaba Jorge y era campeón sudamericano de Pata de rana. El me salvó la vida.
En la costa nos esperaba la gente, la radio local y la Guardia Costera. Los primeros, que no eran pocos, armaron el escenario de la tragedia. Los segundos buscaban la primicia de hablar con los náufragos. En cambio la Guardia nos esperaba para detenernos por no contar con los permisos necesarios para bucear.
El micrófono de la radio para hablar con el conductor de turno me hizo sentir un campeón un héroe, pero le recordé al periodista que verdadero héroe se llamaba Jorge, y trate de revivir esa vieja leyenda que la Patagonia había olvidado y que Jorge me la recordó en el trayecto a la costa. Además de héroes también había un perfecto pelotudo (primo del Pelado), pero eso no me animé a decirlo porque estaba seguro que no solo mi madre estaba escuchando la tragedia en vivo.
Al dar mi nombre (falso por supuesto) salí corriendo al igual que mis amigos. La policía solo pudo atrapar al capitán del Titanic, ya que, como rige la ley de los marineros, es el único que se quedó junto al barco.
Esa noche, ninguno atinó a mencionar las palabras como boliche, mujeres, sexo… fue demasiada emoción para un solo día.

domingo, 17 de mayo de 2009

Coco y Vainilla


Una cena en “Don Mario”, ya que en mi restaurant favorito no había lugar, fue el motivo por el cual Mercedes cedió ante mis encantos. Bueno la verdad que de encanto poco, pero reconozcamos que es un buen punto a mi favor empezar de esa manera, teniendo en cuenta los cocodrilos que abundan en los pocos hombres que quedan en la tierra.
Siempre que salgo con una chica, me acuerdo las anécdotas de una amiga con un sinfín de chabones que la invitaban a salir. Todos amarretes. Con plata o sin, el amarretismo poco tiene que ver con esa cualidad. Así es que ella, cuando veía que el flaco de turno, miraba demasiado la carta o sugería un plato para comer a medias, ya le caían las fichas y empezaba a contar con cuanta plata contaba encima, ya que el clásico “¿pagamos a medias?” era el principio del fin.
Ahí estaba yo, sentado, esperando la llegada de una mujer que seguramente poco tendría de esa imagen que construí en el taller literario.
Como buen estratega, tenía todo fríamente calculado. Mi depto estaba impecable, el auto lavado, me acababa de cortar el pelo y busque mi mejor camisa para esa velada.
Más de uno se preguntará por qué no la pasé a buscar. ¡Sencillo! En primer medida sabia que ella tenía auto. Si bien es, hasta un poco descortés de mi parte, estaba seguro que le generaría más confianza a ella y sus amigas la alentarían a que eso esta bueno ya que si la cita la aburre podía irse en cualquier momento. Por otro lado el decir “te veo en tal lugar” ya que debo hacer unas cosas antes, queda como algo mas “casual” (¿estoy muy comillero? ¡Ja!) Y hasta desinteresado, pero todo es mentira, claro está. Y también porque no me gusta llevar a nadie, ¡Que tanto!
Todo esto sin hablar de los silencios y lo contraproducente que puede ser perder los primeros diez minutos de mística hablando boludeces y que ella encima piense “que mal maneja” ¡Sigo con las comillas! (chiste válido para la Argentina).
Llegué 15 minutos antes –solo por ser la primera vez- y me hice amigo del mozo y le di unos pesos para que me llamara por mi nombre y me tratara como de la casa. Cuando llegamos a los 20 minutos, ya éramos como hermanos y hasta se burlaba de mi silla vacía.
Solo después de otros 5 minutos, Mercedes aparece. Radiante, fresca y con un toque en su cabeza que se convirtió en el centro de atención de todos los presentes. No hablo de un peinado punk, sino de una capelina que llevaba haciendo juego con su vestido sensual y naif.
El mozo se acercó a recibirla y la condujo hasta mi mesa.
Mi cara de feliz cumpleaños no se puede disimular. Me paro para saludarla y le acercó la silla, y de paso aprovechar para que saber perfume llevaba encima. (Algún día hablaré de esta teoría).
La gente volvió a sus platos y mis oídos volvieron a recibir todo el bullicio de un restaurant que comenzaba a llenarse.
