domingo, 17 de mayo de 2009

Coco y Vainilla


Una cena en “Don Mario”, ya que en mi restaurant favorito no había lugar, fue el motivo por el cual Mercedes cedió ante mis encantos. Bueno la verdad que de encanto poco, pero reconozcamos que es un buen punto a mi favor empezar de esa manera, teniendo en cuenta los cocodrilos que abundan en los pocos hombres que quedan en la tierra.
Siempre que salgo con una chica, me acuerdo las anécdotas de una amiga con un sinfín de chabones que la invitaban a salir. Todos amarretes. Con plata o sin, el amarretismo poco tiene que ver con esa cualidad. Así es que ella, cuando veía que el flaco de turno, miraba demasiado la carta o sugería un plato para comer a medias, ya le caían las fichas y empezaba a contar con cuanta plata contaba encima, ya que el clásico “¿pagamos a medias?” era el principio del fin.
Ahí estaba yo, sentado, esperando la llegada de una mujer que seguramente poco tendría de esa imagen que construí en el taller literario.
Como buen estratega, tenía todo fríamente calculado. Mi depto estaba impecable, el auto lavado, me acababa de cortar el pelo y busque mi mejor camisa para esa velada.
Más de uno se preguntará por qué no la pasé a buscar. ¡Sencillo! En primer medida sabia que ella tenía auto. Si bien es, hasta un poco descortés de mi parte, estaba seguro que le generaría más confianza a ella y sus amigas la alentarían a que eso esta bueno ya que si la cita la aburre podía irse en cualquier momento. Por otro lado el decir “te veo en tal lugar” ya que debo hacer unas cosas antes, queda como algo mas “casual” (¿estoy muy comillero? ¡Ja!) Y hasta desinteresado, pero todo es mentira, claro está. Y también porque no me gusta llevar a nadie, ¡Que tanto!
Todo esto sin hablar de los silencios y lo contraproducente que puede ser perder los primeros diez minutos de mística hablando boludeces y que ella encima piense “que mal maneja” ¡Sigo con las comillas! (chiste válido para la Argentina).
Llegué 15 minutos antes –solo por ser la primera vez- y me hice amigo del mozo y le di unos pesos para que me llamara por mi nombre y me tratara como de la casa. Cuando llegamos a los 20 minutos, ya éramos como hermanos y hasta se burlaba de mi silla vacía.
Solo después de otros 5 minutos, Mercedes aparece. Radiante, fresca y con un toque en su cabeza que se convirtió en el centro de atención de todos los presentes. No hablo de un peinado punk, sino de una capelina que llevaba haciendo juego con su vestido sensual y naif.
El mozo se acercó a recibirla y la condujo hasta mi mesa.
Mi cara de feliz cumpleaños no se puede disimular. Me paro para saludarla y le acercó la silla, y de paso aprovechar para que saber perfume llevaba encima. (Algún día hablaré de esta teoría).
La gente volvió a sus platos y mis oídos volvieron a recibir todo el bullicio de un restaurant que comenzaba a llenarse.
- ¿Pedimos algo? Estoy muerta de hambre – mientras le hace una seña al mozo para que nos traigan la carta.
Pero, ¿qué fue de esa mujer tímida y sonrojosa (algo así como que se le ponen los cachetes colorados) que habitaba en mi mundo literario?
- También yo – le digo desconcertado por la actitud que traía bajo su vestido con un escote que ya me estaba poniendo celoso.
Todas mis técnicas de levante debían girar 180 grados. No me estaba enfrentando a la clásica muchacha de pueblo. Estaba ante una chica de ciudad, de luces… una verdadera mercenaria.
Mientras ponía el piloto automático de conversación (total, la mística se fue al carajo) revolvía en mi cabeza como hacer para sorprenderla. En este caso y como dirían en mi dulce pueblito, la vaca se volvió toro.
Creo que ella se da cuenta de su avasallamiento y decide bajar un cambio para que sea yo, el que me sienta a gusto.
Al no encontrar nada en mi cabeza, decido ser yo, exponiéndome a todo y hasta correr el riesgo de ser gastado por ella ante mi inocencia que solo unos pocos de mi círculo de confianza conocen.
Ya para el postre, estábamos relajados y gran parte de nuestras vidas habían sido digeridas.
A la salida del restaurant, y con chistes de ocasión por parte de ambos, para evitar una despedida incierta de besos, le pregunto donde dejó el auto
- En verdad no vine en auto, tomé un taxi – haciéndome una sonrisa alentadora
¡Mierda que se la sabe todas! Me dije mientras buscaba una cara que poner y algo que decir. Me sentía como un chico virgen. Pero revuelvo en mi interior y saco el tigre de Ludovica.
Cualquier cosa que dijera iba a estar demás. Así es que la abrazo y le estampo un beso de película.
Ella me agarra más fuerte aun y aprieta sus manos contra mi nuca. La cosa estaba en llamas. Suspiros entre beso y beso, y abrazos que querían ir más allá de las ropas nos sugirieron ir hasta mi casa.
En el auto aun quedaba algo de pudor. Prende un pucho y me mira seductoramente.
Les ahorro la pregunta. La gente que fuma no suele pedir permiso para tirarnos su vicio. Es lógico. Si a ellos no les importa intoxicarse ¿por qué se habrían de tomar la molestia para con nosotros? Aunque hay excepciones, como en todo.
Pasamos por la Octano (una estación de servicio muy conocida de nuestra querida Mendoza) y la típica fue comprar forros y chocolate mientras ella se pasaba el rimel por sus ojos.
- ¡Listo!
Dije, mientras cierro la puerta del auto apurado y con unos nervios que se parecen a cuando tengo frío.
Ella estaba tociendo. No podía hablar y solo hacía señas que no lograba entender.
- ¿Qué te pasa?- Le digo a los gritos mientras trato de sacarle a los sacudones que le estaba pasando.
Me hizo un gesto como para que abriera la ventanilla.
Pongo en contacto el auto y abro todas las ventanillas. Ella saca la cabeza afuera y luego de unos respiros me dice agitada:
- ¿Qué perfume usas para el auto?
Pienso. No entendía nada. ¿Se lo habrá tomado? Se ve medio piantada pero no creo que sea para tanto.
- ¡No se! Uno que compré en el Walmart.
- No, de que sabor es lo que quiero saber
¡Se lo tomó! Me dije en voz baja, mientras ella empezaba a toser.
- ¡No me lo tomé estúpido! ¿Es de vainilla?
- Y coco. Coco y vainila.
Remato con algo de culpa, aunque sin saber el por qué.
- Llevame a casa por favor. Le tengo mucho asco a la vainilla. No creo que tengas ganas de ver vomitar a una mujer toda la noche.
A la mierda con la fiestita. Mi humor en las cuadras restantes fue de mal en peor, mientras la veía de reojo como hacia movimientos de rana para evitar vomitar.
Quedamos en hablarnos y se baja del auto a las corridas porque el vómito estaba a punta de lanza.
No me dio tiempo a despedirla siquiera. Entró a la casa y yo arranco desmoralizado.
En el primer semáforo revoleo los forros contra el parabrisas (tampoco los voy a tirar con lo caro que están) y terminan en mi entre pierna.
¿A que no saben de que sabor era los profilácticos para el sexo oral?
Buena suerte, mala suerte… vaya a saber uno.

viernes, 15 de mayo de 2009

Contractura Cervical


Mi trabajo, el cual no es solo escribir, depende de estar muchas horas sentado en la notebook, con la difícil pero gratificante tarea de mentir, digo de vender. ¡Ja! Es solo un chiste, por favor no me lo vayan a creer 
En estos días, donde el dólar sube si parar, la presión en la empresa como en todo el sector de tecnología, está con una psicosis que no veía desde el 2001.
Por suerte Internet hay en todos lados y para no intoxicarme con todo el malestar y poder seguir visitando cuentas de real importancia, donde estos problemas no les llegan, me instalo en alguna estación de servicio al paso.
Los días en Mendoza vienen de mal en peor, hablando estrictamente del calor. Por suerte, en mi estación de servicio preferida tienen aire, plasma y un muy buen café. El sillón donde habitualmente me siento en principio resulta cómodo, pero al paso de unas horas, los dolores en mi espalda se vuelven imposibles de aguantar. A esto se le suma mi cuello y como resultado final, nace un terrible dolor de cabeza.
Al cabo de dos semanas, y con la caída de la bolsa y las benditas afjp, el dólar escaló más alto aún y mi jaqueca se instaló como los Kirchner en el poder.
Cómo sería el dolor, que me fui hasta una clínica muy importante de Mendoza, para hacerme ver (deberían anotar este día como una efemérides).
Créanme que imploré que el médico de turno, sea justamente “médico” con “o” de hombre. Pero bueno, sabrán que estoy engualichado con este tema y ahí estaba. Sentado en una camilla, muy relajado esperando que la doctora terminara de anotar mis datos personales.
La verdad que la miré con ojos de paciente ingles. Esta vez no iba a caer en la trampa de la inocente mujer sonrojosa. Ahora todas me parecían zarpadas. Lo bueno que al menos, en la clínica había una fragancia a vainilla (demasiado para mi gusto).
- Decime que te anda pasando…
Esto del marketing en la medicina no es muy bueno para detectar cuando te aprecian porque sos lindo o simplemente porque sos un cliente. ¡Maldito Patch Adams!
- Dolor de cabeza, mucha computadora, mucha presión en el trabajo… y tengo presión emotiva.
- A ver ¿cómo es eso?- Mientras me arremanga la camisa y pueda ponerme el aparato de la presión.
- En realidad tomaba una bocha de pastillas. Y ninguna me bajaba la presión
La doctora me interrumpe:
- Pero si tuviste todos los efectos secundarios
- Exacto, en especial el tema de la lívido – Le digo haciéndome el tímido.
Ella sonríe y se saca el estetoscopio.
- La presión está un poco alta pero es por el mismo dolor de cabeza.
Respiro profundo ya que era mi mayor miedo. No la presión, sino que me restrinjan la sal.
- A ver, sacate la camisa y acostate.
- Boca arriba, ¿cierto? – Le digo como haciéndome el que la tengo clara.
- No, boca abajo por favor.
¡A la mierda! Empezamos mal. Ya con algo de miedo me coloco de espaldas y espero el estacazo.
- ¿Duele acá? – haciendo presión con sus manos frías en mi omoplato derecho.
El dolor me llegó hasta la frente. Me dieron ganas de insultarla, pero sus manos estaban demasiado suaves como para pedirle que la saque.
- Un poco. Le digo con lágrimas en los ojo.
La Doctorcita siguió otro poco hasta llegar a mi nuca. La cosa se estaba poniendo caliente. Luego empezó con la otra y con la yema de sus dedos hacía círculos en determinadas partes de mi espalda confirmando que de virgen poco o nada, pero de escorpiano, demasiado.
- Estas marcas me dicen que abandonaste las pastillas hace un tiempito.
Aunque no lo crean, me puse colorado. Nunca quise enseñarlas a nadie (me dan vergüenza).
Moví la cabeza confirmando su teoría.
De repente se detuvo con sus caricias, digo masajes, y acomoda sus cuerdas vocales, como lo hace una persona que no traga saliva por un largo tiempo.
- Vas a tener que tomar unas pastillas y baños relajantes de agua tibia.
Me levanto como puedo y me abrocho la camisa.
- ¿Qué padezco doctora? – comento haciéndome el simpático pero con respeto para que no se sienta que la agarré en off side.
- Le diría que un osito, pero mirándolo bien, me hace acordar más al mamut de la era del hielo.
- ¡No estoy gordo!, soy panchoncito y peludito.- ¡Tomá que me iba a retirar después de semejante histeriqueo!
Ella larga una carcajada y se afloja del todo, dejando el recetario de lado.
- También tenés hijos parece.
- Dos hermosas criaturas – Le digo orgulloso.
Ella me mira hacendo una expresión que sonó a: “¡que voy a hacer con vos!” y vuelve con su birome.
- Padece una contractura cervical, padre de familia.
- Le falto la palabra divorciado, doctora.
Deja de escribir por un instante, lo piense y vuelve a escribir.
- Bhokium B12, un comprimido cada 12 horas.
- ¿Eso es todo?
- Si, pero si el dolor vuelve, le dejo mi celular más abajo.
- O puedo venir a la guardia – la interrumpo con una hermosa sonrisa que olía a ganador.
- Le recomiendo el celular… es más efectivo.

miércoles, 13 de mayo de 2009

¡Una noche Gang Bang!


