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lunes, 11 de mayo de 2009

Una travesura llamada Sexting



El domingo pasado asistí al cumpleaños de mi mejor amigo mendocino.
Algo íntimo, para pocas personas. Un asado como Dios manda me estaba esperando en la casa del Pelado. Mejor dicho en la casa de su hermana, ya que él, al igual que muchos, fue asesinado económicamente por su ex en la “Batalla del Divorcio”. Ahora su cuñado y su hermana, lo alojan temporalmente, hasta que la plata los separe.
Llegué temprano. La mesa aun no estaba puesta, pero se veía algo larga para lo que yo suponía. Me acerco a la parrilla y constato que la carne era superior a la parrilla. El asador, que era el cuñado del pelado, se prende conmigo para sacarle algunos trapitos al Pelado y divertirnos con su reciente liberación de las fuerzas del mal.
La joda iba a ser grande. La hermana traía una caja llena de platos y cubiertos.
- ¿Si quieren puedo traer la bebida?
Digo con ganas para encontrar un vaso de vino mendocino.
- Juan, traele uno de tus vinos a este porteño. Así aprende lo que es bueno- grita el Pelado a su cuñado, que entre otras cosas, además de marido perfecto, es enólogo.
Esta demás decir que, cuando empezó a caer gente al baile, yo ya tenía los ojos con un brillo bien delatador.
Los 40 años del Pelado, me auguraba un buen momento con gente piola. Sacando a su ex, todo su entorno es muy bien seleccionado y si algo sabe mi amigo, es qué gente elegir para cada momento. Así que me relajé. Unas copas de más, no me iban a dejar mal parado.
Después de hablar en forma verborrágica –algo que suele hacer el vino blanco con mi lengua- me doy cuenta que estoy sentado con gente demasiado joven, mientras que los más grandecitos, estaban en la otra punta de la mesa.
- Y vos, ¿a qué te dedicas?
¡Pregunta de mierda si las hay! Con apenas 34 años, tenía que exponer a un grupo de adolescentes, mi temible oficio de escritor.
- Escribo artículos para diferentes medios de comunicación.
- ¡Ah! –comenta la más linda de todas- Sos el escritor, ¿cierto?
Esto ya me empezaba a sonar una cama de mi amigo.
- Algo así – comento con cara de pocos amigos.
- ¡Sí! Sos el del blog. He leído tus escritos – comenta otra de las doncellas.
Levanto mis manos con los cubiertos en mano, como diciendo “Me descubrieron”.
Ellas empiezan a reír. Yo empiezo a putear a mi amigo por lo bajo.
- Chicas, ¿quién hará la pregunta del millón?
La carcajada, hacen que hasta los del fondo prestaran atención.
- ¡No! Por favor.
- Daleeeeee – corean todas al unísono.
El pelado, desde la parrilla, empieza a alentar a todos con sus aplausos para que largue prenda.
- ¡Qué lo di-ga!… ¡Qué lo di-ga!… ¡Qué lo di-ga!
- Es ficción, ya lo he dicho antes, es ficción.
- Uhhhhhhhhhhhhhh – corearon todos. Seguido de muchas risas.
La carne se empezaba a servir y el anfitrión se acercaba plato por plato. Eso calmó las ánimas de La Tejedora. Y yo dejé de transpirar.
- Acá te dejo este pedazo que esta bien jugoso – me dice el Pelado.
Luego se acerca al oído y remata con una frase que espero no la haya escuchado nadie.
- Dejate de joder con las mamis, y empezá a degustar el sabor de una verdadera carne tierna… ¡Carne Argentina!
Me puse de todos colores. Es cierto que mis gustos siempre superan mi edad, pero es prioridad para mí, que además de tener un buen lomo, tenga buenos comentarios a la salida de un cine, o en una cena, o después de una buena noche carnívora.
Con el correr de las comidas y las rondas de alcohol, una de las chicas empieza a hacer buenas migas conmigo.
Una morocha muy linda, joven y aunque parezca injusto, inteligente. Nos reímos mucho. Y parece que la hermana del Pelado se dio cuenta, ya que en una de las miradas a la parrilla, observo como cuchicheaban los dos, como si todo hubiese estado planeado.
- ¿Me das tu número de celular? – dice ella, algo alegre.
Por supuesto accedí. Le di mi número y agendé el de ella. Acto seguido me levanté y me fui al rincón de los hombres, que ya me estaban esperando.
Anécdotas incontables y risas desmesuradas, hacías que las mujeres se preguntaran de qué hablábamos.
De repente siento que mi celular vibra. Un mensaje de texto. Miro hacia todos lados. Era de ella, mi compañera de cubiertos. Pero no la encontraba en ninguna parte.
- ¿Pasa algo, papá? – dice uno de los amigotes que animaban la fiesta.
- No, nada. Nada importante.
Abro el mensaje exagerando una cara de “¿quién se atreve a joderme a esta hora?”. La torta de mi celular se demora más de lo previsto. ¿Un mensaje tan largo?, pensé yo.
Se abre. Una foto de ella mostrando sus pechos, hace que lo cierre inmediatamente. Miro a la hermana del Pelado y se estaba riendo junto a su marido. No se por qué la miré, pero sospeché que todo era una joda.
Me hago el boludo y vuelvo a abrirlo. Quizá el alcohol me esté pegando más de lo normal.
Efectivamente era ella. Su cuerpo era más curvoso que lo que insinuaba su vestido negro. Volví a cerrarlo, pero no sin antes leer el mensaje, “ahora te toca a vos!”
No se cómo, pero el alcohol ingerido se me escurrió por algún lado, porque mi sobriedad afloró junto con las gaseosas que ahora recorrían las mesas, a falta de cerveza y vino.
Veo al pelado solo en un rincón tratando de destapar al corazón de una chica y corro con el fin de hacerle una sola pregunta.
- ¿Tu baño es con azulejos verdes?
- ¿Qué?
- Dale boludo, decime.
- Sí, sí, creo que sí, pero ¿qué te pasa?
Lo dejo hablando solo, o mejor dicho con su chica. Y empiezo a armar mi coartada para huir de la casa.
Busco a mi grupo, pero ahora estaban todos dispersos, como buscando a sus parejas en medio de un asalto (baile que se hacía en la preadolescencia). De repente siento su perfume detrás de mí. Me doy vuelta y ella tratando de no reírse mordiendo su labio, ataca de nuevo.
- ¿Y ahora que vas a hacer?
- ¿Hacer qué? - digo enojado.
- ¡Ja, ja! Resultaste ser más inocente de lo que dicen tus escritos.
La miro desconcertado. Me estaba apedreando, y no sabía como reaccionar. ¡No tenía más de 18 años!
- A ver, plan “A” jugar conmigo y hacemos un rato de sexting, plan “B” escribir sobre esta anécdota.
- Plan “C”, huir de acá. – Le digo apurado.
La tomo de los hombros y con un beso en la mejilla, la dejo hablando solo aunque escucho sus últimas palabras.
- De todas maneras creo que he ganado
Me freno, doy media vuelta y no puedo evitar decirle lo que siento
- Lo que es seguro, es que mientras sigas usando estos juegos, jamás vas a ganar una noche de romanticismo.
Busco a la hermana del Pelado, a su marido y luego de unos saludos apresurados, salgo asustado para mi depto.
Aun no podía creer, ni entender que era esto nuevo del Sexting. ¿A caso esta ciudad está matando al romanticismo?
Sin dudas que mi susto, no era por ella, sino por empezar a sentir que una de las cosas más lindas que tiene esta vida, esta siendo ultrajada por un par de jóvenes con celulares.
Ya llegando a casa, en el semáforo de Cobos y Adolfo Calle, la nostalgia me invade. Abro mi celular y me tiento a mandarle un mensaje a La Tejedora. Al fin de cuentas, y más allá de sus agujas ¾, su romanticismo era como la lana para sus tejidos.
El semáforo se pone en verde y los 25 segundos que me otorga antes que se vuelva a poner en rojo, no me deja escribirle.
Ya en casa, luego de buscar información en Internet sobre este fenómeno, que atenta contra mi romanticismo, me decido por el plan “B”.
Escribir esta historia.

miércoles, 6 de mayo de 2009

La Chica Hamburguesa


Mis días como padre divorciado casi siempre terminan, o mejor dicho empiezan en Mc Donald.