- ¿Pedimos algo? Estoy muerta de hambre – mientras le hace una seña al mozo para que nos traigan la carta.
Pero, ¿qué fue de esa mujer tímida y sonrojosa (algo así como que se le ponen los cachetes colorados) que habitaba en mi mundo literario?
- También yo – le digo desconcertado por la actitud que traía bajo su vestido con un escote que ya me estaba poniendo celoso.
Todas mis técnicas de levante debían girar 180 grados. No me estaba enfrentando a la clásica muchacha de pueblo. Estaba ante una chica de ciudad, de luces… una verdadera mercenaria.
Mientras ponía el piloto automático de conversación (total, la mística se fue al carajo) revolvía en mi cabeza como hacer para sorprenderla. En este caso y como dirían en mi dulce pueblito, la vaca se volvió toro.
Creo que ella se da cuenta de su avasallamiento y decide bajar un cambio para que sea yo, el que me sienta a gusto.
Al no encontrar nada en mi cabeza, decido ser yo, exponiéndome a todo y hasta correr el riesgo de ser gastado por ella ante mi inocencia que solo unos pocos de mi círculo de confianza conocen.
Ya para el postre, estábamos relajados y gran parte de nuestras vidas habían sido digeridas.
A la salida del restaurant, y con chistes de ocasión por parte de ambos, para evitar una despedida incierta de besos, le pregunto donde dejó el auto
- En verdad no vine en auto, tomé un taxi – haciéndome una sonrisa alentadora
¡Mierda que se la sabe todas! Me dije mientras buscaba una cara que poner y algo que decir. Me sentía como un chico virgen. Pero revuelvo en mi interior y saco el tigre de Ludovica.
Cualquier cosa que dijera iba a estar demás. Así es que la abrazo y le estampo un beso de película.
Ella me agarra más fuerte aun y aprieta sus manos contra mi nuca. La cosa estaba en llamas. Suspiros entre beso y beso, y abrazos que querían ir más allá de las ropas nos sugirieron ir hasta mi casa.
En el auto aun quedaba algo de pudor. Prende un pucho y me mira seductoramente.
Les ahorro la pregunta. La gente que fuma no suele pedir permiso para tirarnos su vicio. Es lógico. Si a ellos no les importa intoxicarse ¿por qué se habrían de tomar la molestia para con nosotros? Aunque hay excepciones, como en todo.
Pasamos por la Octano (una estación de servicio muy conocida de nuestra querida Mendoza) y la típica fue comprar forros y chocolate mientras ella se pasaba el rimel por sus ojos.
- ¡Listo!
Dije, mientras cierro la puerta del auto apurado y con unos nervios que se parecen a cuando tengo frío.
Ella estaba tociendo. No podía hablar y solo hacía señas que no lograba entender.
- ¿Qué te pasa?- Le digo a los gritos mientras trato de sacarle a los sacudones que le estaba pasando.
Me hizo un gesto como para que abriera la ventanilla.
Pongo en contacto el auto y abro todas las ventanillas. Ella saca la cabeza afuera y luego de unos respiros me dice agitada:
- ¿Qué perfume usas para el auto?
Pienso. No entendía nada. ¿Se lo habrá tomado? Se ve medio piantada pero no creo que sea para tanto.
- ¡No se! Uno que compré en el Walmart.
- No, de que sabor es lo que quiero saber
¡Se lo tomó! Me dije en voz baja, mientras ella empezaba a toser.
- ¡No me lo tomé estúpido! ¿Es de vainilla?
- Y coco. Coco y vainila.
Remato con algo de culpa, aunque sin saber el por qué.
- Llevame a casa por favor. Le tengo mucho asco a la vainilla. No creo que tengas ganas de ver vomitar a una mujer toda la noche.
A la mierda con la fiestita. Mi humor en las cuadras restantes fue de mal en peor, mientras la veía de reojo como hacia movimientos de rana para evitar vomitar.
Quedamos en hablarnos y se baja del auto a las corridas porque el vómito estaba a punta de lanza.
No me dio tiempo a despedirla siquiera. Entró a la casa y yo arranco desmoralizado.
En el primer semáforo revoleo los forros contra el parabrisas (tampoco los voy a tirar con lo caro que están) y terminan en mi entre pierna.
¿A que no saben de que sabor era los profilácticos para el sexo oral?
Buena suerte, mala suerte… vaya a saber uno.