En mi primer sábado como soltero oficial (luego de unos siete meses de novio), decido salir solo a una disco. Es cierto, no es mi tipo, de hecho la idea original era ir a un teatro o algún lugar más cultural, donde además de cruzar miradas obscenas con mujeres rutinariamente aburridas, poder charlar y hacer de nuevas amistades. Al fin de cuentas, no tenía ganas de empezar nada nuevo. Estaba harto de las relaciones, el filo, el chamullo y el compromiso. Pero sí me di cuenta de lo solo que estaba en esta ciudad y los pocos amigos que había cosechado en todo este tiempo.

Siempre mis ex me preguntaron por que tengo más amigas que amigos. Nunca lo supe, hasta hoy. Si bien esto de tener muchas amigas me colocaba en el rubro de los mujeriegos (o como dice una de ellas, ¡Sos un gato!) lo cierto es que a diferencia de los hombres, ellas son más sensibles. Ejemplo: el otro día volvía de Buenos Aires y sabía que me estaba esperando la soledad, algo a lo que te temo demasiado. Mis amigas, todas casadas, especialmente los fines de semana, son de sus maridos y sus quehaceres domésticos. Por lo tanto, ni siquiera se molestaron en responder mis mensajes de auxilio por celular. Entonces acudí a algunos de mis amigos. Pero ninguno supo interpretar el S.O.S. y no fueron a hacerme el aguante, ya que pensaron que si iban a casa, era motivo de partuza.

Por lo tanto, las mujeres son sensibles, los hombres, no. ¡Y yo soy sensible! (pero no soy trolo, aclaro).

Con este verso del fin de año, las pocas amistades que quedan -llámese amigas con derecho a roce- estaban de asado en asado, festejando vaya a saber que pelotudes (eso lo dije de caliente resentido). Todas con agenda completa hasta que se termine este puto año bisiesto.

Me metí en Internet y la agenda cultural daba asco. Así que tome coraje y me adentré en el mundo apocalíptico de los boliches. Siempre me dio cosa. La previa me genera una sensación tan horrible que más de una vez desistí. Pero la idea era divertirse y olvidarme de todo.

Cuando llegué a la zona (para envidia de los porteños, en plena montaña) pregunté cuales eran la onda de cada uno. Como la moda de las zapatillas All Star y aliento a Beldent con Fernet no me pinta, compré información por una suma módica de 2 porros.

El boliche que albergaba a las mejores viejitas de la zona estaba a pocos metros.

Luego del tercer Paddy (un whisky realmente intomable, pero pegador) ya me podía soltar de la barra sin tantos prejuicios y me caí en un escote que me llamaba desde que entré.

Realmente no se que chamullo fue el esbozado para esa mujer que no dejaba en paz a su chicle. Iba de lado en lado y recuerdo que luego de mis exacerbados piropos me dijo:

- Estoy buscando gente para un Gang Bang, ¿te sumas?

No pude evitar poner cara de no entiendo que bosta me estás diciendo, pero le pegué el último sorbo a mi Paddy y respondí muy serio

- ¡Obvio!

Se que debí haber preguntado, pero en el estado en que estaba me iba a tener que repetir tantas veces lo que significaba, que se iba a terminar fastidiando.

- Ya vuelvo lindo.

Cuando se escabulle entre la gente, revisé mi billetera y trato de ver cuanta plata traía. Ese trago si se toma entre varios debe ser caro, pensé. Y para variar, estaba corto de plata.

Doy unas vueltas y miro lo diferente que se volvió todo este antro. Los códigos, las forma de bailar, las estupideces que hacen entre amigos… todo distinto.

De repente una pendeja bastante zafada me agarra de atrás y previa cosquilla con su lengua en la oreja me ruega por un Bukake.

- ¿Un que?

La nena me mira como diciendo “¡que viejo boludo!” y sigue caminando.

Parece que la onda de pedir tragos es lo más.

- ¡Que ambiente de mierda! – dije sin prejuicios y eso que estaba totalmente mareado.

En mi regreso a la barra, mi isla, me esperaba la Bang Bang o como puta mierda me dijo. Pero lo raro es que estaba con una latita de coca.

- Cagamos- dije, la onda parece que viene para disolver.

Estaba rodeada de tres muchachos más. Hablaba con todos y reía. Se me acerca y me parte la boca de un beso que tenía más de lengua que de labios.

- ¿Estas listo, bombón?

El miedo y la incertidumbre a perder algo más que unos pesos, -más que nada al ver a esos muchachones fornidos- me freno y comienzo a preguntar verborragicamente

- ¡Para un poco! Explicame que es esto. Al principio creía que hablabas de un trago. Ahora veo tres tipos y para serte sincero, no me está gustando nada.

Ella les hace un gesto a los otros como un entrenador cuando pide tiempo y me toma de las manos.

- Sorry, pensé que sabías. Pero te pido que no me aflojes ahora. Estamos todos al palo y sin vos no tiene sentido.

Me suelto de sus manos como un chico encaprichado, me revuelvo que cabellera que poco le quedaba de gel, y digo en un tono amenzante.

- Explicame que mierda es esto o me voy a la mierda.

Ella se ríe. Me lleva a la barra y me explica.

- Mira, no se hace cuanto no salís, pero la movida ahora pasa por estas cosas nuevas. Gang Bang, Gang Bang invertido, Bukaka…

La interrumpo.

- ¿Eso tampoco es un trago? – con una expresión de puchero.

- ¡Que dulce que sos por Dios! Si no te hubiera conocido acá, saldría con vos.

- Todo bien, pero me podes explicar… ¡please!

- Si, Gang Bang es cuando cuatro o mas hombres se juntan con una mujer y le damos duro sin parar. El invertido no hace falta que te lo explique y el bukaka es para los que se inician… los más miedosos, por así llamarlos.

- ¿cuál es la diferencia?

- No hay penetración. Estas pendejas del orto se hacen las come hombres pero no se animan a más que eso.

Mi mandíbula estaba por el piso. El Paddy era un analgésico a comparación de lo que estaba escuchando.

- Y… ¿Dónde se arman estas partuzas?

- Acá, atrás de la barra. Como estabas atornillado, pensamos que querías…

- Todo bien, solo que hacía mucho no venía por estos lugares y…

- Ya lo se mi vida, algo recuerdo de esas épocas. ¿Vamos? Nos están esperando.

Ya de día, viendo como algunos compraban el diario del domingo, otros entrando a las carnicerías en busca de un asado familiar, yo esperaba que el semáforo se pusiera en verde y pensé dos cosas.

Una, en las ganas de llegar a una cama urgente.

Dos, en un delicioso rezo para todas mis ex que de alguna u otra forma me llevaron a esto:

“¡Lareputisimamadrequelasparioylaconchadesurecalcadamierdaquelasremilpariohijasdelmilputasmalparidas…!”

PD: también va para mis amigos que insensiblemente me cambiaron por asados y quehaceres domésticos.