Sí, Sí, ya se. Está muy mal. Los chicos no se alimentan bien, no es de lo más económico y tampoco ayuda al diálogo con mi hijo (ya que se enloquece en el pelotero). Pero es mi mejor opción para que él pueda descargar toda su energía en el patio de juegos. Por otro lado, ¿quién dijo que mi cocina es más sana que la de esta gente?

Claro, que como en todo, hay que saber mirar el lado positivo de esta situación. En el caso de mi hijo se socializa con otros niños, aprende a defenderse de gente nueva, forja su carácter y no se alimenta de comidas usualmente quemadas o pasadas de cocción.

En el caso de los padres, la cosa cambia. Un gran cartel invisible tenemos sobre nuestras espaldas que dice “Soy separado y busco amante y cocinera”. En lo posible todo en uno, al menos en mi caso.

Así que para aquellos que digan que comer en estos lugares de comidas rápidas es malo, les daría la opinión de mi cocina, lastima que no habla. Pero es ella quien sufre los atentados, cada vez que pretendo asociarme con ella para una deliciosa comida.

Hoy martes, y calculo que por ser un cliente fiel, una empleada con vestimenta distinta a las demás –y sin ningún anillo en su dedo anular- nos invita a conocer este lugar desde adentro.

- ¡Hijo, vamos a conocer la cocina de papá! –

Mi hijo me mira sin entender nada. Con 4 años, solo aceptó la propuesta.

Una vez dentro veíamos que todo estaba impecable. Las normas de higiene y seguridad, lejos estaban de parecerse a las de mi casa.

En el pequeño recorrido –ya que el lugar no era muy extenso- me percataba que las miradas y sonrisas, en cada uno de los comentarios que la joven hacía, indicaban que mis normas de seguridad estaban cayendo precipitadamente.

De repente, Paula –así lo indicaba una chapita en su camisa- comenzó a hacer unos silencios que me incomodaban. Lo pero es que creo que los disfrutaba. Me sentía vulnerable. Estaba sorprendido por la actitud de la guía. Nunca pensé que me estaba mirando con ojos de otra clase de cliente. Eso me tomó por sorpresa y me dejó tieso.

Ella siguió abusando de la situación y yo comencé a hacer comentarios tontos a mi hijo, y así tapar algunos huecos.

Por suerte el recorrido finalizó y mi hijo se hizo acreedor de una gaseosa y otro muñeco (ya habíamos almorzado cajistas felices).

Ella se acerca para saludarme con un beso en la mejilla, pero en el trayecto cambia de idea y se acerca a mi oreja.

-Más te vale que me dejes tu celular.

Fue un susurro, que lo disimuló muy bien mientras hacía una sonrisa típica de una madame de prostíbulo.

-Agradecidos por el recorrido, Srta Paula… -señalo el patio de juegos- estaremos un rato en aquel sector.

Una vez sentado, tratando de entender lo sucedido y más que nada mi actitud de hombre casado que no quiere problemas, observo como “La Chica Hamburguesa” vuelve al ruedo, ahora invitando a otros padres a realizar el recorrido. Recorre mesa por mesa, dejando la mía, para el final.

Apuré sus intenciones y empecé a revolver mis billetera. Solo encontré una vieja tarjeta de mi antiguo trabajo. Así que, taché los números viejos y dejé mi celular en la parte de atrás.

- Gracias, pero creo que ya hicimos ese recorrido.- Digo algo apurado mientras dejo sobre una esquina de la mesa, mi vieja tarjeta personal.

- No hagas que te llame. Me encantaría que estés en la puerta a las 8 en punto.

El resto del día, solo me concentré en pensar una coartada para que mi ex esposa, sin poner quejas, recibiera a mi hijo una hora antes de lo pactado.

Al acercase el inicio de clases y mi ex adivinar que mi llamado tenía fines, casi comerciales –ya que nunca llamo cuando estoy con mi hijo- jugó de mano su primera carta. Despotricó contra todos los gobiernos de turno, debido a las subas de precio en útiles escolares y ropa de ocasión para tal fin. Obviamente, no tuve otra opción que entregarme como un genio a su amo y ofrecerle el dinero en cuestión.

Ya más calmada, y entendiendo el juego, supo que una mano lava a la otra y dos la cara. Así es que Paula tenía a su príncipe azul –bastante desteñido-, en la puerta como lo había solicitado. Me sentía como un delivery de amor, o sexo, vaya a saber uno.

- ¡Por Dios! ¿Este pedazo de hombre está esperando por mí?

Le hago un símbolo de tamaño con mis dedos.

- Un pedazo así, diría yo.

Ambos largamos una carcajada y el poco hielo que quedaba de la relación, se esfumó.

- Ya veremos cuán modesto sos al hacer ese gesto.

Entramos al auto y pregunto hacia donde quiere ir.

- ¿Mi belleza te ha dejado tan tonto, que ya no recordás el camino a tu casa?

Por un momento me había olvidado que llevaba un cartel que decía “DD: divorciado desesperado”.

- Ponete el cinturón de seguridad, porque yo no pago multas de otros.

- A sus órdenes mi general – riéndose de su gastada.

- Paula, ¿no sos demasiado joven para tenerla tan clara?- Comento enojado porque, según las apariencias me llevaba como diez años menos y me estaba haciendo sentir que era la mujer de la relación.

- Puede ser, pero te aclaro una cosa. Mi nombre no es ese. Me llamo Laura.

Me quedo sorprendido mirándola. ¿A caso leí mal?

- No estás loco. Lo que leíste era Paula, solo que la empresa, cuando tiene dos personas con el mismo nombre de pila, rebautiza a la más nueva, en este caso, Paula.

En uno de los semáforos, se desprende el cinturón y toma mi arma por sorpresa. Luego siguió con mi boca, con la cual se detuvo, luego de recibir insultos y bocinazos de los conductores que estaban detrás.

Gracias a Dios que no hubo más semáforos hasta mi departamento. Subimos los dos pisos por escalera como pudimos. Éramos un solo nudo y ninguno se preocupaba por llegar. Cualquier escalón era bienvenido.

El hecho de buscar la llave, abrir la puerta -que tiene sus mañas- y encender las luces, calmó un poco el fuego que se estaba gestando. Mientras recuperábamos el aliento, tomamos distancia para reconocer nuestros cuerpos.

- Debo decirte que la vestimenta de tu trabajo, no favorece en nada tus curvas.

Ella abre la heladera como si estuviera en su casa, saca una botella de agua y comenta entre trago y trago.

- Las chicas decimos que la ropa parece diseñada por un novio celoso.

- Demasiado celoso, diria yo.

Le saco la botella y repito su ritual de tomar del pico.

- ¿Y vos? Trabajas en una empresa de software, ¿cierto? – mientras saca mi tarjeta de su cartera.

- Hasta hace algún tiempo, si.

Me hago el desinteresado y pongo el agua para tomar algo, pero la siguiente pregunta fue inevitable.

- Entonces, ¿a que te dedicas ahora?

- ¿Un par de besos y ya debo someterme a un cuestionario prematrimonial? ¡Esto si que es ir rápido!

- Tonto, solo me gusta escucharte. Ese tono porteño me mata.

Sabía que iba a seguir insistiendo. Pensé en cientos respuestas falsas. No quería que mi profesión de escritor, la flasheara y le hiciera creer cosas que no son (qué tendrá de raro o místico esta profesión, pero para bien o para mal, llama la atención).

- En verdad, realizo algunos trabajos para España vía Internet.

Ella pone cara de interesante y comienza a acercarse lentamente. Yo me doy vuelta y agarro el mate para prepararlo, aun sin saber si a ella le gusta.

- Mmm, No serás un integrante de la ETA, ¿cierto?

Comienza a respirarme en la nuca y yo me tiento por su chiste pelotudo.

- ¡Que boluda que sos! Me parece que las lombrices de tus hamburguesas te están haciendo alucinar.

- ¡Te descubrí! –grita agarrándome las bolas- ¡Sos el James Bond Argentino!

Los dos comenzamos a reir, pero ella sigue con su mano ahí.

- Será mejor que entregues tu arma.

- ¿Que la entregue o la deje caer?

- Solo apóyala en un lugar seguro – susura con voz de doblaje porno.

Dejamos la risa para otro momento, y fuimos directamente al dormitorio.

Lo que comenzó de una manera tierna, con el correr de los minutos, se convirtió en un salvajismo desmesurado.