viernes, 15 de mayo de 2009

Contractura Cervical


Mi trabajo, el cual no es solo escribir, depende de estar muchas horas sentado en la notebook, con la difícil pero gratificante tarea de mentir, digo de vender. ¡Ja! Es solo un chiste, por favor no me lo vayan a creer 
En estos días, donde el dólar sube si parar, la presión en la empresa como en todo el sector de tecnología, está con una psicosis que no veía desde el 2001.
Por suerte Internet hay en todos lados y para no intoxicarme con todo el malestar y poder seguir visitando cuentas de real importancia, donde estos problemas no les llegan, me instalo en alguna estación de servicio al paso.
Los días en Mendoza vienen de mal en peor, hablando estrictamente del calor. Por suerte, en mi estación de servicio preferida tienen aire, plasma y un muy buen café. El sillón donde habitualmente me siento en principio resulta cómodo, pero al paso de unas horas, los dolores en mi espalda se vuelven imposibles de aguantar. A esto se le suma mi cuello y como resultado final, nace un terrible dolor de cabeza.
Al cabo de dos semanas, y con la caída de la bolsa y las benditas afjp, el dólar escaló más alto aún y mi jaqueca se instaló como los Kirchner en el poder.
Cómo sería el dolor, que me fui hasta una clínica muy importante de Mendoza, para hacerme ver (deberían anotar este día como una efemérides).
Créanme que imploré que el médico de turno, sea justamente “médico” con “o” de hombre. Pero bueno, sabrán que estoy engualichado con este tema y ahí estaba. Sentado en una camilla, muy relajado esperando que la doctora terminara de anotar mis datos personales.
La verdad que la miré con ojos de paciente ingles. Esta vez no iba a caer en la trampa de la inocente mujer sonrojosa. Ahora todas me parecían zarpadas. Lo bueno que al menos, en la clínica había una fragancia a vainilla (demasiado para mi gusto).
- Decime que te anda pasando…
Esto del marketing en la medicina no es muy bueno para detectar cuando te aprecian porque sos lindo o simplemente porque sos un cliente. ¡Maldito Patch Adams!
- Dolor de cabeza, mucha computadora, mucha presión en el trabajo… y tengo presión emotiva.
- A ver ¿cómo es eso?- Mientras me arremanga la camisa y pueda ponerme el aparato de la presión.
- En realidad tomaba una bocha de pastillas. Y ninguna me bajaba la presión
La doctora me interrumpe:
- Pero si tuviste todos los efectos secundarios
- Exacto, en especial el tema de la lívido – Le digo haciéndome el tímido.
Ella sonríe y se saca el estetoscopio.
- La presión está un poco alta pero es por el mismo dolor de cabeza.
Respiro profundo ya que era mi mayor miedo. No la presión, sino que me restrinjan la sal.
- A ver, sacate la camisa y acostate.
- Boca arriba, ¿cierto? – Le digo como haciéndome el que la tengo clara.
- No, boca abajo por favor.
¡A la mierda! Empezamos mal. Ya con algo de miedo me coloco de espaldas y espero el estacazo.
- ¿Duele acá? – haciendo presión con sus manos frías en mi omoplato derecho.
El dolor me llegó hasta la frente. Me dieron ganas de insultarla, pero sus manos estaban demasiado suaves como para pedirle que la saque.
- Un poco. Le digo con lágrimas en los ojo.
La Doctorcita siguió otro poco hasta llegar a mi nuca. La cosa se estaba poniendo caliente. Luego empezó con la otra y con la yema de sus dedos hacía círculos en determinadas partes de mi espalda confirmando que de virgen poco o nada, pero de escorpiano, demasiado.
- Estas marcas me dicen que abandonaste las pastillas hace un tiempito.
Aunque no lo crean, me puse colorado. Nunca quise enseñarlas a nadie (me dan vergüenza).
Moví la cabeza confirmando su teoría.
De repente se detuvo con sus caricias, digo masajes, y acomoda sus cuerdas vocales, como lo hace una persona que no traga saliva por un largo tiempo.
- Vas a tener que tomar unas pastillas y baños relajantes de agua tibia.
Me levanto como puedo y me abrocho la camisa.
- ¿Qué padezco doctora? – comento haciéndome el simpático pero con respeto para que no se sienta que la agarré en off side.
- Le diría que un osito, pero mirándolo bien, me hace acordar más al mamut de la era del hielo.
- ¡No estoy gordo!, soy panchoncito y peludito.- ¡Tomá que me iba a retirar después de semejante histeriqueo!
Ella larga una carcajada y se afloja del todo, dejando el recetario de lado.
- También tenés hijos parece.
- Dos hermosas criaturas – Le digo orgulloso.
Ella me mira hacendo una expresión que sonó a: “¡que voy a hacer con vos!” y vuelve con su birome.
- Padece una contractura cervical, padre de familia.
- Le falto la palabra divorciado, doctora.
Deja de escribir por un instante, lo piense y vuelve a escribir.
- Bhokium B12, un comprimido cada 12 horas.
- ¿Eso es todo?
- Si, pero si el dolor vuelve, le dejo mi celular más abajo.
- O puedo venir a la guardia – la interrumpo con una hermosa sonrisa que olía a ganador.
- Le recomiendo el celular… es más efectivo.