lunes, 11 de mayo de 2009

Una travesura llamada Sexting



El domingo pasado asistí al cumpleaños de mi mejor amigo mendocino.
Algo íntimo, para pocas personas. Un asado como Dios manda me estaba esperando en la casa del Pelado. Mejor dicho en la casa de su hermana, ya que él, al igual que muchos, fue asesinado económicamente por su ex en la “Batalla del Divorcio”. Ahora su cuñado y su hermana, lo alojan temporalmente, hasta que la plata los separe.
Llegué temprano. La mesa aun no estaba puesta, pero se veía algo larga para lo que yo suponía. Me acerco a la parrilla y constato que la carne era superior a la parrilla. El asador, que era el cuñado del pelado, se prende conmigo para sacarle algunos trapitos al Pelado y divertirnos con su reciente liberación de las fuerzas del mal.
La joda iba a ser grande. La hermana traía una caja llena de platos y cubiertos.
- ¿Si quieren puedo traer la bebida?
Digo con ganas para encontrar un vaso de vino mendocino.
- Juan, traele uno de tus vinos a este porteño. Así aprende lo que es bueno- grita el Pelado a su cuñado, que entre otras cosas, además de marido perfecto, es enólogo.
Esta demás decir que, cuando empezó a caer gente al baile, yo ya tenía los ojos con un brillo bien delatador.
Los 40 años del Pelado, me auguraba un buen momento con gente piola. Sacando a su ex, todo su entorno es muy bien seleccionado y si algo sabe mi amigo, es qué gente elegir para cada momento. Así que me relajé. Unas copas de más, no me iban a dejar mal parado.
Después de hablar en forma verborrágica –algo que suele hacer el vino blanco con mi lengua- me doy cuenta que estoy sentado con gente demasiado joven, mientras que los más grandecitos, estaban en la otra punta de la mesa.
- Y vos, ¿a qué te dedicas?
¡Pregunta de mierda si las hay! Con apenas 34 años, tenía que exponer a un grupo de adolescentes, mi temible oficio de escritor.
- Escribo artículos para diferentes medios de comunicación.
- ¡Ah! –comenta la más linda de todas- Sos el escritor, ¿cierto?
Esto ya me empezaba a sonar una cama de mi amigo.
- Algo así – comento con cara de pocos amigos.
- ¡Sí! Sos el del blog. He leído tus escritos – comenta otra de las doncellas.
Levanto mis manos con los cubiertos en mano, como diciendo “Me descubrieron”.
Ellas empiezan a reír. Yo empiezo a putear a mi amigo por lo bajo.
- Chicas, ¿quién hará la pregunta del millón?
La carcajada, hacen que hasta los del fondo prestaran atención.
- ¡No! Por favor.
- Daleeeeee – corean todas al unísono.
El pelado, desde la parrilla, empieza a alentar a todos con sus aplausos para que largue prenda.
- ¡Qué lo di-ga!… ¡Qué lo di-ga!… ¡Qué lo di-ga!
- Es ficción, ya lo he dicho antes, es ficción.
- Uhhhhhhhhhhhhhh – corearon todos. Seguido de muchas risas.
La carne se empezaba a servir y el anfitrión se acercaba plato por plato. Eso calmó las ánimas de La Tejedora. Y yo dejé de transpirar.
- Acá te dejo este pedazo que esta bien jugoso – me dice el Pelado.
Luego se acerca al oído y remata con una frase que espero no la haya escuchado nadie.
- Dejate de joder con las mamis, y empezá a degustar el sabor de una verdadera carne tierna… ¡Carne Argentina!
Me puse de todos colores. Es cierto que mis gustos siempre superan mi edad, pero es prioridad para mí, que además de tener un buen lomo, tenga buenos comentarios a la salida de un cine, o en una cena, o después de una buena noche carnívora.
Con el correr de las comidas y las rondas de alcohol, una de las chicas empieza a hacer buenas migas conmigo.
Una morocha muy linda, joven y aunque parezca injusto, inteligente. Nos reímos mucho. Y parece que la hermana del Pelado se dio cuenta, ya que en una de las miradas a la parrilla, observo como cuchicheaban los dos, como si todo hubiese estado planeado.
- ¿Me das tu número de celular? – dice ella, algo alegre.
Por supuesto accedí. Le di mi número y agendé el de ella. Acto seguido me levanté y me fui al rincón de los hombres, que ya me estaban esperando.
Anécdotas incontables y risas desmesuradas, hacías que las mujeres se preguntaran de qué hablábamos.
De repente siento que mi celular vibra. Un mensaje de texto. Miro hacia todos lados. Era de ella, mi compañera de cubiertos. Pero no la encontraba en ninguna parte.
- ¿Pasa algo, papá? – dice uno de los amigotes que animaban la fiesta.
- No, nada. Nada importante.
Abro el mensaje exagerando una cara de “¿quién se atreve a joderme a esta hora?”. La torta de mi celular se demora más de lo previsto. ¿Un mensaje tan largo?, pensé yo.
Se abre. Una foto de ella mostrando sus pechos, hace que lo cierre inmediatamente. Miro a la hermana del Pelado y se estaba riendo junto a su marido. No se por qué la miré, pero sospeché que todo era una joda.
Me hago el boludo y vuelvo a abrirlo. Quizá el alcohol me esté pegando más de lo normal.
Efectivamente era ella. Su cuerpo era más curvoso que lo que insinuaba su vestido negro. Volví a cerrarlo, pero no sin antes leer el mensaje, “ahora te toca a vos!”
No se cómo, pero el alcohol ingerido se me escurrió por algún lado, porque mi sobriedad afloró junto con las gaseosas que ahora recorrían las mesas, a falta de cerveza y vino.
Veo al pelado solo en un rincón tratando de destapar al corazón de una chica y corro con el fin de hacerle una sola pregunta.
- ¿Tu baño es con azulejos verdes?
- ¿Qué?
- Dale boludo, decime.
- Sí, sí, creo que sí, pero ¿qué te pasa?
Lo dejo hablando solo, o mejor dicho con su chica. Y empiezo a armar mi coartada para huir de la casa.
Busco a mi grupo, pero ahora estaban todos dispersos, como buscando a sus parejas en medio de un asalto (baile que se hacía en la preadolescencia). De repente siento su perfume detrás de mí. Me doy vuelta y ella tratando de no reírse mordiendo su labio, ataca de nuevo.
- ¿Y ahora que vas a hacer?
- ¿Hacer qué? - digo enojado.
- ¡Ja, ja! Resultaste ser más inocente de lo que dicen tus escritos.
La miro desconcertado. Me estaba apedreando, y no sabía como reaccionar. ¡No tenía más de 18 años!
- A ver, plan “A” jugar conmigo y hacemos un rato de sexting, plan “B” escribir sobre esta anécdota.
- Plan “C”, huir de acá. – Le digo apurado.
La tomo de los hombros y con un beso en la mejilla, la dejo hablando solo aunque escucho sus últimas palabras.
- De todas maneras creo que he ganado
Me freno, doy media vuelta y no puedo evitar decirle lo que siento
- Lo que es seguro, es que mientras sigas usando estos juegos, jamás vas a ganar una noche de romanticismo.
Busco a la hermana del Pelado, a su marido y luego de unos saludos apresurados, salgo asustado para mi depto.
Aun no podía creer, ni entender que era esto nuevo del Sexting. ¿A caso esta ciudad está matando al romanticismo?
Sin dudas que mi susto, no era por ella, sino por empezar a sentir que una de las cosas más lindas que tiene esta vida, esta siendo ultrajada por un par de jóvenes con celulares.
Ya llegando a casa, en el semáforo de Cobos y Adolfo Calle, la nostalgia me invade. Abro mi celular y me tiento a mandarle un mensaje a La Tejedora. Al fin de cuentas, y más allá de sus agujas ¾, su romanticismo era como la lana para sus tejidos.
El semáforo se pone en verde y los 25 segundos que me otorga antes que se vuelva a poner en rojo, no me deja escribirle.
Ya en casa, luego de buscar información en Internet sobre este fenómeno, que atenta contra mi romanticismo, me decido por el plan “B”.
Escribir esta historia.

sábado, 9 de mayo de 2009

Taller Literario


Llego tarde. Encima que soy nuevo, me involucro cuatro clases después. Doce personas son las que están atentas a las palabras del orador.
Sin hacer demasiado ruido, trato de llegar al grupo de amigas que me alentaron para que hiciera este taller. Pero es imposible, así que me arrincono en un pupitre al lado de la puerta y lejos de todos.
El aula parecía devastada por una cantidad de alumnos muy superior a la de los bancos. El olor a encierro me hace acordar a mis años de adolescencia en el normal Nº1 de Trelew. Las manos me transpiran como si fuera a dar un examen.
El profesor termina de hablar y me da la bienvenida.
Todos saludan amablemente y yo me quedo absorbido por la mirada de una morocha que destellaba ansiedad por conocerla.
Casualmente estaba sentada al lado de mis amigas. Ahora me cierra todo. El tema no era perfeccionar mi escritura, sino conseguir inspiración. Pero estaba claro que no a través del profesor, sino de la amiga solterona que tenían en común.
En dos párrafos muy breves, el que estaba levantando una suma de 2600 pesos por mes dictando la clase, me explica lo que fueron haciendo a lo largo del mes.
- ¿Quién quiere leer el escrito que había que hacer para hoy?
La morocha carraspea pero el joven sentado delante de ella le gano de mano.
Un texto brillante, un verdadero iluminado pero que sin dudas le faltan años para que se de cuenta de su potencial, si es que llega ese “algún día”.
Todos aplaudimos. El profesor intenta ser imparcial, ya que tenía que repartir elogios para todos.
Un Ingeniero sentado estratégicamente empieza a hacer preguntas absurdas. Mis amigas ya me habían prevenido de este personaje que se niega a ser lo que es y se anota en talleres como éste.
El profesor, intenta recordar el aporte que ese profesional invierte en la causa y le contesta rápido y conciso para que sus preguntas no contaminen al resto.
- Mercedes, creo que querías leer tu escrito – le dice el profesor a la morocha que ahora con nombre propio, vislumbra mis ojos.
- En verdad, y después de escuchar lo de recién, lo mío creo que es de infantes.
Todos ríen, pero yo la sigo observando sin pestañar. Y ella se da cuenta, y mis amigas también.
- Todos tenemos que empezar alguna vez. Dar el primer paso. Creo que hay mucho potencial en esta aula y quiero descubrirlo- Comenta el profesor.
Mercedes esboza la tarea de la semana. La misma consistía en redactar un acto del día. Cualquiera, pero con suficientes fuerzas y energías como para darnos cuenta que a veces, el tiempo se detiene lo suficiente para poder observar y describir un momento como solo los escritores suelen hacerlo.
Cuando ella levanta la mirada de su hoja, soy el primero en aplaudir para seguir con el ritual del aliento a cada uno de los presentes. Aunque reconozco que había también algo de interés, más allá de lo fresco del escrito.
- Lo mío es un robo.- dice ella tímidamente
Todos ríen con el comentario de la autora.
- Si es por robar, tendríamos una larga lista de autores, empezando por los de autoayuda.
Su comentario me molesta de principio. En ese lugar es muy arriesgado arrojar un comentario de semejante tenor. Un tenor que me pareció más graso que Light.
Levanto la mano algo enfadado y mis mejillas sonrojadas de la calentura.
- Usted cree que todos aquellos que publican un libro con algo de inmadurez literario, ¿roban?
El profesor se dirige hasta su pupitre para dejar bien claro cuál es el orden de mando. Yo me atrinchero en mi pupitre y dejamos que comience la balacera.
- No es que roben, pero el común de la gente confunde literatura con estos autores de turno.- arroja con altanez mientras se pon unos anteojos que lo hacen mas intelectual.
- Usted dijo que roban y para mí, aquel que edita su libro, más que ladrón es un valiente.
- También hay ladrones valientes- dice el profesor, mientras se arremanga las mangas de su camisa.
- Seguro estamos de eso, como también sabemos que no existen escritores cobardes.- comento algo sacado y en un tono que nada tenia que ver. Más en mi primer día de entrenamiento.
El profesor hace un alto el fuego y se da cuenta que sin querer se puso a batallar en una guerra a la cual no era invitado desde hacía mucho tiempo.
- ¿Alguién puede decirme a que viene todo este rollo?- comenta distraído para llamar a la calma.
La risa volvió al aula y todos nos distendimos. Vuelvo a levantar la mano.
- Solo quise defenderme o mejor dicho defender a Mercedes.
Todos volvieron la vista a ella que ahora se escondía entre sus papeles, mientras mis amigas hacían ruido como de gente que no quiere reírse.
- ¿Defenderla de que?
- De que entienda que escribir no es robar. Es un acto de valentía. Y por suerte o desgracia, esto no se aprende en ninguna universidad ni en ningún curso y mucho menos en un taller literario.- sonriendo para desorientar al maestro.
- ¿Entonces? – dice entre desconcertado y enojado.
- Entonces, sería bueno saber que para que un pecado sea concretado, como dice la Biblia, una de las condiciones es justamente saber que estamos cometiéndolo. Sino, no lo es.
El profesor ahora ríe, entendiendo mi juego.
- De ahí lo de tu enojo por mi comentario acerca de los escritores ladrones.
- Algo así. Yo creo que si nos creemos escritores, lo somos. Que después no salgan las cosas como nos gusta es otro tema. A caso Borges tiempo después de ser considerado un referente literario, ¿no compró toda la edición de su primera publicación y la quemó?
- Es correcto. Estaba avergonzado de lo que había publicado.
- Yo solo, con esto quiero decirle a Mercedes, que no deje de escribir y que jamás vuelva a pensar que sus escritos son un robo. Al contrario, éstos tienen que ser primero un regocijo para su alma y luego, si los quiere compartir que lo sean para los demás, o no. Da igual. Pero no por eso debe dejar de hacer lo que tanto le gusta y que a mi gusto, tan bien le sale.
Mis amigas aúllan y mis ahora compañeros de clase golpean los bancos.
Mercedes, que se encuentra en medio de las dos trincheras, no sabe si golpearme o darme un beso. Ambas elecciones con la misma intensidad. Amor y odio que le llaman por ahí.
- Entonces, ayudame a dejar en claro algo que creo entendimos, pero que seria bueno reforzarlo. ¿a que se debe tu estadía en esta clase?
- A buscar la técnica que usted, según colegas suyos, tan bien enseña.
- Gracias por la aclaración y el elogio.
- De nada. Sepa que es un honor estar en este taller para mí.
- Caballero, para no dejar a su soldado Mercedes, en medio de esta trifulca, ¿quiere decirle algo más? – guiándome un ojo para que de la estocada final.
Me levanto y mirándola de banco a banco le digo:
- Quiero pedirle si su próximo escrito quiere compartirlo conmigo en algún restaurant de velas rojas y luces tenues.
El salón estalla de gritos y euforias. Mercedes sonríe más sonrojada que nunca en años o meses –aun no lo sé- me hace señas como que después hablaremos.
El profesor ríe y antes de seguir con la clase, se me acerca al oído y me dice en medio del bullicio:
- No se si aprenderás la técnica para escribir, pero de lo que sí estoy seguro es que la técnica para sacarle el teléfono a la chica que todos venimos buscando, la aprendimos hoy.