- Estas sana- Digo agitado.

- Si lo decis por las hamburguesas, no.

Otra vez no pudimos evitar la carcajada.

- ¡Shh! Escucha. – le digo sorprendido.

- Que cosa, no siento nada.

No termina de decir eso, que se para en la cama horrorizada tirándome al piso y con las sabanas envueltas sobre su cuerpo.

- ¡No me digas que hay ratas! – Dice con una voz seca.

- No boluda, -agarrándome la cabeza- era mi erección que se fue con ese chiste pelotudo de las hamburguesas.

Ambos volvemos a la posición horizontal y me pide que la abrace. Aun le quedaba algo de miedo.

Luego de unos minutos de caricias y ronroneos, volvemos al ruedo.

- ¿En serio se fue tu erección? – dice con voz ratonera.

- ¿Te gustaría que la volvamos a llamar con mi boca?

- Eso sería una gran idea…

Finalmente, acabamos los dos mirando el techo. Ella busca un cigarrillo de su cartera y vuelve a la cama y también a las preguntas.

- Por cierto Bond, ¿qué hiciste con los forros saborizados de Coco y Vanilla?

- ¿Perdón? – digo entre asustado y enojado.

- Srta Laura, ¿hay algo que quiera contarme que yo no sepa?

Ella larga una carcajada y se ahoga con el humo del cigarrillo.

- Note asustes, solo quería saber que tan cierto era ese escrito tuyo en el blog.

¡Mierda! Cómo puta sabía de mí. Un solo libro hace más de un año y un blog personal, no hacen conocido a nadie. Las ventas del libro, solo me alcanzan para vivir casi dignamente. O sea que por plata tampoco.

- Ahora, decime con quién hice el amor, ¿con el personaje o con el escritor?

Sigo con cara de pánico. Ella se divierte de la misma manera que cuando me enseñaba la cocina de su trabajo. La estoy empezando a odiar.

- ¿Cómo supiste de mi?

- Con las chicas del trabajo siempre nos codeamos cuando llegabas con tu hijo. Un día pagaste con la tarjeta y nos quedamos con tus datos. Una de las chicas googleó tu nombre y desde entonces, en las juntadas leemos tus historias.

- Entonces todo esto…

- Sí, también es a pedido de ella. Acordemos que me encantás, pero resultaste ser tal cual tu personaje y eso hizo que no resultara difícil lograr el objetivo.

- Tenemos muchas preguntas que queremos hacerte, “Sr Escritor”.

- Nada de preguntas, son solo escritos. Lo que no hay en ellos, no lo vas a encontrar en mi cama.

- ¿Qué hay de “La Tejedora”? Ella si que te ha dado un revés. ¡Es nuestra Heroína!

La miro algo desorbitado ahora. Realmente estaba metiendo el dedo en el ventilador.

- La miro algo desorbitado ahora. Realmente estaba metiendo el dedo en el ventilador.

- Y si a las pruebas me remito, hay que tener ovarios para darte de tu propia medicina.

Como un boludo me enganché en su juego.

- ¿Te parece que me merecía eso?

Ella, simula que agarra un celular y habla con sus amigas “Chicas, ¡lo confirmé!”. Luego se me ríe en la cara con una alegría que parecía haberse sacado la lotería.

- ¡Te merecías eso y mucho más! Pero no lo escuché de tu boca. Es cierto, ¿existe?

- No solo existe, también escribe. Y muy bien por cierto.

- Entonces… -hace gestos de sacar cuentas- ¿ella es la misma que la del escrito “Taller Literario”?

- Creo que es hora de preparar un café bien negro.

Ella gritaba de alegría, estaba más que feliz, y no justamente por lo sucedido en la cama. Otra vez el personaje ofuscó al escritor.

Ya desde la cocina, le grito:

- No se por qué, comienzo a sospechar que este encuentro tiene olor a investigación privada.

- No te persogas, solo queremos saber más acerca de tus historias.

No quise ser descortés, pero algo ya me empezaba a molestar de ella y antes de apretar el botón eyector quería saber exactamente que era.

- De alguna manera seguís enamorado de “La Tejedora”, ¿cierto?

Ahí estaba la molestia. Sabía que en cualquier momento me iba a dar la estocada final.

Vuelvo a la cama con la bandeja y los dos cafés. Hecho edulcorante en el de ella y azúcar en el mío y le respondo,

- ¿Por qué debería responder a esa pregunta?

Ella pareció no escucharme. Estaba concentrada mirando el café con su mandíbula desencajada.

- Cómo carajo te animaste a poner edulcorante en el café sin siquiera preguntarme si tomo y cuánto.

No le doy importancia a lo que dice. En verdad poco me importaba, estaba enojado con ella por sacarme la ficha, y esa actuación de “soy genial” no me iba a comer.

- Ves, tenés esa cosa de papá. De protector, tu seguridad tu forma de actuar con nosotras. Estar en los detalles.

- Gracias por los elogios, pero creo que aun seguís enganchada con el personaje. Ese no soy yo.

- Sos uno solo, y sos especial.

Le hago caras de persona aburrida para que cambie de tema.

- A propósito, estudias psicología o periodismo.

Ella justo estaba tomando un buen sorbo de café y me levanta la mano haciendo un dos.

- Ya me parecía.

- ¿Te molestaría mucho dejar de seducirme? Soy pendeja pero no boluda. ¡No paras!

- Creo que te gustaría, en este momento, salir corriendo. Algo me dice que te estas enredando en tu propia red.

- Con tener el teléfono de la tejedora para que me salve, sería suficiente.

- Creo que esa llamada puede esperar todavía.

- Si vos lo decis…

Ambos dejamos las tazas en el piso y esta segunda vez, el romanticismo se impuso sobre el canibalismo. Quizá porque ya habíamos engañado al estomago y también al corazón.

Ya frente a su casa, le abro la puerta del auto para despedirla.

- Supongo que acá termina todo.- dice ella algo consternada.

- Supongo que sí – acariciando su rostro cabizbajo-… al menos así terminan mis escritos en el blog.

Me da un último beso, y con una mirada, lejos de ser la me acechó en su trabajo, me dice “adiós”.

Ambos retomamos nuestros caminos. Ella pone la llave en la cerradura y yo desde el auto, no puedo evitar contenerme. De alguna manera esa joven mujer, supo encontrar el escritor y al personaje en la misma cama. Y lo mejor de todo, es que supo como hacer para que yo no la convirtiera en una historia de más de blog. De verdad sentía que la quería.

- Por cierto, el martes le prometí a mi hijo llevarlo a ese lugar feo donde trabajas.

Ella seca sus lágrimas con su puño y se da vuelta sorprendida.

- Supongo que eso no es muy sano… para tu hijo.

- ¡La vida no es sana! Pero en este caso vale la pena, si el resultado es una hermosa sonrisa.

- Seguís haciéndolo, ¿sabías?

- Solo me dejo llevar por lo que siento.

- Mmm, ¿O estas buscando un remate para el final de tu próximo escrito?

Salto con la mano levantada como un chico que le pide a su maestra ir al baño porque se hace pis.

- ¡Yo, yo, yo!… Prefiero verte el próximo martes.

Ella se ríe con algo de bronca.

- Creo que estoy empezando a sentir la fuerza de ese mito llamado “La Tejedora”.

- La escritura me llama, es hora de irme.

Ella saca algo de la cartera y veo que sus intenciones no son buenas. Arranco y veo por el espejo que me revolea un muñeco de esas cajitas felices.

Trato de esquivarlo pero su puntería es excelente. Y se mata de risa.

lunes, 4 de mayo de 2009

La mujer disfrazada de Keats




Llegué temprano al cine. El Shopping casi no tenía gente y en el sector de entrada al complejo solo había un puñado de personas, esperando como yo, para sacarse el aburrimiento.