miércoles, 13 de mayo de 2009

¡Una noche Gang Bang!


En mi primer sábado como soltero oficial (luego de unos siete meses de novio), decido salir solo a una disco. Es cierto, no es mi tipo, de hecho la idea original era ir a un teatro o algún lugar más cultural, donde además de cruzar miradas obscenas con mujeres rutinariamente aburridas, poder charlar y hacer de nuevas amistades. Al fin de cuentas, no tenía ganas de empezar nada nuevo. Estaba harto de las relaciones, el filo, el chamullo y el compromiso. Pero sí me di cuenta de lo solo que estaba en esta ciudad y los pocos amigos que había cosechado en todo este tiempo.

Siempre mis ex me preguntaron por que tengo más amigas que amigos. Nunca lo supe, hasta hoy. Si bien esto de tener muchas amigas me colocaba en el rubro de los mujeriegos (o como dice una de ellas, ¡Sos un gato!) lo cierto es que a diferencia de los hombres, ellas son más sensibles. Ejemplo: el otro día volvía de Buenos Aires y sabía que me estaba esperando la soledad, algo a lo que te temo demasiado. Mis amigas, todas casadas, especialmente los fines de semana, son de sus maridos y sus quehaceres domésticos. Por lo tanto, ni siquiera se molestaron en responder mis mensajes de auxilio por celular. Entonces acudí a algunos de mis amigos. Pero ninguno supo interpretar el S.O.S. y no fueron a hacerme el aguante, ya que pensaron que si iban a casa, era motivo de partuza.

Por lo tanto, las mujeres son sensibles, los hombres, no. ¡Y yo soy sensible! (pero no soy trolo, aclaro).

Con este verso del fin de año, las pocas amistades que quedan -llámese amigas con derecho a roce- estaban de asado en asado, festejando vaya a saber que pelotudes (eso lo dije de caliente resentido). Todas con agenda completa hasta que se termine este puto año bisiesto.

Me metí en Internet y la agenda cultural daba asco. Así que tome coraje y me adentré en el mundo apocalíptico de los boliches. Siempre me dio cosa. La previa me genera una sensación tan horrible que más de una vez desistí. Pero la idea era divertirse y olvidarme de todo.

Cuando llegué a la zona (para envidia de los porteños, en plena montaña) pregunté cuales eran la onda de cada uno. Como la moda de las zapatillas All Star y aliento a Beldent con Fernet no me pinta, compré información por una suma módica de 2 porros.

El boliche que albergaba a las mejores viejitas de la zona estaba a pocos metros.

Luego del tercer Paddy (un whisky realmente intomable, pero pegador) ya me podía soltar de la barra sin tantos prejuicios y me caí en un escote que me llamaba desde que entré.