jueves, 7 de mayo de 2009

¡Tengo Aguante!


Hace tiempo, cuando mi oficio de escritor aun no estaba del todo desarrollado (¿ahora sí?), mis días como viajante me llenaban de experiencias. Hoy quiero compartir una de esss tantas aventuras que me trajo la Ruta Nacional 7...

A mi regreso de la ciudad de Buenos Aires, mi ciudad natal que me vió crecer hasta los 13 años, encaré la ruta 7 con destino a Mendoza, con más mercadería de la que cualquier viajante quisiera tener encima.
Milagrosamente y como muy pocas veces me pasa, salí temprano con el fin de no hacer noche en la ruta, ya que no me gusta dormir en estaciones de servicio.
Tractores a mi izquierda, luego a la derecha y así la misma imagen que se repetía una y otra vez, ante cada pueblo que atravesaba. Y todo gracias a las increíbles palabras, de una presidente nefasta (como los hubo siempre en la Argentina), que puso su sello bananero, atacando a los productores diciéndoles la frase, que Dios quiera pase pronto a los libros de historia… ¡Tengo Aguante!
Ya por la localidad de Vedia, la última parada para poder cargar gas (GNC) hasta llegar a Río Cuarto, me estacioné para tomar un rico café con leche.
Para los que conocen del lugar, saben que la estación, no tiene un Bonafide instalado, pero su café de máquina, es bastante rico. Por suerte ese día había muy poca gente, y para mi gusto, en una de las mesas que daba contra la pared de vidrio, posaba una hermosa señorita de aspecto similar al de Graciela Alfano, sólo que reemplazaba sus cumpleaños –más de cincuenta- con cremas en lugar de cirugías.
Sola, aburrida y mirando más allá de las cosas, estaba sacudiendo un sobrecito de edulcorante para un café que se estaba poniendo frío.
Con mis habilidades de cazador –novato por cierto- y mi necesidad de cariño ante el sexo opuesto, que ya llevaba dos meses de almanaque tachados, me senté en una mesa donde ella pudiera verme.
Mientras esperaba que me traigan el café con medialunas, busqué una excusa para acercarme a ella.
Se la veía bien vestida, quizá demasiado para un simple café de estación a las once de la mañana. ¿Una cita a escondidas?, ¿un amigo confidente que nunca llegó? O un café de reflexión, a solas, luego de una noche inolvidable. Pero su cara de aburrida no coincidía con ninguna de todas mis conjeturas.
Después de pensar y hacer todos esos análisis, que obviamente no me llevaban a ningún lado, recordé a una vieja amiga de la primaria, Marianela, que me enseñó con apenas doce años, que mis aires de Robert Redfordt en nada coincidían con la ropa que generalmente usaba, ya sea por las combinaciones o bien por el estado de la misma. Imagínense que mi esencia nunca cambió y si hubo alguna modificación fue para peor, ya que mi trabajo de viajante y con veinte picos de años más, llegaban a la conclusión que lo único que podía encarar en ese momento, era la puerta para ir al baño y arreglarme un poco.
Cuando volví, ya aseado y con la ropa en su lugar, mi café esperaba calentito en mi mesa. Al mirar más allá me di cuenta que había quedado solo y la mesa que más me interesaba, totalmente sin rastros, como si nunca se hubiese sentado nadie.
-¡Siempre tarde! – me dije.
“A la hora de encarar no hay que pensar” me decía un amigo, cada vez que salíamos a bailar. Por desgracia pasaron los años y lo sigo pensando, aunque ya no soy virgen.
Volví a la camioneta y emprendí nuevamente mi largo camino a casa.
No podía evitar pensar en el motivo de su huida. El café aún no lo empezaba a tomar y yo no me tarde más de cinco minutos!
Mis pensamientos machistas no pudieron evitar llegar a la conclusión que el amante de turno pasó a recogerla de apuro y con algo de retraso. Una amiga que tengo, con algo de sensibilidad en sus venas –Y ojo que ya no quedan muchas- hubiese reprochado mi patética conclusión y sacaría de su manga, su lado más femenino con un final mucho más de película. Nuestras charlas siempre terminaban en pelea y en este caso, hubiese sido de la siguiente manera: “Esperaba a su fiel marido que volvía del hospital, con los resultados de unos estudios que ella no se animó a buscar”. O cosas más románticas aún. Pero por suerte, ella no estaba y mi morbo, revuelto con mis necesidades de un macho en celo, no permitían ese tipo de reflexiones… como casi siempre me pasaba.
Ya llegando a un cruce, no muy lejos de la estación, diviso a una mujer de tapado rojo intenso haciendo dedo.
Una vez más mis patéticas reflexiones, habían sido erróneas. Era ella. Me paré unos metros más adelante y puse las balizas. Desvíé mi espejo retrovisor apuntando directamente a su cuerpo, que venía haciendo equilibrio sobre el pedregullo, ya que llevaba unas excelentes botas negras con taco alto y bien fino. –¡Como a mi me gustan!-
Llegó a la puerta del acompañante, bajé el vidrio –eléctrico por suerte- y apoyando un cuerpo que prometía me adelanté a decirle:
-¿Hasta donde vas bombón?- con cara de banana y necesitado.
-Hay mi sol, voy hasta San Luis- Me dice muy amorosa y con una voz de fumadora que tampoco se parecía a la de mi fantástica Graciela Alfano.
Por un momento intenté no pensar en el peligro al que me exponía -Sí, soy demasiado miedoso, ¿y qué?- Pero esta vez le hice caso a mi amigo de secundaria y sin pensar más le dije con voz firme:
-Dale, subite- Mientras tiraba algunas cajas para atrás.
-Siempre es bueno tener a alguien que te cebe mate mientras manejás- Le tiré, para que bajara la guardia y se sintiera más cómoda.
Ya en ruta, mientras ella se hacía del equipo de mate, yo buscaba una FM para ambientar el espacio y ganar tiempo para el chamullo.
-Vos sos la chica que estaba en el café de la estación, ¿cierto?
Ella se quedó tiesa. Dejó de agitar el mate, para sacar el polvillo a la yerba y respondió en forma seca.
-¿Estabas ahí vos? – mientras volvía a su labor del mate.
¡Mierda! Me dije. Esa chica de séptimo grado me engualichó. Éramos solo tres personas las que estábamos ahí. Evidentemente voy a tener que volver al gimnasio y cambiar mi guardarropa.
-En realidad estaba cargando combustible y no pude evitar mirarte. Creeme que no pasas desapercibida.
Supuse que esa respuesta, fue algo inteligente para no quedar como un estúpido.
-Gracias por el piropo, pero ese es mi problema cuando tengo que viajar.
-Al contrario, ¿por qué decís eso? – con voz firme y poniéndome en papel de padre, aunque casi me duplicaba en edad.
- Si realmente me viste, habrás notado que un camionero se ofreció a llevarme- Dando vuelta su cara para que no vea el dolor que aún llevaba dentro.
- ¡El muy cabrón quiso propasarse conmigo! – dijo muy enojada como si el mate fuera la cara de ese camionero.
-¡Pero así le fue también! – esbozando una sonrisa que sonaba a venganza.
Con ese comentario, mis fantasías de una aventura amorosa se esfumaron por la ventanilla.
- Gracias por levantarme, pareces un buen pibe – Tomando mi mano cuando justo estaba poniendo la quinta marcha.
¡Mujeres!… ¿quién las entiende?. Obviamente me enojé, pero mi cuerpo se empezó a revolucionar al sentir sus tibias manos, algo huesudas, encima de mí.
Bajé un cambio, de marcha por supuesto, intentando evitar su mano sobre la mía, ya que se me vino a la mente la imagen del ahora pobre camionero.
Ahí nomás y en forma verborrágica , empecé a hablarle sobre mi vida, que mi destino era Mendoza y vaya a saber uno cuántas estupideces más, con el sólo fin de saber si era yo y no ella, el que estaba confundiendo todo.
En medio de mi monólogo, ya que ella se limitaba solo a mirarme despiadadamente, mientras me acercaba mate tras mate, empecé a transpirar y bajé mi ventanilla para refrescar mi cuerpo y mis ideas, que cada vez eran más perversas.
Ella hizo un gesto de aprobación y colocó el mate a un lado para sacarse el fabuloso tapado rojo, con movimientos violentos ya que el espacio no era mucho. En medio de esa pelea, uno de los botones de la camisa que parecía chica, para sus dos atributos naturales, se desprendió haciendo que mis ojos no tengan otro destino que ese paisaje de montaña.
Creo que ella se dió cuenta de mi estado y decidió divertirse conmigo.
-Qué cantidad de bultos que llevas aquí adentro – Dejando que me diera cuenta que estaba mirando mi entrepierna.
- ¡Sí, sí! - Digo con cara de chico virgen asustado.
- Me parece que vamos a tener que dejar el mate, porque yerba… ¡no hay más! – largando una carcajada.
Ante semejante desliz, la miro desencajado. ¡Era la histeria hecha carne! No sabía si hacerla eyectar del asiento o romperle la boca de un beso. Seguí mirándola, ahora sin emitir un solo gesto. Estaba petrificado sin saber que hacer.
-¡Guarda! – Dice ella señalando hacia delante.
Clavé los frenos, me fui a la banquina y evité un choque contra otro auto. El motor se paró.
De repente, el ruido de unos bombos y cánticos hacia la presidente se hacen cada vez más fuertes, en repudio por la guerra entre el campo y el gobierno. Subí las ventanillas para tratar de reestablecer la magia que había, hacía unos segundos, mientras ella no paraba de estrujarse los pechos del susto, mientras respiraba agitada.
- ¡Pensé que nos matábamos, bebe! –
Quise decirle mil frases amorosas estúpidas como cumplidos, pero mejor que hablar es hacer, así que recordé al querido actor de “Rolando Rivas, taxista” y le estampé un beso en la boca, como si fuera el mejor Don Juan de la historia.
La tomé de la nuca con las dos manos y le dije muy excitado:
- ¡No se vos, pero yo me adhiero al paro!
Ella miró todo a su alrededor, vió que la camioneta tenía vidrios polarizados y volviendo su mirada hacia mi zona más erógena, refuta, quizá más caliente que yo:
-No te preocupes… ¡Tengo aguante!

miércoles, 6 de mayo de 2009

La Chica Hamburguesa


Mis días como padre divorciado casi siempre terminan, o mejor dicho empiezan en Mc Donald.