La fila para comprar pochochos, tenía otro tanto de personas. Una madre intentando hacerle upa a su hijita de apenas 45 kilos; un hombre de unos 50 años al estilo Sean Connery, con una barba que desprolija, pero que, al verle un libro en la mano, me di cuenta que era otro cazador de mujeres imprevistas. Dos jóvenes que no reprimían sus hormonas, cada vez que se rozaban y dos viejitas que estaban más para tocar el arpa que la guitarra, completaban el espectáculo previo.
Cómo los pochoclos no me gustan, porque me dan mucha sed, y mucha sed me obliga a tomar Drogacola, y querer más Drogacola, lo que implica sacar plata de mi billetera, cosa que no abunda, me quedo observando y pensando que sin plata y con panza, no soy un buen candidato para captar mujeres, lo que me pone en una perspectiva desesperante. En fin, me acerco al que corta las entradas, pero me las devuelve, ya que la sala aun no estaba disponible.
Busco un asiento cerca de la cartelera para distraerme un rato, pero no pude evitar visualizar a una chica leyendo un libro (y no parecía de autoayuda, por suerte).
- Guau! – digo mientras busco en el bolsillo de mi saco, unas pastillas Tic Tac de naranja.
Ya no quedan casi lectoras y crease o no, para mí un libro en manos de una mujer, es como un buen perfume en su cuello.
Busco en la cartelera si relaciono una película con algún libro, pero nada. Aparentemente, el objetivo era del palo. Así que, disimuladamente vuelvo a tickear la entrada, con el fin de que me rebotaran nuevamente y así pasar por al lado de ella y confirmar el título del libro.
Su belleza era tan interesante como el libro que tenía ante sus ojos.
“Poemas”, de John Keats. ¡Que alguien me salve de esta belleza disfrazada de mujer solitaria!
Ante una situación así, usaría un término muy masculino, pero que solo sucede en las mujeres, así que imagínense mi emoción cuando encontré a ese terroncito de azúcar, ¡leyendo a un poeta del siglo pasado!
Por desgracia, mi aspecto, poco tenía de escritor, profesor, o algo por el estilo. Por lo tanto, no había nada que pudiera hacer, para que ella sacara los ojos de esas bellas estrofas. Y mucho menos para canjearlas por mi aspecto deteriorado debido a mi soledad y mi oficio.
Aun tenía que esperar unos diez minutos para entrar a la sala. Pensé en acercarme, pero si estaba leyendo a Keats, qué mejor que contemplarla.

Me quede extasiado recorriéndola descaradamente con la mirada, la mandíbula desencajada, buscando una excusa para abordarla, vislumbrando el día después; pensé en tirar deliberadamente la entrada al piso justo al pasar delante de ella… si surtiera efecto mas tarde pensaría….

“No se como, logré que ella me de bola a la salida del cine y diez años después, nos encontramos viviendo juntos, en un lindo Depto vaya a saber donde”.

- ¿Por qué conservas ese libro en la mesa de luz?
Dice mi terroncito que aun no apagaba la luz de su lado de la cama.
- ¿Cuál? – digo yo, boca abajo, con la cara en la almohada, algo cansado por el buen momento previo a la lectura.
- El de John Keats
- ¿En serio me lo preguntas? – incorporándome
- Sí.
- Ese poeta me salvó de seguir naufragando en un mar de corazones tibios.
- ¿Todavía tenes ganas de hacerme el filo?
- ¿El filo… nada más?
Ambos empezamos a reírnos, mientras mis manos buscan sus debilidades. Desarmamos la cama, pero la risa es más poderosa. Pido un tiempo para recuperar mi aliento, mientras ella levanta los libros que cayeron de su lado de la mesita…

Un cuerpo algo exuberante para definirlo como ser humano, me saca de mi película, de mi sueño.
- ¡Qué miras pavote!
Lo miro como quien recién se levanta y encuentra un montón de amigos en el dormitorio despertándote a las apuradas.
Seguido de mi respuesta con esa expresión, una trompada llenó de murmullos el lugar. Lo próximo que observo, fue a mi terroncito yéndose abrazada a la morsa vestida jean y un pañuelo en la cabeza (solo le faltaba la moto, que por suerte no la tenía sino también me pisaba).
Trato de acomodar mis ideas y mi ropa, mientras intento fallidamente levantarme. De repente, alguien me toma del brazo para quedar de pie.
- La próxima vez, tendrás que ser más discreto con esa reina de hadas.
Mi sorpresa fue mucha, al ver que esta persona que me doblaba en edad, tenía los mismos gustos que yo. Salvo por los pochoclos que ahora se caían ya que con una mano tenía un libro y la bolsita, mientras que con la otra me levantaba agarrándome del codo.
- Cuanta verdad, amigo. – le digo mientras sacudo mi saco y veo como el alrededor seguía como si nada hubiese pasado.
- “La belleza es la verdad… la verdad es belleza”- dice recitando con una mano en el corazón.
- “Esto es cuanto sabes… y saber necesitas”- remato esa cita que me devolvió la sonrisa.
- ¡John Keats!– decimos a la vez, citando al autor de esa gran verdad, de esa gran belleza.
- Mi nombre es Damian.
Nos damos la mano, y me muestra su entrada. Teníamos la misma sala.
- Creo que la película está por empezar.
- Entonces, vayamos ¡A por ella!. – le digo con un gesto pícaro.
- ¿Por quién? ¿Por la película? – Dice siguiéndome el chiste.
- No, por Ella – haciendo comillas en la palabra ella, con mis dedos.
- Entonces, ¡vayamos por la verdad!

… Esta vez, “Sean Connery” me ha salvado.

viernes, 24 de abril de 2009

Otra Vez al Diván

Mucho tiempo pasó, desde que estuve con mi psiquiatra. Y muchas cosas me han pasado en ese lapso donde la Ritalina abandonó mi cuerpo para hacer estragos con mi vida.
La alegría al vernos, fue mutua. Una sonrisa pícara nos abrazó y nos acomodó a cada uno en uno de los sillones.

- Esta distancia que dejás entre tu sillón y el del paciente, ¿es por si alguno se te hace el loquito? – pregunto descontento por la frialdad que eso significaba.

El Dr. Larga una carcajada.

- Siempre el mismo vos. ¿No cambias más, eh?
- Ni con toda la Ritalina del mundo.
- Eso sería mucho.
- Depende – digo dudoso.

Ahí nomás el Dr. Se pone los lentes de lectura y entiendo que sin querer o queriendo empieza la terapia.
Por supuesto que abandonar el tratamiento y volver al año, no era fácil de explicar en breves oraciones. Mucho menos siendo una persona tan verborrágica como yo. Así que mi amigo y Dr. se toma mas de una hora para tratar a este loco lindo, que hace con sus escritos, un momento de lectura rápida y amena, cuando el poder del ojo marrón lo llama al trono.

- Te hago una pregunta, lo que escribis, ¿es todo cierto?

Lo miro como si se me desenfocara de mis lindos anteojitos seductores.

- No se por qué, Dr. Me suena que su pregunta poco tiene que ver con el tratamiento.
- Por favor, todo tiene que ver con todo – enseñando una sonrisa por uno de sus costados de la cara.
- Entonces, la publicidad que dice: un amigo es un psicólogo, ¿es cierto?
- En realidad, un psicólogo puede ser un amigo, pero en este caso, soy tu psiquiatra.
- Mmm –mirándolo con ojos de chino- Me parece que Ud. está abusando de ese diploma que tiene en la pared.

Ambos nos reímos. Y el empieza a recordar algunos pasajes de mis historias blogueadas.

- ¿Por qué todos me preguntan que hay de cierto y que de verdad, Dr?
- Porque tenemos la posibilidad de hacerlo. Con un libro es imposible dar con el autor.
- ¿Y si el que pregunta es el psiquiatra del escritor, mucho mejor?

Las carcajadas ahora hacían encrespar los nervios de los que esperaban al otro lado de la puerta.

- Mire, eso es algo que me lo voy a llevar a la tumba. Mi respuesta genérica es la siguiente: Conoces el principio de Pareto, 80/20? Bueno, igual.
- Pero no todos son del mundo comercial, como vos, para saber sobre esa regla.
- Obvio, para eso existe ¡Google!
- Entonces es 80 por ciento verdades y 20 por ciento ficciones, ¿o al revés?
- Usted no ha sido sobornado por La Tejedora, ¿cierto?
- Entonces, ¿existe? – ambos volvemos a reír pero ahora tapándonos la boca.
- Volviendo al tema, necesito pedirte que esta vez, no dejes el tratamiento. Vos tenes que pensar que tu cerebro es como un disco rígido que falla. No es un virus ni un gusano informático, simplemente falla. Lo cual se soluciona con una simple pastilla y con la ayuda de unas simples tareas, que ya sabes cuales son.
- Buena analogía Dr, diría mi amigo el Pelado.
- Si miras tus posteos, te das cuenta de cómo sube y baja tu TDA (trastornos de atención). Hay meses que te desgracias escribiendo y otros, que nada.
- Prometo incorporar esas pastillitas a mi dieta diaria.