Realmente no se que chamullo fue el esbozado para esa mujer que no dejaba en paz a su chicle. Iba de lado en lado y recuerdo que luego de mis exacerbados piropos me dijo:

- Estoy buscando gente para un Gang Bang, ¿te sumas?

No pude evitar poner cara de no entiendo que bosta me estás diciendo, pero le pegué el último sorbo a mi Paddy y respondí muy serio

- ¡Obvio!

Se que debí haber preguntado, pero en el estado en que estaba me iba a tener que repetir tantas veces lo que significaba, que se iba a terminar fastidiando.

- Ya vuelvo lindo.

Cuando se escabulle entre la gente, revisé mi billetera y trato de ver cuanta plata traía. Ese trago si se toma entre varios debe ser caro, pensé. Y para variar, estaba corto de plata.

Doy unas vueltas y miro lo diferente que se volvió todo este antro. Los códigos, las forma de bailar, las estupideces que hacen entre amigos… todo distinto.

De repente una pendeja bastante zafada me agarra de atrás y previa cosquilla con su lengua en la oreja me ruega por un Bukake.

- ¿Un que?

La nena me mira como diciendo “¡que viejo boludo!” y sigue caminando.

Parece que la onda de pedir tragos es lo más.

- ¡Que ambiente de mierda! – dije sin prejuicios y eso que estaba totalmente mareado.

En mi regreso a la barra, mi isla, me esperaba la Bang Bang o como puta mierda me dijo. Pero lo raro es que estaba con una latita de coca.

- Cagamos- dije, la onda parece que viene para disolver.

Estaba rodeada de tres muchachos más. Hablaba con todos y reía. Se me acerca y me parte la boca de un beso que tenía más de lengua que de labios.

- ¿Estas listo, bombón?

El miedo y la incertidumbre a perder algo más que unos pesos, -más que nada al ver a esos muchachones fornidos- me freno y comienzo a preguntar verborragicamente

- ¡Para un poco! Explicame que es esto. Al principio creía que hablabas de un trago. Ahora veo tres tipos y para serte sincero, no me está gustando nada.

Ella les hace un gesto a los otros como un entrenador cuando pide tiempo y me toma de las manos.

- Sorry, pensé que sabías. Pero te pido que no me aflojes ahora. Estamos todos al palo y sin vos no tiene sentido.

Me suelto de sus manos como un chico encaprichado, me revuelvo que cabellera que poco le quedaba de gel, y digo en un tono amenzante.

- Explicame que mierda es esto o me voy a la mierda.

Ella se ríe. Me lleva a la barra y me explica.

- Mira, no se hace cuanto no salís, pero la movida ahora pasa por estas cosas nuevas. Gang Bang, Gang Bang invertido, Bukaka…

La interrumpo.

- ¿Eso tampoco es un trago? – con una expresión de puchero.

- ¡Que dulce que sos por Dios! Si no te hubiera conocido acá, saldría con vos.

- Todo bien, pero me podes explicar… ¡please!

- Si, Gang Bang es cuando cuatro o mas hombres se juntan con una mujer y le damos duro sin parar. El invertido no hace falta que te lo explique y el bukaka es para los que se inician… los más miedosos, por así llamarlos.

- ¿cuál es la diferencia?

- No hay penetración. Estas pendejas del orto se hacen las come hombres pero no se animan a más que eso.

Mi mandíbula estaba por el piso. El Paddy era un analgésico a comparación de lo que estaba escuchando.

- Y… ¿Dónde se arman estas partuzas?

- Acá, atrás de la barra. Como estabas atornillado, pensamos que querías…

- Todo bien, solo que hacía mucho no venía por estos lugares y…

- Ya lo se mi vida, algo recuerdo de esas épocas. ¿Vamos? Nos están esperando.

Ya de día, viendo como algunos compraban el diario del domingo, otros entrando a las carnicerías en busca de un asado familiar, yo esperaba que el semáforo se pusiera en verde y pensé dos cosas.

Una, en las ganas de llegar a una cama urgente.

Dos, en un delicioso rezo para todas mis ex que de alguna u otra forma me llevaron a esto:

“¡Lareputisimamadrequelasparioylaconchadesurecalcadamierdaquelasremilpariohijasdelmilputasmalparidas…!”