Sí, Sí, ya se. Está muy mal. Los chicos no se alimentan bien, no es de lo más económico y tampoco ayuda al diálogo con mi hijo (ya que se enloquece en el pelotero). Pero es mi mejor opción para que él pueda descargar toda su energía en el patio de juegos. Por otro lado, ¿quién dijo que mi cocina es más sana que la de esta gente?

Claro, que como en todo, hay que saber mirar el lado positivo de esta situación. En el caso de mi hijo se socializa con otros niños, aprende a defenderse de gente nueva, forja su carácter y no se alimenta de comidas usualmente quemadas o pasadas de cocción.

En el caso de los padres, la cosa cambia. Un gran cartel invisible tenemos sobre nuestras espaldas que dice “Soy separado y busco amante y cocinera”. En lo posible todo en uno, al menos en mi caso.

Así que para aquellos que digan que comer en estos lugares de comidas rápidas es malo, les daría la opinión de mi cocina, lastima que no habla. Pero es ella quien sufre los atentados, cada vez que pretendo asociarme con ella para una deliciosa comida.

Hoy martes, y calculo que por ser un cliente fiel, una empleada con vestimenta distinta a las demás –y sin ningún anillo en su dedo anular- nos invita a conocer este lugar desde adentro.

- ¡Hijo, vamos a conocer la cocina de papá! –

Mi hijo me mira sin entender nada. Con 4 años, solo aceptó la propuesta.

Una vez dentro veíamos que todo estaba impecable. Las normas de higiene y seguridad, lejos estaban de parecerse a las de mi casa.

En el pequeño recorrido –ya que el lugar no era muy extenso- me percataba que las miradas y sonrisas, en cada uno de los comentarios que la joven hacía, indicaban que mis normas de seguridad estaban cayendo precipitadamente.

De repente, Paula –así lo indicaba una chapita en su camisa- comenzó a hacer unos silencios que me incomodaban. Lo pero es que creo que los disfrutaba. Me sentía vulnerable. Estaba sorprendido por la actitud de la guía. Nunca pensé que me estaba mirando con ojos de otra clase de cliente. Eso me tomó por sorpresa y me dejó tieso.

Ella siguió abusando de la situación y yo comencé a hacer comentarios tontos a mi hijo, y así tapar algunos huecos.

Por suerte el recorrido finalizó y mi hijo se hizo acreedor de una gaseosa y otro muñeco (ya habíamos almorzado cajistas felices).

Ella se acerca para saludarme con un beso en la mejilla, pero en el trayecto cambia de idea y se acerca a mi oreja.

-Más te vale que me dejes tu celular.

Fue un susurro, que lo disimuló muy bien mientras hacía una sonrisa típica de una madame de prostíbulo.

-Agradecidos por el recorrido, Srta Paula… -señalo el patio de juegos- estaremos un rato en aquel sector.

Una vez sentado, tratando de entender lo sucedido y más que nada mi actitud de hombre casado que no quiere problemas, observo como “La Chica Hamburguesa” vuelve al ruedo, ahora invitando a otros padres a realizar el recorrido. Recorre mesa por mesa, dejando la mía, para el final.

Apuré sus intenciones y empecé a revolver mis billetera. Solo encontré una vieja tarjeta de mi antiguo trabajo. Así que, taché los números viejos y dejé mi celular en la parte de atrás.

- Gracias, pero creo que ya hicimos ese recorrido.- Digo algo apurado mientras dejo sobre una esquina de la mesa, mi vieja tarjeta personal.

- No hagas que te llame. Me encantaría que estés en la puerta a las 8 en punto.

El resto del día, solo me concentré en pensar una coartada para que mi ex esposa, sin poner quejas, recibiera a mi hijo una hora antes de lo pactado.

Al acercase el inicio de clases y mi ex adivinar que mi llamado tenía fines, casi comerciales –ya que nunca llamo cuando estoy con mi hijo- jugó de mano su primera carta. Despotricó contra todos los gobiernos de turno, debido a las subas de precio en útiles escolares y ropa de ocasión para tal fin. Obviamente, no tuve otra opción que entregarme como un genio a su amo y ofrecerle el dinero en cuestión.

Ya más calmada, y entendiendo el juego, supo que una mano lava a la otra y dos la cara. Así es que Paula tenía a su príncipe azul –bastante desteñido-, en la puerta como lo había solicitado. Me sentía como un delivery de amor, o sexo, vaya a saber uno.

- ¡Por Dios! ¿Este pedazo de hombre está esperando por mí?

Le hago un símbolo de tamaño con mis dedos.

- Un pedazo así, diría yo.

Ambos largamos una carcajada y el poco hielo que quedaba de la relación, se esfumó.

- Ya veremos cuán modesto sos al hacer ese gesto.

Entramos al auto y pregunto hacia donde quiere ir.

- ¿Mi belleza te ha dejado tan tonto, que ya no recordás el camino a tu casa?

Por un momento me había olvidado que llevaba un cartel que decía “DD: divorciado desesperado”.

- Ponete el cinturón de seguridad, porque yo no pago multas de otros.

- A sus órdenes mi general – riéndose de su gastada.

- Paula, ¿no sos demasiado joven para tenerla tan clara?- Comento enojado porque, según las apariencias me llevaba como diez años menos y me estaba haciendo sentir que era la mujer de la relación.

- Puede ser, pero te aclaro una cosa. Mi nombre no es ese. Me llamo Laura.

Me quedo sorprendido mirándola. ¿A caso leí mal?

- No estás loco. Lo que leíste era Paula, solo que la empresa, cuando tiene dos personas con el mismo nombre de pila, rebautiza a la más nueva, en este caso, Paula.

En uno de los semáforos, se desprende el cinturón y toma mi arma por sorpresa. Luego siguió con mi boca, con la cual se detuvo, luego de recibir insultos y bocinazos de los conductores que estaban detrás.

Gracias a Dios que no hubo más semáforos hasta mi departamento. Subimos los dos pisos por escalera como pudimos. Éramos un solo nudo y ninguno se preocupaba por llegar. Cualquier escalón era bienvenido.

El hecho de buscar la llave, abrir la puerta -que tiene sus mañas- y encender las luces, calmó un poco el fuego que se estaba gestando. Mientras recuperábamos el aliento, tomamos distancia para reconocer nuestros cuerpos.

- Debo decirte que la vestimenta de tu trabajo, no favorece en nada tus curvas.

Ella abre la heladera como si estuviera en su casa, saca una botella de agua y comenta entre trago y trago.

- Las chicas decimos que la ropa parece diseñada por un novio celoso.

- Demasiado celoso, diria yo.

Le saco la botella y repito su ritual de tomar del pico.

- ¿Y vos? Trabajas en una empresa de software, ¿cierto? – mientras saca mi tarjeta de su cartera.

- Hasta hace algún tiempo, si.

Me hago el desinteresado y pongo el agua para tomar algo, pero la siguiente pregunta fue inevitable.

- Entonces, ¿a que te dedicas ahora?

- ¿Un par de besos y ya debo someterme a un cuestionario prematrimonial? ¡Esto si que es ir rápido!

- Tonto, solo me gusta escucharte. Ese tono porteño me mata.

Sabía que iba a seguir insistiendo. Pensé en cientos respuestas falsas. No quería que mi profesión de escritor, la flasheara y le hiciera creer cosas que no son (qué tendrá de raro o místico esta profesión, pero para bien o para mal, llama la atención).

- En verdad, realizo algunos trabajos para España vía Internet.

Ella pone cara de interesante y comienza a acercarse lentamente. Yo me doy vuelta y agarro el mate para prepararlo, aun sin saber si a ella le gusta.

- Mmm, No serás un integrante de la ETA, ¿cierto?

Comienza a respirarme en la nuca y yo me tiento por su chiste pelotudo.

- ¡Que boluda que sos! Me parece que las lombrices de tus hamburguesas te están haciendo alucinar.

- ¡Te descubrí! –grita agarrándome las bolas- ¡Sos el James Bond Argentino!

Los dos comenzamos a reir, pero ella sigue con su mano ahí.

- Será mejor que entregues tu arma.

- ¿Que la entregue o la deje caer?

- Solo apóyala en un lugar seguro – susura con voz de doblaje porno.

Dejamos la risa para otro momento, y fuimos directamente al dormitorio.

Lo que comenzó de una manera tierna, con el correr de los minutos, se convirtió en un salvajismo desmesurado.

- Estas sana- Digo agitado.

- Si lo decis por las hamburguesas, no.

Otra vez no pudimos evitar la carcajada.

- ¡Shh! Escucha. – le digo sorprendido.

- Que cosa, no siento nada.

No termina de decir eso, que se para en la cama horrorizada tirándome al piso y con las sabanas envueltas sobre su cuerpo.

- ¡No me digas que hay ratas! – Dice con una voz seca.

- No boluda, -agarrándome la cabeza- era mi erección que se fue con ese chiste pelotudo de las hamburguesas.

Ambos volvemos a la posición horizontal y me pide que la abrace. Aun le quedaba algo de miedo.

Luego de unos minutos de caricias y ronroneos, volvemos al ruedo.

- ¿En serio se fue tu erección? – dice con voz ratonera.

- ¿Te gustaría que la volvamos a llamar con mi boca?

- Eso sería una gran idea…

Finalmente, acabamos los dos mirando el techo. Ella busca un cigarrillo de su cartera y vuelve a la cama y también a las preguntas.

- Por cierto Bond, ¿qué hiciste con los forros saborizados de Coco y Vanilla?

- ¿Perdón? – digo entre asustado y enojado.