Luego de unos consejos sanos de un Dr. que realmente sabe del tema en Mendoza, se levanta y se dirige hacia uno de los rincones del consultorio, para ir en busca de unos remedios.

- Disculpeme Dr, pero usted…
- ¿Si?
- Usted es un hijo de puta
- ¿Y esa conclusión? ¿Puede explayarse por favor?
- Si, por supuesto… Tras que, los que venimos y nos sentamos en este sillón, alejados del que sabe, tenemos que someternos a la difícil pregunta de entender si ese mueble que usted tiene, está con todas las patas muy torcidas, o es que nosotros ya vemos boludeces.

No puede evitar volver a reírse.

- Lo hace a propósito para no darnos el alta nunca y usted puede seguir llenado sus arcas, ¿cierto? ¡Confiese! – digo muy gracioso pero con cara de sacadito, a lo Brad Pitt, en la película 12 monos.
- Me hiciste acordar que también debo darte unas píldoras para la fatiga cerebral.
- ¿Por qué, Dr?
- ¡Porque estas hecho MIERDA!

jueves, 23 de abril de 2009

El buey solo bien se lame

Así me dijo un día mi padre, en uno de esos viajes a Quilmes a ver unas tías abuelas turcas (en realidad árabes). El Ford Falcon modelo ´71 nunca taxi, que en realidad develó su verdadera identidad al rascar un poco pintura negra del techo, fue la calabaza que hizo que nuestro almuerzo dominguero, se convirtiera en Fatay, Kepe crudo, cocido, fideos con estofado, vino de damajuana para los más grandes y agüita fresca para los más chicos. (¡minga gaseosas!)
El Felipe (pan de mesa) era nuestro aliado a la hora de esperar todo ese manjar que las tías ofrecían como muestra de amor, ante un viaje que solo su sobrino era capaz de hacer para mantener a la familia “unita” (ya que todas estaban casadas con tanos de pura sepa).
Obviamente la radio era AM, nada de FM y mucho menos de MP3 o cd. A lo sumo un casette de Valeria Linch que hacía que la humanidad se fuera del cuerpo para no escucharla acompañada de los cánticos de mi santa madre.
Pero era domingo y tipo 11, lo único que se escuchaba por ley eran los partidos del campeonato metropolitano (eternos) donde Racing convertía a mi padre en el mayor irónico de los hombres. Entonces, ahí aparezco yo, con todo el TDAH que podía generar mi cerebro.
- Papá, ¿por qué se casaron ustedes? – pregunto distraídamente.
Esa mañana mis padres habían discutido. El calor de un verano porteño no ayudaba y mis preguntas en el momento menos indicados, tampoco.
-¡Ja! – dice mi madre- Respondele a tu hijo- Mientras da vuelta la cara contra la ventanilla para dejar bien claro que estaba muy enojada.
Mi padre se rasca el bigote que lleva desde su casamiento (y nunca me quiso decir porque lo usaba) y saca lo peor de sí.
- Hijo, el buey solo bien se casa, esbozando una sonrisa para llamar la atención de su amada esposa.
Me quedo mirándolo. Con 9 años, apenas sabía preguntar. Estaba claro que la batalla no era la mía pero igual seguí molestando.
- ¿Mami, que quiso decir? Colgándome del hombro de una forma cargosa como solo los hijos lo saben hacer
- Mirá hijo, te voy a enseñar algo.
Mientras mira a su marido con ira y disfrutando como le dejó la pelota picando para hacer un golazo de media cancha.
- El hombre solo, vive como un rey, pero muere como un perro.
Volviendo ahora su cara hacia la radio para apagarla. Demostrando que aun manda ella.
Actualmente vivo solo y me pregunto, si esa charla de domingo con mis padres, fue la que me llevó a tantos amoríos desencontrados.
De todas formas, vivo solo y como dijo mi papá, vivo como un rey, pero tampoco quiero morir como un perro.
Ahora solo resta encontrar a mi reina, para que la profecía de mi madre no se cumpla y yo, vuelva a ser un hombre, como mi padre en ese Falcon 71.

martes, 21 de abril de 2009

El día que fui rico



Atrás quedaron las cacerolas, las entrevistas de trabajo, los acosos sexuales y mi miedo a estudiar.
Ahora me encontraba en posición de jefe, tenía mis propios negocios y empezaban a aflorar mis sueños que alguna vez, de chico, me acompañaron en cada tarde de merienda junto a Walter Lance, cuando nos enseñaba a dibujar al Pájaro Loco.
Un día me levanté y decidí hacer realidad la idea de hacer dibujos animados. Así fue que un 8 de diciembre, feriado, me puse en contacto con algunas productoras de TV y ose decir que tenía algunos guiones para dibujos animados, que obviamente, aun no escribía.
Para mi sorpresa, a los pocos días, recibí una invitación, de la productora que en aquel entonces venía haciendo furor en el país. Y pocos meses después, intercambiaba mi trabajo entre una ciudad que me dio una hija soñada, un casamiento, un divorcio prematuro y la querida Buenos Aires.
Mis ideas se materializaban en una oficina de pleno microcentro -Corrientes y Florida-, trabajando junto a otro loco como yo, juntando gente que anime, dibuje, ilustre, y personalidades de la farándula para poner las voces.
Mi otra mitad de la semana, estaba destinada a mi dulce pueblito, que aunque no nací allí adopté como propio, donde entre otras cosas, daba clases de informática y ciencias de la comunicación.
El tema es que de miércoles a domingos, estaba en Capital, solo y sin tener a quién llevar a su casa, un sábado por la noche.
Como los boliches no son mi fuerte, decidí llamar a una amiga, que la vida nos vio crecer juntos. Nuestros padres eran amigos inseparables, y por ende ella era algo así como una hermana.
Así fue como sin querer o queriendo, hizo todo lo posible para que su mejor amiga se convirtiera en mi novia. Y así fue. Dos meses después estábamos en un sillón, abrazados, sellando el momento con un tema del Gordo Caseros (shimaUta).
Mi amiga-hermana, estaba chocha. Éramos la pareja ideal. Teníamos los mismos gustos, los mismos desengaños y la misma mejor amiga!
Todo era perfecto, sólo faltaba el enano de la Isla de la fantasía. Pero había un detalle. Mi nueva profesión requería vincularse con personajes del under ilustrativo, lo cual implicaba tenía que subir o bajar, como quieran interpretarlo, hasta el nivel de locura de ellos y eso me convertía en uno de ellos.
Eso incluía charlas con el Gordo Caseros, que en ese tiempo tenía un barco y ¡le estaba adaptando un volante de carrera en lugar de un timón a su velero de 22 pies!. Era el país del nunca jamás, todos hacían lo que realmente querían.
Así estaban las cosas. Todo venía viento en popa. Los dibujos comenzaban a sonar. Eran todo un éxito. Otro de mis sueños empezaba a ser redituable y lo que era un hobbie, se transformó en una pasión que dejaba buenos dividendos.
Con mi socio y amigo, se nos subió el humo a la cabeza. Notas en todos los canales de televisión, merchandasing de nuestras creaciones y se empezaban a escuchar ofertas televisivas con conductores de renombre.
Pero de un día para el otro, el que parecía tener TDAH no era yo, sino el presidente de la República, que luego de dar una serie de contraordenes, decidió tomarse el palo en su helicóptero presidencial, para dar lugar a una infinidad de presidentes posteriores que lo único que lograron fue que el dólar se fuera por las nubes y por ende nuestro proyecto se esfumara junto con el peso argentino.
Estábamos en la calle. Las productoras empezaron a desaparecer y los canales de televisión se quedaron sin programación. Nadie invertía y los espacios se rifaban al mejor postor. Pero de dinero, ni hablar.
Mi amiga y mi novia, seguían en el limbo. Nada parecía perturbarlas, hasta que caí con la noticia que me volvía a mi pueblito.
Ese día me quedé sin novia y sin amiga. Pero aprendí una cosa. “Cuando buscamos un sueño, puede que no se dé. Pero el sabor de haberlo intentado todo por obtenerlo, te deja la satisfacción de haber aprendido algo que no está en ningún libro”. Y como decían los Mayas, la verdadera ciudad dorada reside en el conocimiento de cada hombre.
Créanme cuando les digo que ese día me di cuenta que era rico.