PD: también va para mis amigos que insensiblemente me cambiaron por asados y quehaceres domésticos.

lunes, 11 de mayo de 2009

Una travesura llamada Sexting



El domingo pasado asistí al cumpleaños de mi mejor amigo mendocino.
Algo íntimo, para pocas personas. Un asado como Dios manda me estaba esperando en la casa del Pelado. Mejor dicho en la casa de su hermana, ya que él, al igual que muchos, fue asesinado económicamente por su ex en la “Batalla del Divorcio”. Ahora su cuñado y su hermana, lo alojan temporalmente, hasta que la plata los separe.
Llegué temprano. La mesa aun no estaba puesta, pero se veía algo larga para lo que yo suponía. Me acerco a la parrilla y constato que la carne era superior a la parrilla. El asador, que era el cuñado del pelado, se prende conmigo para sacarle algunos trapitos al Pelado y divertirnos con su reciente liberación de las fuerzas del mal.
La joda iba a ser grande. La hermana traía una caja llena de platos y cubiertos.
- ¿Si quieren puedo traer la bebida?
Digo con ganas para encontrar un vaso de vino mendocino.
- Juan, traele uno de tus vinos a este porteño. Así aprende lo que es bueno- grita el Pelado a su cuñado, que entre otras cosas, además de marido perfecto, es enólogo.
Esta demás decir que, cuando empezó a caer gente al baile, yo ya tenía los ojos con un brillo bien delatador.
Los 40 años del Pelado, me auguraba un buen momento con gente piola. Sacando a su ex, todo su entorno es muy bien seleccionado y si algo sabe mi amigo, es qué gente elegir para cada momento. Así que me relajé. Unas copas de más, no me iban a dejar mal parado.
Después de hablar en forma verborrágica –algo que suele hacer el vino blanco con mi lengua- me doy cuenta que estoy sentado con gente demasiado joven, mientras que los más grandecitos, estaban en la otra punta de la mesa.
- Y vos, ¿a qué te dedicas?
¡Pregunta de mierda si las hay! Con apenas 34 años, tenía que exponer a un grupo de adolescentes, mi temible oficio de escritor.
- Escribo artículos para diferentes medios de comunicación.
- ¡Ah! –comenta la más linda de todas- Sos el escritor, ¿cierto?
Esto ya me empezaba a sonar una cama de mi amigo.
- Algo así – comento con cara de pocos amigos.
- ¡Sí! Sos el del blog. He leído tus escritos – comenta otra de las doncellas.
Levanto mis manos con los cubiertos en mano, como diciendo “Me descubrieron”.
Ellas empiezan a reír. Yo empiezo a putear a mi amigo por lo bajo.
- Chicas, ¿quién hará la pregunta del millón?
La carcajada, hacen que hasta los del fondo prestaran atención.
- ¡No! Por favor.
- Daleeeeee – corean todas al unísono.
El pelado, desde la parrilla, empieza a alentar a todos con sus aplausos para que largue prenda.
- ¡Qué lo di-ga!… ¡Qué lo di-ga!… ¡Qué lo di-ga!
- Es ficción, ya lo he dicho antes, es ficción.
- Uhhhhhhhhhhhhhh – corearon todos. Seguido de muchas risas.
La carne se empezaba a servir y el anfitrión se acercaba plato por plato. Eso calmó las ánimas de La Tejedora. Y yo dejé de transpirar.
- Acá te dejo este pedazo que esta bien jugoso – me dice el Pelado.
Luego se acerca al oído y remata con una frase que espero no la haya escuchado nadie.
- Dejate de joder con las mamis, y empezá a degustar el sabor de una verdadera carne tierna… ¡Carne Argentina!
Me puse de todos colores. Es cierto que mis gustos siempre superan mi edad, pero es prioridad para mí, que además de tener un buen lomo, tenga buenos comentarios a la salida de un cine, o en una cena, o después de una buena noche carnívora.
Con el correr de las comidas y las rondas de alcohol, una de las chicas empieza a hacer buenas migas conmigo.
Una morocha muy linda, joven y aunque parezca injusto, inteligente. Nos reímos mucho. Y parece que la hermana del Pelado se dio cuenta, ya que en una de las miradas a la parrilla, observo como cuchicheaban los dos, como si todo hubiese estado planeado.