- Srta Laura, ¿hay algo que quiera contarme que yo no sepa?

Ella larga una carcajada y se ahoga con el humo del cigarrillo.

- Note asustes, solo quería saber que tan cierto era ese escrito tuyo en el blog.

¡Mierda! Cómo puta sabía de mí. Un solo libro hace más de un año y un blog personal, no hacen conocido a nadie. Las ventas del libro, solo me alcanzan para vivir casi dignamente. O sea que por plata tampoco.

- Ahora, decime con quién hice el amor, ¿con el personaje o con el escritor?

Sigo con cara de pánico. Ella se divierte de la misma manera que cuando me enseñaba la cocina de su trabajo. La estoy empezando a odiar.

- ¿Cómo supiste de mi?

- Con las chicas del trabajo siempre nos codeamos cuando llegabas con tu hijo. Un día pagaste con la tarjeta y nos quedamos con tus datos. Una de las chicas googleó tu nombre y desde entonces, en las juntadas leemos tus historias.

- Entonces todo esto…

- Sí, también es a pedido de ella. Acordemos que me encantás, pero resultaste ser tal cual tu personaje y eso hizo que no resultara difícil lograr el objetivo.

- Tenemos muchas preguntas que queremos hacerte, “Sr Escritor”.

- Nada de preguntas, son solo escritos. Lo que no hay en ellos, no lo vas a encontrar en mi cama.

- ¿Qué hay de “La Tejedora”? Ella si que te ha dado un revés. ¡Es nuestra Heroína!

La miro algo desorbitado ahora. Realmente estaba metiendo el dedo en el ventilador.

- La miro algo desorbitado ahora. Realmente estaba metiendo el dedo en el ventilador.

- Y si a las pruebas me remito, hay que tener ovarios para darte de tu propia medicina.

Como un boludo me enganché en su juego.

- ¿Te parece que me merecía eso?

Ella, simula que agarra un celular y habla con sus amigas “Chicas, ¡lo confirmé!”. Luego se me ríe en la cara con una alegría que parecía haberse sacado la lotería.

- ¡Te merecías eso y mucho más! Pero no lo escuché de tu boca. Es cierto, ¿existe?

- No solo existe, también escribe. Y muy bien por cierto.

- Entonces… -hace gestos de sacar cuentas- ¿ella es la misma que la del escrito “Taller Literario”?

- Creo que es hora de preparar un café bien negro.

Ella gritaba de alegría, estaba más que feliz, y no justamente por lo sucedido en la cama. Otra vez el personaje ofuscó al escritor.

Ya desde la cocina, le grito:

- No se por qué, comienzo a sospechar que este encuentro tiene olor a investigación privada.

- No te persogas, solo queremos saber más acerca de tus historias.

No quise ser descortés, pero algo ya me empezaba a molestar de ella y antes de apretar el botón eyector quería saber exactamente que era.

- De alguna manera seguís enamorado de “La Tejedora”, ¿cierto?

Ahí estaba la molestia. Sabía que en cualquier momento me iba a dar la estocada final.

Vuelvo a la cama con la bandeja y los dos cafés. Hecho edulcorante en el de ella y azúcar en el mío y le respondo,

- ¿Por qué debería responder a esa pregunta?

Ella pareció no escucharme. Estaba concentrada mirando el café con su mandíbula desencajada.

- Cómo carajo te animaste a poner edulcorante en el café sin siquiera preguntarme si tomo y cuánto.

No le doy importancia a lo que dice. En verdad poco me importaba, estaba enojado con ella por sacarme la ficha, y esa actuación de “soy genial” no me iba a comer.

- Ves, tenés esa cosa de papá. De protector, tu seguridad tu forma de actuar con nosotras. Estar en los detalles.

- Gracias por los elogios, pero creo que aun seguís enganchada con el personaje. Ese no soy yo.

- Sos uno solo, y sos especial.

Le hago caras de persona aburrida para que cambie de tema.

- A propósito, estudias psicología o periodismo.

Ella justo estaba tomando un buen sorbo de café y me levanta la mano haciendo un dos.

- Ya me parecía.

- ¿Te molestaría mucho dejar de seducirme? Soy pendeja pero no boluda. ¡No paras!

- Creo que te gustaría, en este momento, salir corriendo. Algo me dice que te estas enredando en tu propia red.

- Con tener el teléfono de la tejedora para que me salve, sería suficiente.

- Creo que esa llamada puede esperar todavía.

- Si vos lo decis…

Ambos dejamos las tazas en el piso y esta segunda vez, el romanticismo se impuso sobre el canibalismo. Quizá porque ya habíamos engañado al estomago y también al corazón.

Ya frente a su casa, le abro la puerta del auto para despedirla.

- Supongo que acá termina todo.- dice ella algo consternada.

- Supongo que sí – acariciando su rostro cabizbajo-… al menos así terminan mis escritos en el blog.

Me da un último beso, y con una mirada, lejos de ser la me acechó en su trabajo, me dice “adiós”.

Ambos retomamos nuestros caminos. Ella pone la llave en la cerradura y yo desde el auto, no puedo evitar contenerme. De alguna manera esa joven mujer, supo encontrar el escritor y al personaje en la misma cama. Y lo mejor de todo, es que supo como hacer para que yo no la convirtiera en una historia de más de blog. De verdad sentía que la quería.

- Por cierto, el martes le prometí a mi hijo llevarlo a ese lugar feo donde trabajas.

Ella seca sus lágrimas con su puño y se da vuelta sorprendida.

- Supongo que eso no es muy sano… para tu hijo.

- ¡La vida no es sana! Pero en este caso vale la pena, si el resultado es una hermosa sonrisa.

- Seguís haciéndolo, ¿sabías?

- Solo me dejo llevar por lo que siento.

- Mmm, ¿O estas buscando un remate para el final de tu próximo escrito?

Salto con la mano levantada como un chico que le pide a su maestra ir al baño porque se hace pis.

- ¡Yo, yo, yo!… Prefiero verte el próximo martes.

Ella se ríe con algo de bronca.

- Creo que estoy empezando a sentir la fuerza de ese mito llamado “La Tejedora”.

- La escritura me llama, es hora de irme.

Ella saca algo de la cartera y veo que sus intenciones no son buenas. Arranco y veo por el espejo que me revolea un muñeco de esas cajitas felices.

Trato de esquivarlo pero su puntería es excelente. Y se mata de risa.

lunes, 4 de mayo de 2009

La mujer disfrazada de Keats




Llegué temprano al cine. El Shopping casi no tenía gente y en el sector de entrada al complejo solo había un puñado de personas, esperando como yo, para sacarse el aburrimiento.

La fila para comprar pochochos, tenía otro tanto de personas. Una madre intentando hacerle upa a su hijita de apenas 45 kilos; un hombre de unos 50 años al estilo Sean Connery, con una barba que desprolija, pero que, al verle un libro en la mano, me di cuenta que era otro cazador de mujeres imprevistas. Dos jóvenes que no reprimían sus hormonas, cada vez que se rozaban y dos viejitas que estaban más para tocar el arpa que la guitarra, completaban el espectáculo previo.
Cómo los pochoclos no me gustan, porque me dan mucha sed, y mucha sed me obliga a tomar Drogacola, y querer más Drogacola, lo que implica sacar plata de mi billetera, cosa que no abunda, me quedo observando y pensando que sin plata y con panza, no soy un buen candidato para captar mujeres, lo que me pone en una perspectiva desesperante. En fin, me acerco al que corta las entradas, pero me las devuelve, ya que la sala aun no estaba disponible.
Busco un asiento cerca de la cartelera para distraerme un rato, pero no pude evitar visualizar a una chica leyendo un libro (y no parecía de autoayuda, por suerte).
- Guau! – digo mientras busco en el bolsillo de mi saco, unas pastillas Tic Tac de naranja.
Ya no quedan casi lectoras y crease o no, para mí un libro en manos de una mujer, es como un buen perfume en su cuello.
Busco en la cartelera si relaciono una película con algún libro, pero nada. Aparentemente, el objetivo era del palo. Así que, disimuladamente vuelvo a tickear la entrada, con el fin de que me rebotaran nuevamente y así pasar por al lado de ella y confirmar el título del libro.
Su belleza era tan interesante como el libro que tenía ante sus ojos.
“Poemas”, de John Keats. ¡Que alguien me salve de esta belleza disfrazada de mujer solitaria!
Ante una situación así, usaría un término muy masculino, pero que solo sucede en las mujeres, así que imagínense mi emoción cuando encontré a ese terroncito de azúcar, ¡leyendo a un poeta del siglo pasado!
Por desgracia, mi aspecto, poco tenía de escritor, profesor, o algo por el estilo. Por lo tanto, no había nada que pudiera hacer, para que ella sacara los ojos de esas bellas estrofas. Y mucho menos para canjearlas por mi aspecto deteriorado debido a mi soledad y mi oficio.
Aun tenía que esperar unos diez minutos para entrar a la sala. Pensé en acercarme, pero si estaba leyendo a Keats, qué mejor que contemplarla.

Me quede extasiado recorriéndola descaradamente con la mirada, la mandíbula desencajada, buscando una excusa para abordarla, vislumbrando el día después; pensé en tirar deliberadamente la entrada al piso justo al pasar delante de ella… si surtiera efecto mas tarde pensaría….

“No se como, logré que ella me de bola a la salida del cine y diez años después, nos encontramos viviendo juntos, en un lindo Depto vaya a saber donde”.

- ¿Por qué conservas ese libro en la mesa de luz?
Dice mi terroncito que aun no apagaba la luz de su lado de la cama.
- ¿Cuál? – digo yo, boca abajo, con la cara en la almohada, algo cansado por el buen momento previo a la lectura.
- El de John Keats
- ¿En serio me lo preguntas? – incorporándome
- Sí.
- Ese poeta me salvó de seguir naufragando en un mar de corazones tibios.
- ¿Todavía tenes ganas de hacerme el filo?
- ¿El filo… nada más?
Ambos empezamos a reírnos, mientras mis manos buscan sus debilidades. Desarmamos la cama, pero la risa es más poderosa. Pido un tiempo para recuperar mi aliento, mientras ella levanta los libros que cayeron de su lado de la mesita…

Un cuerpo algo exuberante para definirlo como ser humano, me saca de mi película, de mi sueño.
- ¡Qué miras pavote!
Lo miro como quien recién se levanta y encuentra un montón de amigos en el dormitorio despertándote a las apuradas.
Seguido de mi respuesta con esa expresión, una trompada llenó de murmullos el lugar. Lo próximo que observo, fue a mi terroncito yéndose abrazada a la morsa vestida jean y un pañuelo en la cabeza (solo le faltaba la moto, que por suerte no la tenía sino también me pisaba).
Trato de acomodar mis ideas y mi ropa, mientras intento fallidamente levantarme. De repente, alguien me toma del brazo para quedar de pie.
- La próxima vez, tendrás que ser más discreto con esa reina de hadas.
Mi sorpresa fue mucha, al ver que esta persona que me doblaba en edad, tenía los mismos gustos que yo. Salvo por los pochoclos que ahora se caían ya que con una mano tenía un libro y la bolsita, mientras que con la otra me levantaba agarrándome del codo.
- Cuanta verdad, amigo. – le digo mientras sacudo mi saco y veo como el alrededor seguía como si nada hubiese pasado.
- “La belleza es la verdad… la verdad es belleza”- dice recitando con una mano en el corazón.
- “Esto es cuanto sabes… y saber necesitas”- remato esa cita que me devolvió la sonrisa.
- ¡John Keats!– decimos a la vez, citando al autor de esa gran verdad, de esa gran belleza.
- Mi nombre es Damian.
Nos damos la mano, y me muestra su entrada. Teníamos la misma sala.
- Creo que la película está por empezar.
- Entonces, vayamos ¡A por ella!. – le digo con un gesto pícaro.
- ¿Por quién? ¿Por la película? – Dice siguiéndome el chiste.
- No, por Ella – haciendo comillas en la palabra ella, con mis dedos.
- Entonces, ¡vayamos por la verdad!