domingo, 19 de abril de 2009

Eramos tan pobres



Conseguir trabajo en la época Menemista y encima con 18 años recién cumplidos, las posibilidades de éxito eran casi nulas. Ni hablar si encima le agregábamos que era pleno verano.
Pero ahí estaba, buscando un milagro en los clasificados de un día lunes. Tenía bien claro que no pensaba estudiar, pero créanme que al ver las ofertas lo pensé dos veces, es más hasta llegué a creer que mi viejo había mandado a imprimir el diario a propósito, para hacerme desistir de mi idea antes de empezar a concretarla.
Pero recordé viejas anécdotas. En especial una cuando tenía apenas 4 años. Mis padres fueron de vacaciones con el fin de ver a un tío de mi viejo a Montevideo.
Obviamente, como en esa época pedir golosinas era como insultar a los padres, me las rebusqué para vender unos atados de orégano que cosechaba mi tío Vicente en post de algunas monedas y concretar mi sueño de comprar unos dulces. El negocio prosperó hasta que una vecina se le ocurrió contarle a mi tío, la sangre turca que llevaba su sobrino en los bolsillos.
A la mierda las golosinas, la playa y todo lo que traspasara la puerta de mi habitación. Luego, con los años, seguí insistiendo -pero no vienen al caso todas mis experiencias laborales a excepción de ésta-.
Ese recuerdo me volvió a dar el coraje y me recordó que todo es posible siempre y cuando uno lo anhele con una pasión que no tenga límites. (tal como fue con las golosinas).
Lo que les estoy contando cambió el rumbo de mi historia. No sé si es parte del destino, pero yo decidí abrir esa puerta y saber a dónde me llevaba.
Luego de marcar en el diario y llamar a varios avisos clasificados, había uno que parecía el más interesante:
“Importante empresa multinacional en expansión busca jóvenes con EXCELENTÍSIMA PRESENCIA (Excluyente), para incorporarse de inmediato a su staff ($1200 + comisiones)…”.
Para aquel entonces, ese dinero no era nada despreciable. Y mucho más para un joven que tenía más músculos que cerebro y un currículum que moría en tres párrafos.
El tema es que para las dos de la tarde de ese mismo día, tenía una entrevista, a unas pocas cuadras de plaza Flores.
Dos colectivos de por medio, un calor que sólo Buenos Aires podía ofrecerme, y una corbata que no se acostumbraba a ser usada, fueron suficientes para entrar de mal humor a un edificio destruido, que en nada se parecía a esa imagen que tenía de multinacional en expansión.
Pero allí estaba. Mientras veía las distintas clases sociales que se agolpaban en la entrada para dejar los curriculum a una secretaria improvisada, en lo único que pensaba para no salir corriendo, era que tenía que tener el trabajo para no ir a la facultad.
Al cabo de dos horas de espera, observaba como la gente iba entrando de a grupos de veinte a un salón donde deberían dar el discurso evangélico para entrar a la bestial multinacional.
La cosa olía raro, pero ya había perdido la tarde y sólo me quedaba esperar. A todo ésto, no tenía la más pálida idea a que se dedicaban. Entre los que estábamos ahí, nos aseguramos que no era una de esas fantasmales ventas de tiempo compartido; porque ahí se armaba la rosca.
Ya harto, sentado en el piso y esperando un milagro, de una de las puertas del pasillo, salió una rubia de unos 40 años, con mi curriculum en mano y nombrando solo mi nombre de pila (táctica innovadora para ese tiempo).
Me incorporé como pude, puse la mejor de mis caras y entré a la habitación.
La mujer se ubicó rápidamente en su asiento ejecutivo y empezó a venderme la empresa como si fuera la Coca Cola. Después de un monólogo ensordecedor durante cinco minutos, la interrumpí.
- ¿Mire todo bien, pero… a qué se dedican?
La mujer, que ahora tenía el título de gerente, bajó sus deciveles, tomó aire y esbozó tímidamente:
- … Vendemos cacerolas a domicilio.
Mi cara de odio se notó al instante. Tenía ganas de tirarle todo lo que había en su escritorio. A la mierda con todas mis máximas del trabajo. ¡Quería matarlos!. No estudiar para vender cacerolas, no era negocio. Estaba en el horno y mi tiempo para conseguir trabajo se agotaba.
La bella señora de taco aguja, pollera ejecutiva, y vasta experiencia para reclutar inocentes como yo, utilizó el botón rojo para retenerme.
Se levantó, caminó hacia una ventana, dejando que vea su trasero de avispa meneándose, se apoyó con sus dos manos sobre el marco y sin mirarme, dijo ahora con vos firme.
- Bebé, quiero que te quedes. Puedo pagarte un fijo arriba de mil quinientos pesos y darte buenas comisiones…
Esas palabras fueron como un golpe de Tyson. Ahora la palabra cacerola no parecía tan mala.
- Un tipo como vos, no aparece todos los días- remató ella.
Luego de esas palabras mi protector bucal estaba en algún lugar del ring, mientras me resucitaban.
- Veras que no te hice pasar a ver esa demostración estúpida que hacemos. Sólo necesitamos seis personas y un líder.
Cada vez entendía menos. ¡¿Acaso no eran cacerolas?!. La gerente se acercó de una manera muy seductora y sentándose sobre la punta del escritorio, dejando ver un tajo desafiante para cualquier chico de 18 años, atacó nuevamente:
- Creeme que se distinguir de entre miles, a un verdadero líder con sólo mirarlo a los ojos.
El que no distinguía nada era yo. Estaba con la boca seca y el miedo a lo desconocido (en aquel tiempo era virgen), pregunté con voz aflautada:
- La propuesta es muy interesante, pero… ¿qué debo hacer para empezar?
Ella sonrió, abrió sutilmente las piernas y yo tragué saliva. Ahí entendí como se puede llenar un curriculum sin tantos estudios.
Salí de la oficina exhausto, asustado y totalmente desarreglado. El muchacho con el cual compartimos unas palabras, me preguntó de qué se trataba la cosa. Lo miré con cara de aturdido y sólo le hice una seña para que me dejara pasar.
Recuerdo que ese día me lo pasé en mi habitación, tratando de entender cómo fue que había perdido eso tan preciado en cuestiones de amor.
En la cena no acoté una sola palabra. Empezó el programa favorito de mi viejo “No toca Botón” y por primera vez, no pude reirme cuando el talentoso Alberto Olmedo expresó su frase que lo eternizó: “Eramos tan pobres…”