- ¿Me das tu número de celular? – dice ella, algo alegre.
Por supuesto accedí. Le di mi número y agendé el de ella. Acto seguido me levanté y me fui al rincón de los hombres, que ya me estaban esperando.
Anécdotas incontables y risas desmesuradas, hacías que las mujeres se preguntaran de qué hablábamos.
De repente siento que mi celular vibra. Un mensaje de texto. Miro hacia todos lados. Era de ella, mi compañera de cubiertos. Pero no la encontraba en ninguna parte.
- ¿Pasa algo, papá? – dice uno de los amigotes que animaban la fiesta.
- No, nada. Nada importante.
Abro el mensaje exagerando una cara de “¿quién se atreve a joderme a esta hora?”. La torta de mi celular se demora más de lo previsto. ¿Un mensaje tan largo?, pensé yo.
Se abre. Una foto de ella mostrando sus pechos, hace que lo cierre inmediatamente. Miro a la hermana del Pelado y se estaba riendo junto a su marido. No se por qué la miré, pero sospeché que todo era una joda.
Me hago el boludo y vuelvo a abrirlo. Quizá el alcohol me esté pegando más de lo normal.
Efectivamente era ella. Su cuerpo era más curvoso que lo que insinuaba su vestido negro. Volví a cerrarlo, pero no sin antes leer el mensaje, “ahora te toca a vos!”
No se cómo, pero el alcohol ingerido se me escurrió por algún lado, porque mi sobriedad afloró junto con las gaseosas que ahora recorrían las mesas, a falta de cerveza y vino.
Veo al pelado solo en un rincón tratando de destapar al corazón de una chica y corro con el fin de hacerle una sola pregunta.
- ¿Tu baño es con azulejos verdes?
- ¿Qué?
- Dale boludo, decime.
- Sí, sí, creo que sí, pero ¿qué te pasa?
Lo dejo hablando solo, o mejor dicho con su chica. Y empiezo a armar mi coartada para huir de la casa.
Busco a mi grupo, pero ahora estaban todos dispersos, como buscando a sus parejas en medio de un asalto (baile que se hacía en la preadolescencia). De repente siento su perfume detrás de mí. Me doy vuelta y ella tratando de no reírse mordiendo su labio, ataca de nuevo.
- ¿Y ahora que vas a hacer?
- ¿Hacer qué? - digo enojado.
- ¡Ja, ja! Resultaste ser más inocente de lo que dicen tus escritos.
La miro desconcertado. Me estaba apedreando, y no sabía como reaccionar. ¡No tenía más de 18 años!
- A ver, plan “A” jugar conmigo y hacemos un rato de sexting, plan “B” escribir sobre esta anécdota.
- Plan “C”, huir de acá. – Le digo apurado.
La tomo de los hombros y con un beso en la mejilla, la dejo hablando solo aunque escucho sus últimas palabras.
- De todas maneras creo que he ganado
Me freno, doy media vuelta y no puedo evitar decirle lo que siento
- Lo que es seguro, es que mientras sigas usando estos juegos, jamás vas a ganar una noche de romanticismo.
Busco a la hermana del Pelado, a su marido y luego de unos saludos apresurados, salgo asustado para mi depto.
Aun no podía creer, ni entender que era esto nuevo del Sexting. ¿A caso esta ciudad está matando al romanticismo?
Sin dudas que mi susto, no era por ella, sino por empezar a sentir que una de las cosas más lindas que tiene esta vida, esta siendo ultrajada por un par de jóvenes con celulares.
Ya llegando a casa, en el semáforo de Cobos y Adolfo Calle, la nostalgia me invade. Abro mi celular y me tiento a mandarle un mensaje a La Tejedora. Al fin de cuentas, y más allá de sus agujas ¾, su romanticismo era como la lana para sus tejidos.
El semáforo se pone en verde y los 25 segundos que me otorga antes que se vuelva a poner en rojo, no me deja escribirle.
Ya en casa, luego de buscar información en Internet sobre este fenómeno, que atenta contra mi romanticismo, me decido por el plan “B”.
Escribir esta historia.