… Esta vez, “Sean Connery” me ha salvado.

martes, 28 de abril de 2009

La Petite Mort



Luego de medirme la oreja con una regla que encontré en la sala de espera en el Psiquiatra (vaya a saber uno que hacía una regla entre tantas revistas), la secretaria me llama para pedirme los datos de la obra social.
Cinco centímetros de oreja. La secretaria, que también es cómplice de mi blog y mis locuras, se ríe al ver que entro con la regla y mis dedos, dejando en claro una medida.
- No se qué es, pero es chico – dice sin mirarme y sin poder contener la risa.
Ahora giro mis dedos, enseñando que no es justamente alto, sino ancho, mientras la miro fijo y le levanto mis cejas.
- Bueno en ese caso, retiro lo dicho.
- No, de todas maneras sigue siendo chico.
- …Si usted lo dice.
Ambos reímos. Pero ella insiste en reírse y lo hace nerviosamente, como para que yo siga acotando, pero me callé. Estaba idiota.
La verdad que no me caía bien, al menos hasta ese momento, ya que cumplía con todos los requisitos para matarla (y no justamente en la cama), pero bueno, eso será motivo de otro posteo.
- El Dr. te está esperando abajo.
Mientras busco las escaleras para llegar al consultorio, me doy cuenta, sin mirar, como se queda mirándome, pensando vaya a saber que. ¡Cómo me molesta eso! Entonces, me doy vuelta a propósito para decir algo, al igual que lo hacen esas minas que llevan un jean encarnizado, solo para dejarla en evidencia. (no hace falta que explique el quilombo que hizo girando su cuerpote y tirar todo lo que tenía a su alrededor).
Ahora sí, bajo satisfecho, dándole más motivos a mi idiotez para que siga en mi cuerpo un tiempo más.
Ya sentados con el Dr. frente a frente (en esos sillones lejanos), mi idiotez no me permite decir nada. La guerra del silencio comienza. El Dr. se acomoda y ajusta sus anteojos, dejando otra vez enseñarme una leve sonrisa, para que diga algo.
- Bueno, sí. Estoy idiota, ¿y qué?
Me sigue mirando sin inmutarse.
- Dr. estos juegos que ustedes suelen hacer para que hablemos, no esta dando resultados. ¿Por qué nos hacen esto?
- ¿A caso no estás hablando?
- Bla blabla bla bla bla
- Bla bla blaabla bla (tampoco les voy a contar todo lo que me pasa, ¿no?, hay que mantener algo de mística).
Más pastillas, más dosis. Más locura. Eso sí, ya sin la idiotez.
Al salir, ya se había hecho de noche. Y la Sexta Sección (barrio de Mendoza) se vuelve muy oscuro.
Mientras cierro la puerta, trato de recordar donde puta dejé el auto.
- Epa, epa, epa. Mirá lo que se guardaba la noche.
Me pongo de frente a la mujer que me acaba de intimidar, pero aun así, la falta de luz y de mi memoria, no me traen el más vago de los recuerdos.
- Hola – Digo con cara de nada, tratando de ver si en esos segundos recupero la memoria.
- Farmacia, remedios, cajón de muertos, ¿te recuerda algo?
Trato de poner mi mejor cara y adivinar. Pero nada. Estaba siendo descortés. Y la verdad, que sin el guardapolvos, se veía interesante.
- ¿Puedo pedir otro comodín?
- ¡Ja Ja! No, pero está todo bien. Trabajo en la farmacia. Compraste unos remedios, te di mi celular, hice algunas bromas pesadas, me expuse a tu juicio, pero no alcanzó. Nunca me llamaste (Ver: a la salida del Divan).
- Creo que ya te recuerdo. – En verdad recordé aquel momento donde me creía el hombre araña.
- Veo que seguis con medicaciones – arrancándome las recetas de mi mano.
- Parece que soy un loco, nomás.
Se pone a leer y mueve los labios como quien reza en voz baja. Empieza a rotar las recetas como si fuera un mazo de cartas y su expresión de no poder creerlo, me intimida un poco.
- De verdad, ¡estás hecho mierda!
- Creo que te lo mencioné aquella vez en la farmacia.
Ella se ríe y aprovecha ese gesto para abrazarme y darme un beso en la mejilla.
- ¿Me acompañas unas cuadras?
- Depende, tengo el auto por acá, si querés te acerco.
- Prefiero caminar, la noche está increíble.
- Bueno, vamos.
Y ahí estaba yo. Como un perrito con su collar controlado, en este caso por la farmacéutica. ¿Por qué acepté ir, cuando ni siquiera se a donde me llevan? Esto del SI fácil, me está llevando vaya a saber donde, y la verdad estaba cansado para hacerme el Jim Carrey como en la película ¡Si Señor!
En el caminar, sus tacos hacían más ruidos que sus palabras. Y con cada uno de sus pasos, ella rozaba mi antebrazo con el mío. “Acá hay olor a telo”, pensé.
No recuerdo que estaba diciendo para matar al silencio que cada vez era más ensordecedor. Llego a una esquina y ya no siento su brazo tocando el mío. Cuando estoy por bajar el cordón, su mano me agarra del codo y de un empujón, me lleva en dos pasos, hasta una pared, que un foco quemado ya no alumbraba. Era un pasaje muy angosto, donde apenas había espacio para un auto y por supuesto, sin veredas.
Mis músculos se ponen en guardia, y ahora soy yo, quien controla la situación, tomándola de los brazos y empujándola con mis besos, hasta el rincón más oscuro del pasaje. Sus piernas debilitan las mías y su boca de anchos labios inferiores, me saca hasta el último suspiro. Una caricia mía sin permiso, acaba con sus fuerzas. Mi pecho suena como un tambor. Los besos poco a poco, dejan de ser húmedos y ruidosos, hasta volver a su tamaño original. No abrazamos y ella apoya sus pensamientos en mi corazón y la escucho murmurar.
- Petite Mort… Petite Mort- rasgando mi camisa con sus uñas, algo cansada.
Quise preguntar que estaba diciendo, pero preferí llamar al silencio. El momento, aun era sublime.
Luego de una eternidad –que quizá fueron unos segundos- ambos nos acomodamos las ropas, buscamos la mirada del otro, bajo una luna que aun no alumbraba y luego de otro abrazo y un beso con suspiros incluidos, encaramos los lados opuestos de la calle.
- Creo que todavía guardo el ticket – arrojo tímidamente, ya con unos pasos de distancia.
Ella consigue darme la mejor sonrisa de una niña pura. Me arroja un beso y ambos volvemos a nuestros caminos.
- ¡Donde puta dejé el auto! – mientras camino apurado, pensando lo peor.
De repente el tema de Laura Pausini “Entre tú y mil mares” me paraliza. Era una llamada de La tejedora.
- ¿hola? – digo temeroso.
- ¿Cómo andas nene? – con una voz que sonó como si nos hablásemos a diario.
- Yo bien, pero… ¿vos estas bien? – tratando de entender su llamado.
- ¡Ja, ja, ja! Sí, todo bien. ¿te sorprendí?
- Digamos que algo así – mientras miro a todos lados pensando que me ha estado viendo.
- Vos que le haces al francés, ¿te puedo hacer una pregunta?, ya se que llamaste vos, pero sacame de una duda.
- Decime…
- Que quiere decir Petite Mort.
- ¡Sos un choto! Tuh, tuh, tuh, (cortó)
No se que hice, pero la cagué otra vez. Y esta vez, no solo me quedé sin ella, sino también sin auto. El espacio vacío me confirma, que me lo acaban de afanar.
Continuará…

viernes, 24 de abril de 2009

Otra Vez al Diván

Mucho tiempo pasó, desde que estuve con mi psiquiatra. Y muchas cosas me han pasado en ese lapso donde la Ritalina abandonó mi cuerpo para hacer estragos con mi vida.
La alegría al vernos, fue mutua. Una sonrisa pícara nos abrazó y nos acomodó a cada uno en uno de los sillones.

- Esta distancia que dejás entre tu sillón y el del paciente, ¿es por si alguno se te hace el loquito? – pregunto descontento por la frialdad que eso significaba.

El Dr. Larga una carcajada.

- Siempre el mismo vos. ¿No cambias más, eh?
- Ni con toda la Ritalina del mundo.
- Eso sería mucho.
- Depende – digo dudoso.

Ahí nomás el Dr. Se pone los lentes de lectura y entiendo que sin querer o queriendo empieza la terapia.
Por supuesto que abandonar el tratamiento y volver al año, no era fácil de explicar en breves oraciones. Mucho menos siendo una persona tan verborrágica como yo. Así que mi amigo y Dr. se toma mas de una hora para tratar a este loco lindo, que hace con sus escritos, un momento de lectura rápida y amena, cuando el poder del ojo marrón lo llama al trono.

- Te hago una pregunta, lo que escribis, ¿es todo cierto?

Lo miro como si se me desenfocara de mis lindos anteojitos seductores.

- No se por qué, Dr. Me suena que su pregunta poco tiene que ver con el tratamiento.
- Por favor, todo tiene que ver con todo – enseñando una sonrisa por uno de sus costados de la cara.
- Entonces, la publicidad que dice: un amigo es un psicólogo, ¿es cierto?
- En realidad, un psicólogo puede ser un amigo, pero en este caso, soy tu psiquiatra.
- Mmm –mirándolo con ojos de chino- Me parece que Ud. está abusando de ese diploma que tiene en la pared.

Ambos nos reímos. Y el empieza a recordar algunos pasajes de mis historias blogueadas.

- ¿Por qué todos me preguntan que hay de cierto y que de verdad, Dr?
- Porque tenemos la posibilidad de hacerlo. Con un libro es imposible dar con el autor.
- ¿Y si el que pregunta es el psiquiatra del escritor, mucho mejor?