miércoles, 15 de abril de 2009

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Era un domingo al mediodía. Estaba solo y a pesar que el día daba para hacer un asadito en medio de la montaña con algún amigo de turno, preferí almorzar en el shopping.
Eran casi las dos de la tarde. Me arreglé como si fuera a una fiesta. Saqué mi perfume importado –que generalmente lo utilizo para citas confirmadas- y salí en busca de un domingo distinto. Aún sabiendo que jugaba Boca Juniors, en el mejor horario para la modorra.
Dejé el celular en casa a propósito, ya que demasiado debía usarlo en la semana, y partí hacia el cielo artificial de ese gigante de cemento. Típico de un porteño, quizá porque lo soy.
A diferencia de lo que pensaba, eran muchos más de los que imaginaba los que habían adoptado ese lugar como encuentro familiar.
El patio de comidas desbordaba. Por suerte los fanáticos de las cajitas felices, estaban concentrados en un rincón a plena luz artificial.
Recordando a mi madre, opté por unas pastas rellenas y me alejé de los zombies buscando lugar en el fondo, donde la luz natural entraba por un gran techo de vidrio.
Aun así me costó correr con mi bandeja para conseguir una linda ubicación. Me pareció raro ver que uno de los mejores sitios que ofrecía el lugar, estuviera vacío. Cuando me acerqué ilusionado, veo que una chica, no tan chica, estaba muy bien vestida, con bolsas de compras en una de sus manos, pero desparramada en el asiento de dos plazas, durmiendo casi en un quejido. Mi teoría de que era el mejor lugar acababa de ser confirmado.
Opté por una mesita contra la pared, cuya vista me permitía observar casi todo el resto de la mesas. Incluyendo a la bella durmiente.
No pude evitar pensar qué estaba haciendo esa chica, por cierto hermosa, sola y sin nadie que le acaramele el oído, como se veía a una pareja dos mesas más atrás.
Después de unos cuantos bocados, me dí cuenta que aquella pareja, donde los dos parecían modelos publicitarios, más ella que él, no mantenían una charla de dos. En una posición que los psicólogos determinarían como egoísta –y no pienso describirla para que aquellos que saben de lo que hablo, sigan con el privilegio de reconocerlos a tiempo-, estaba la rubia producida, obviamente muy flaca, hablando sin parar. El joven pensando vaya a saber que perversidad para después del almuerzo, que sólo él había comido, ponía cara de interesado mientras trataba de buscar posiciones que no lo hicieran dormirse. Calculo que si hubiese contado las veces que la rubia se llevaba las manos hacia ella, definitivamente se hubiese dormido.
Detrás mío tenía a un grupo de mujeres, tal vez hermanas, ya que eran todas muy parecidas y de aspecto regordete, pero muy felices, a pesar que la moda quisiera enseñar lo contrario.
Confirmado estaba que no se veían hace mucho, ya que tuve que hacer de fotógrafo para plasmar el encuentro con una cámara digital, que obviamente no sabía manejar.
Los de la mesa de al lado, miraban y sonreían. Un padre, desalineado y algo abandonado junto a sus dos hijos, me hizo pensar dos cosas. O estaba por descubrir algún cálculo matemático importantísimo para la humanidad o bien, se había dado cuenta que su futura ex mujer lo había dejado de amar. No por malo, decidí creer en la segunda opción. De todas formas era mi propio mundo, mi almuerzo dominguero donde decidía elegir quién era quién.
Tras mi último bocado y con un aburrimiento por no encontrar nada más divertido para analizar, acomodé los restos de comida en mi bandeja y me dirigí hacia el basurero que estaba a unos metros. Casualmente algo que no suelo hacer en mi casa y mucho menos después de convivir con tres mujeres –Pero no se asusten. Mi psiquiatra tiene un paciente que lleva 5 divorcios ¡Y ES CATÓLICO!-
Decidí mirar una película en el cine, con el fin de distraerme un rato, y evitar preguntar al guardia, que tenía una radio en su oreja, cómo iba el partido.
Cartelera aburrida si las hay, era la del domingo. Encima la mayoría de las películas ya circulaban por los videos club truchos como pan caliente.
Pero había una, “21 Black Jack”, que no sólo me llamó la atención sino que me hizo volver al pasado, tras ver que uno de los protagonistas era nada más y nada menos que Kevin Spacey, el mismo que me hizo ver con “Belleza Americana”, que mi primer matrimonio era todo un fracaso. Algo parecido me pasó con “Ricordate di me” en mi segundo matrimonio, pero no viene al caso.
Ya sentado en la butaca asignada, con mi bolsa de pochoclo a un lado y la gaseosa en el otro, esperé ansioso que se apagaran las luces.
La poca gente que había en la sala, me hizo dudar de la elección sobre la película, pero minutos después, empezaron a llegar los espectadores, molestando y haciendo ruido en medio de las colillas -una de las cosas que más me gusta ver cuando voy al cine-.
La verdad que la película me sorprendió y para bien. Si bien no soy crítico acepten esta puntuación: diez puntos sobre diez. Impecable. Un joven estudiante del MIT quiere ingresar a la facultad de medicina de Harvard, pero para eso debe juntar 300 mil dólares o bien una beca: pero para ganarse esta última debía, además de tener un currículo impecable, tener algo que lo haga sobresalir. Algo fuera de serie, que lo hiciera sobresalir por encima de todas las páginas que llevaba su carpeta, ya que 72 aspirantes a esa beca poseían un currículo tan bueno como él y con tantas recomendaciones iguales o mejores. Por eso debía preparar un ensayo, qué le hiciera ganar esa beca. Lo demás, mejor que imaginarlo es que vayan al cine y disfruten de esa película que me dejó no sólo con la boca abierta, sino que me hizo recordar el motivo por el cual había decido estar solo todo el fin de semana. Tenía que presentar mi propio escrito que me hiciera dar el salto a la escritura popular…

Siempre me sucede que cada vez que pasa algo importante en mi vida, y no hablo de sólo cosas buenas, lo identifico con las películas o bien, cuando era más joven, con temas musicales. Pero como la música cada vez viene más enlatada, me volqué al cine. Y como ahora pago solo una entrada, se volvió un vicio que vaya a saber hasta cuándo durará.
Creo que esta película dio en la tecla e hizo un clic en mi cabeza (ojo que no soy Adam Sandler). Y como no tengo 300 mil dólares decidí hacer este blog… al menos hasta que me den el alta.

lunes, 13 de abril de 2009

A la salida del Diván



Cuando le decis a tus amigos y los no tanto, que estas yendo al psiquiatra podes ver como las caras van tomando distintas transformaciones. Por un lado te miran como si fueras la cara de jack Nicholson en “Sin Salida”. Pero luego de unos nanosegundos de reflexión, piensan “que bueno, el flaco tiene coraje” y todo vuelve a la normalidad.
Uno se auto convence que no es malo y que en estos años es casi como ir a un gimnasio. Es parte de nuestra salud mental. Pero cuando pongo la cabeza en mi almohada, me convierto en uno de ellos y me doy cuenta que no soy de los más normales, mientras miro el vaso con agua que me ayudó a tomar las pastillas.
Quilombos me sobran. Pero me los elegí yo solito, diría mi madre. La plata que nunca alcanza, dos ex esposas – ¡sí leyó bien! – que deberían estar en el record de guiness por lo rompe pelotas. Un celular que a veces deseo tirarlo al infinito y más allá –Obviamente tengo dos hijos, uno con cada Eva-. Mis amigos en el rincón más lejano del mundo, y yo, como la ovejita Dolly en la gran ciudad de Mendoza.
Aunque no lo crean, mi amistad con el psiquiatra, llegó de la mano de mi cardiólogo –gauchito el doc- ya que sufro de presión emotiva. ¿Qué quiere decir eso? Resumiendo mi enfermedad, es algo así como tener una bolsa de quilombos, obviamente sin resolver, haciendo que mi torrente sanguíneo se vaya por las alturas.
De ahí que me deriva al psicólogo de terapias cortas (por suerte) pero al llegar, éste percibe que además de la bolsa tengo un comportamiento que lo llevó a hacerme un test, ni bien le dije mi nombre –reconozco que el Psicólogo es muy bueno- y me dice:
-Quedate tranquilo, lo que tenés se resuelve con medicación – mientras me ofrece una pastilla mentolada.
Al ver mi cara de desconsuelo, como si me diagnosticara la peor de las enfermedades, me trata de calmar.
- No te asustes, problema sería que tuvieras que trabajar conmigo desde el análisis. Acá con una pastilla vas a resolver gran parte de tus problemas.
Digamos que eso me alivió un poco y tomé con gusto el teléfono de mi actual psiquiatra.
Conclusión: Dacten D y carvedilol fueron las golosinas de mi cardiólogo. Reiki y tareas para el hogar fueron las actividades de mi psicólogo, mientras que la eminencia psiquiatrita optó por Clonazepam y la maravillosa foxetina, que es algo así como tomarse una garompa ¡todo te chupa un huevo!.
Pero de todo rescato lo bueno y pienso que es una experiencia interesante ya que me puedo poner en la piel de un viejito y hacer que mi trabajo de escritor tenga más sensibilidad cuando hablo de ellos y sus amores que no fueron, para algunos concursos literarios.
Pero este soy yo. Y los que leyeron mi anterior escrito “pensamientos de diván” sabrán que mi segunda visita al psiquiatra, era de rutina y ver como influían los medicamentos en mi vida y en mi sangre alterada.
Le pregunté si el clonazepam (medicamento para bajar los desiveles) luego de su efecto, hacia un efecto rebote, potenciando mis iras.
El médico ríe con la mano apoyada en su mandíbula.
- El clonazepam hace que bajes un cambio, pero cuando el efecto se va, no se potencia. En realidad… ese sos vos.
En términos populares me dijo que soy un loco de mierda, pero vaya con que onda. Ambos reímos un rato.
Ahora, con respecto a la segunda medicación, la cosa se puso seria. Le dije que la había abandonado hacía una semana, ya que al poco tiempo de tomarla y sentir que era el hombre más concentrado del mundo y el más frío para la toma de decisiones –una combinación perfecta para terminar todo lo que empiezo- aparecían terribles dolores de cabeza y fotofobia –No le quise exagerar, pero me sentía como Kai-El (Superman) cuando le acercaban la criptonita-.
- mmm, a veces esa medicación obstruye las fosas nasales, comprimiendo la zona y haciendo que aparezca la fotofobia – me dice mientras se levanta de su sillón –que ya conté lo cómodo que era- para ir en busca de un recetario.
- Voy a cambiarte la droga por una de última generación. La macana que no entra por recetario.
¡Mierda! La única de las pastillas que pagaba con gusto, por lo barato y la que más resultados me daba, ahora prometía convertirse en la más devastadora de mi billetera.
- Mucho gusto y hasta luego – le digo encarando la puerta para ir en busca de una farmacia para que me dé el veredicto final a mi presagio.
Mientras espero a ser atendido, tomo la difícil decisión de subirme a la maldita balanza. –Aún no puedo creer que el marketing no haya llegado a la farmacia y reemplazaran éstas, por unos espejos que te hagan ver como cuando uno tenía 18 años-.
Mi turno. Salgo espantado antes que los números digitales arrojen un resultado increíblemente indeseado y con cara de no haber pasado la prueba –como en el programa de Cormillot- me dirijo a la simpática empleado de turno.
- No te preocupes, debe andar mal. – me dice sonriendo mientras lee lo actualizado que estaba el médico al recetarme una de las últimas y mágicas pastillas para locos del orto como yo.
De paso aprovecho y le pido el restante de pastillas, ya que recordaba que no quedaban muchas. Y la verdad que salir a hacer mandados no es mi fuerte.
La chica, agarra la registradora, empieza a sumar y sumar y sumar, hasta que antes de apretar el total, me dice casi con una carcajada:
- ¿No pensás que es más barato el cajón y el entierro? – tapándose la boca de la risa que ya no podía contener.
- También es caro, pero sería solo una vez y listo – mientras se seguía riendo y haciendo gestos con la mano para que no me lo tomara en serio mientras cortaba el ticket.
- Son para mí – le digo mirándola desconcertado y con más ganas de llorar que de reír.
- ¡Uy perdoname! De verdad lo siento, pensé que eran para tu mujer. Fue un mal chiste, disculpame.
- No tengo esposa… mejor dicho tengo dos ex esposas- para que supiera con quien se estaba metiendo.
- En serio, disculpame. Me llamo Mariana.
Recién ahí caigo en la cuenta que todo fue una artimaña para que la mirara más allá de su guardapolvos blanco.
- No te preocupes, no es nada que no lo podamos resolver con un café.
Ambos nos miramos en forma cómplice y mientras saco de mi billetera mi tarjeta de crédito –ya que no había más efectivo- ella anota su celular detrás del ticket.
-Salgo a las ocho – entregándome el ticket con cara de haberse ganado vaya a saber que –Si entiende de remedios, sabe que además de ser un loco de puta madre, soy inestable en cuestiones de amor.
Me doy vuelta y caminando como en el final de la película de “Spiderman” pienso: “un gran poder, merece una gran responsabilidad”, así que tomo mi blister de pastillas y mientras me llevo la última tecnología farmacéutica a la boca, marco desde mi celular, el teléfono para una gran cita. Con el psiquiatra, claro está.

jueves, 9 de abril de 2009

Pensamientos de Divan



Suerte para aquellos que necesitan de un psiquiatra y lo encuentran – y también lo pueden pagar-. En mi caso pude con ambas variables, aunque en este país se puedan modificar, de un día para otro; que me quede sin plata, o bien, que mi psiquiatra huya con su título a un país donde no lo vuelvan tan loco.
Así es, que por segunda vez, tomé el coraje de entregar mis más terribles pensamientos al letrado, en el cual deposité no sólo mi confianza sino que también mis últimos cien pesos del mes.
Al llegar al consultorio, obviamente tarde, ya que es parte de mi personalidad; aún cuando tomo pastillas para corregir mis conductas ejecutivas; me encuentré con la desgracia de que mi afamado médico cambió de dirección sin avisarme, y por ende logró un fastidio, no sólo por la falta de delicadeza ante su paciente, sino porque acentuaba más fuerte que nunca, mi enojo por tonterías o mejor dicho, por cosas que no merecían ser magnificadas a tal punto de hacerme subir la presión arterial. Y eso confirmaba que mi tratamiento iba a ser más largo de lo que imaginaba, ya que no cumplí con mi primer tarea, que era la de empezar a llevar una agenda, entre otras cosas, para llegar a tiempo a mis citas.
Tratando de adivinar la dirección y preguntando a cuanto transeúnte intentaba esquivar mi camioneta, dí con el nuevo y flamante consultorio.
Al llegar, por supuesto me topé con la secretaria de turno, por cierto con más aires que los cinco médicos que compartían los gastos del lugar.
En forma irónica, esta maravilla de empleada, seguramente en negro, tuvo el agravio de empezar el “buenas tardes” acompañado de un “¿qué pasó que se le hizo media hora tarde?” ¡Cartón lleno! No pude con mi genio, ni con mis genes paternos. Saqué la sonrisa más falsa que encontré y le respondí mirándola como para ojearla– si no me llaman para avisarme que se mudan, cuando tengo el turno sacado hace más de quince días y encima le agregamos que no soy de acá, créame que pude haber llegado mucho más tarde–. La mujer joven pero con aspecto de vieja, puso cara de pocker y empezó a pedirme los datos, para llenar una ficha que ya estaba completa.
Por suerte el médico no estaba si no también pondría en mi historial que para todo tengo una excusa. (y lo peor es que es cierto).
“Porteño engreído” debe ser lo mínimo que habrá pensado la secretaria, que descubrió mi procedencia, no sólo por mi estúpida altanería, sino porque se me escapó una “she” como sólo un porteño la puede decir.
En ese momento aterrizó el doctor. Con cara de “yo no fui” y la mejor de mis expresiones calmadas, típico de un loco que soy, lo saludé muy amablemente y me hizo pasar a su consultorio, mientras cruzó en privado algunas palabras con su empleada.
¡Guau! Fue la palabra que encontré al quedarme solo en esa habitación. ¿Cómo podría hacer para crear algo parecido en mi departamento de divorciado y ultrajado de muebles y útiles por mis últimas tres esposas?
Agarré mi humilde celular –que en algún tiempo fue lo más top- y saqué fotos en las cuatro direcciones.
Mientras esperaba la llegada de mi salvador, me senté sobre uno de los dos sillones, por cierto comodísimos, que incluía la habitación. “Que buenos y que cómodos para ver fútbol en casa”- pensé. Lástima que no tengo plata para los sillones ni tampoco TV, pero la idea estaba buena y el dinero plástico siempre puede hacer realidad tus sueños.
Lo malo es que, como a muchos desorganizados como yo, justo llegan esas malditas facturas y cheques a nuestra cuenta bancaria, cuando uno se decide a cometer ese pecado capitalista. Pero para bien o para mal, la calma llega y el aplome hace que desaparezcan todas esas ideas infantiles que alguna que otra vez, me llevaron a la quiebra de mi humilde economía.
Volviendo a la sala, me deslumbraron los dos cuadros en tamaños increíbles con obscenidades abstractas. Al menos eso interpretaba yo, desde mi cerebro algo quemado y necesitado tras dos meses de celibato. Mejor será que no me pregunte qué veo, porque en vez de mandarme a mi casa, me dará un pase directo hacia la Alameda, que alguna vez fue el cuartel donde San Martín entrenaba y alimentaba a sus soldados (aquel que sabe algo de historia sobre el paso de este prócer por Mendoza, sabe que fue él quien hizo instalar los primeros burdeles para que los muchachos fueran más alegres a las batallas de turno). Así que intenté tratar de encontrar otras figuras en esas pinturas que si bien seguían siendo obscenas, ahora tenían un “touch” de amor y pasión.
Primero comento cine –lean mis anteriores escritos-, ahora sobre arte y me pregunto: ¿no seré perfecto? Pero ahí nomás la voz de cualquiera de mis ex vuelve a mi memoria para terminar la frase: “¡un perfecto idiota!” seguido de un portazo, que por suerte no era de ninguna de ellas, sino del psiquiatra.
¿Acaso dije suerte?…