Las carcajadas ahora hacían encrespar los nervios de los que esperaban al otro lado de la puerta.

- Mire, eso es algo que me lo voy a llevar a la tumba. Mi respuesta genérica es la siguiente: Conoces el principio de Pareto, 80/20? Bueno, igual.
- Pero no todos son del mundo comercial, como vos, para saber sobre esa regla.
- Obvio, para eso existe ¡Google!
- Entonces es 80 por ciento verdades y 20 por ciento ficciones, ¿o al revés?
- Usted no ha sido sobornado por La Tejedora, ¿cierto?
- Entonces, ¿existe? – ambos volvemos a reír pero ahora tapándonos la boca.
- Volviendo al tema, necesito pedirte que esta vez, no dejes el tratamiento. Vos tenes que pensar que tu cerebro es como un disco rígido que falla. No es un virus ni un gusano informático, simplemente falla. Lo cual se soluciona con una simple pastilla y con la ayuda de unas simples tareas, que ya sabes cuales son.
- Buena analogía Dr, diría mi amigo el Pelado.
- Si miras tus posteos, te das cuenta de cómo sube y baja tu TDA (trastornos de atención). Hay meses que te desgracias escribiendo y otros, que nada.
- Prometo incorporar esas pastillitas a mi dieta diaria.

Luego de unos consejos sanos de un Dr. que realmente sabe del tema en Mendoza, se levanta y se dirige hacia uno de los rincones del consultorio, para ir en busca de unos remedios.

- Disculpeme Dr, pero usted…
- ¿Si?
- Usted es un hijo de puta
- ¿Y esa conclusión? ¿Puede explayarse por favor?
- Si, por supuesto… Tras que, los que venimos y nos sentamos en este sillón, alejados del que sabe, tenemos que someternos a la difícil pregunta de entender si ese mueble que usted tiene, está con todas las patas muy torcidas, o es que nosotros ya vemos boludeces.

No puede evitar volver a reírse.

- Lo hace a propósito para no darnos el alta nunca y usted puede seguir llenado sus arcas, ¿cierto? ¡Confiese! – digo muy gracioso pero con cara de sacadito, a lo Brad Pitt, en la película 12 monos.
- Me hiciste acordar que también debo darte unas píldoras para la fatiga cerebral.
- ¿Por qué, Dr?
- ¡Porque estas hecho MIERDA!

jueves, 23 de abril de 2009

El buey solo bien se lame

Así me dijo un día mi padre, en uno de esos viajes a Quilmes a ver unas tías abuelas turcas (en realidad árabes). El Ford Falcon modelo ´71 nunca taxi, que en realidad develó su verdadera identidad al rascar un poco pintura negra del techo, fue la calabaza que hizo que nuestro almuerzo dominguero, se convirtiera en Fatay, Kepe crudo, cocido, fideos con estofado, vino de damajuana para los más grandes y agüita fresca para los más chicos. (¡minga gaseosas!)
El Felipe (pan de mesa) era nuestro aliado a la hora de esperar todo ese manjar que las tías ofrecían como muestra de amor, ante un viaje que solo su sobrino era capaz de hacer para mantener a la familia “unita” (ya que todas estaban casadas con tanos de pura sepa).
Obviamente la radio era AM, nada de FM y mucho menos de MP3 o cd. A lo sumo un casette de Valeria Linch que hacía que la humanidad se fuera del cuerpo para no escucharla acompañada de los cánticos de mi santa madre.
Pero era domingo y tipo 11, lo único que se escuchaba por ley eran los partidos del campeonato metropolitano (eternos) donde Racing convertía a mi padre en el mayor irónico de los hombres. Entonces, ahí aparezco yo, con todo el TDAH que podía generar mi cerebro.
- Papá, ¿por qué se casaron ustedes? – pregunto distraídamente.
Esa mañana mis padres habían discutido. El calor de un verano porteño no ayudaba y mis preguntas en el momento menos indicados, tampoco.
-¡Ja! – dice mi madre- Respondele a tu hijo- Mientras da vuelta la cara contra la ventanilla para dejar bien claro que estaba muy enojada.
Mi padre se rasca el bigote que lleva desde su casamiento (y nunca me quiso decir porque lo usaba) y saca lo peor de sí.
- Hijo, el buey solo bien se casa, esbozando una sonrisa para llamar la atención de su amada esposa.
Me quedo mirándolo. Con 9 años, apenas sabía preguntar. Estaba claro que la batalla no era la mía pero igual seguí molestando.
- ¿Mami, que quiso decir? Colgándome del hombro de una forma cargosa como solo los hijos lo saben hacer
- Mirá hijo, te voy a enseñar algo.
Mientras mira a su marido con ira y disfrutando como le dejó la pelota picando para hacer un golazo de media cancha.
- El hombre solo, vive como un rey, pero muere como un perro.
Volviendo ahora su cara hacia la radio para apagarla. Demostrando que aun manda ella.
Actualmente vivo solo y me pregunto, si esa charla de domingo con mis padres, fue la que me llevó a tantos amoríos desencontrados.
De todas formas, vivo solo y como dijo mi papá, vivo como un rey, pero tampoco quiero morir como un perro.
Ahora solo resta encontrar a mi reina, para que la profecía de mi madre no se cumpla y yo, vuelva a ser un hombre, como mi padre en ese Falcon 71.

martes, 21 de abril de 2009

El día que fui rico



Atrás quedaron las cacerolas, las entrevistas de trabajo, los acosos sexuales y mi miedo a estudiar.
Ahora me encontraba en posición de jefe, tenía mis propios negocios y empezaban a aflorar mis sueños que alguna vez, de chico, me acompañaron en cada tarde de merienda junto a Walter Lance, cuando nos enseñaba a dibujar al Pájaro Loco.
Un día me levanté y decidí hacer realidad la idea de hacer dibujos animados. Así fue que un 8 de diciembre, feriado, me puse en contacto con algunas productoras de TV y ose decir que tenía algunos guiones para dibujos animados, que obviamente, aun no escribía.
Para mi sorpresa, a los pocos días, recibí una invitación, de la productora que en aquel entonces venía haciendo furor en el país. Y pocos meses después, intercambiaba mi trabajo entre una ciudad que me dio una hija soñada, un casamiento, un divorcio prematuro y la querida Buenos Aires.
Mis ideas se materializaban en una oficina de pleno microcentro -Corrientes y Florida-, trabajando junto a otro loco como yo, juntando gente que anime, dibuje, ilustre, y personalidades de la farándula para poner las voces.
Mi otra mitad de la semana, estaba destinada a mi dulce pueblito, que aunque no nací allí adopté como propio, donde entre otras cosas, daba clases de informática y ciencias de la comunicación.
El tema es que de miércoles a domingos, estaba en Capital, solo y sin tener a quién llevar a su casa, un sábado por la noche.
Como los boliches no son mi fuerte, decidí llamar a una amiga, que la vida nos vio crecer juntos. Nuestros padres eran amigos inseparables, y por ende ella era algo así como una hermana.
Así fue como sin querer o queriendo, hizo todo lo posible para que su mejor amiga se convirtiera en mi novia. Y así fue. Dos meses después estábamos en un sillón, abrazados, sellando el momento con un tema del Gordo Caseros (shimaUta).
Mi amiga-hermana, estaba chocha. Éramos la pareja ideal. Teníamos los mismos gustos, los mismos desengaños y la misma mejor amiga!
Todo era perfecto, sólo faltaba el enano de la Isla de la fantasía. Pero había un detalle. Mi nueva profesión requería vincularse con personajes del under ilustrativo, lo cual implicaba tenía que subir o bajar, como quieran interpretarlo, hasta el nivel de locura de ellos y eso me convertía en uno de ellos.
Eso incluía charlas con el Gordo Caseros, que en ese tiempo tenía un barco y ¡le estaba adaptando un volante de carrera en lugar de un timón a su velero de 22 pies!. Era el país del nunca jamás, todos hacían lo que realmente querían.
Así estaban las cosas. Todo venía viento en popa. Los dibujos comenzaban a sonar. Eran todo un éxito. Otro de mis sueños empezaba a ser redituable y lo que era un hobbie, se transformó en una pasión que dejaba buenos dividendos.
Con mi socio y amigo, se nos subió el humo a la cabeza. Notas en todos los canales de televisión, merchandasing de nuestras creaciones y se empezaban a escuchar ofertas televisivas con conductores de renombre.
Pero de un día para el otro, el que parecía tener TDAH no era yo, sino el presidente de la República, que luego de dar una serie de contraordenes, decidió tomarse el palo en su helicóptero presidencial, para dar lugar a una infinidad de presidentes posteriores que lo único que lograron fue que el dólar se fuera por las nubes y por ende nuestro proyecto se esfumara junto con el peso argentino.
Estábamos en la calle. Las productoras empezaron a desaparecer y los canales de televisión se quedaron sin programación. Nadie invertía y los espacios se rifaban al mejor postor. Pero de dinero, ni hablar.
Mi amiga y mi novia, seguían en el limbo. Nada parecía perturbarlas, hasta que caí con la noticia que me volvía a mi pueblito.
Ese día me quedé sin novia y sin amiga. Pero aprendí una cosa. “Cuando buscamos un sueño, puede que no se dé. Pero el sabor de haberlo intentado todo por obtenerlo, te deja la satisfacción de haber aprendido algo que no está en ningún libro”. Y como decían los Mayas, la verdadera ciudad dorada reside en el conocimiento de cada hombre.
Créanme cuando les digo que ese día me di cuenta que era rico.

domingo, 19 de abril de 2009

Eramos tan pobres



Conseguir trabajo en la época Menemista y encima con 18 años recién cumplidos, las posibilidades de éxito eran casi nulas. Ni hablar si encima le agregábamos que era pleno verano.
Pero ahí estaba, buscando un milagro en los clasificados de un día lunes. Tenía bien claro que no pensaba estudiar, pero créanme que al ver las ofertas lo pensé dos veces, es más hasta llegué a creer que mi viejo había mandado a imprimir el diario a propósito, para hacerme desistir de mi idea antes de empezar a concretarla.
Pero recordé viejas anécdotas. En especial una cuando tenía apenas 4 años. Mis padres fueron de vacaciones con el fin de ver a un tío de mi viejo a Montevideo.
Obviamente, como en esa época pedir golosinas era como insultar a los padres, me las rebusqué para vender unos atados de orégano que cosechaba mi tío Vicente en post de algunas monedas y concretar mi sueño de comprar unos dulces. El negocio prosperó hasta que una vecina se le ocurrió contarle a mi tío, la sangre turca que llevaba su sobrino en los bolsillos.
A la mierda las golosinas, la playa y todo lo que traspasara la puerta de mi habitación. Luego, con los años, seguí insistiendo -pero no vienen al caso todas mis experiencias laborales a excepción de ésta-.
Ese recuerdo me volvió a dar el coraje y me recordó que todo es posible siempre y cuando uno lo anhele con una pasión que no tenga límites. (tal como fue con las golosinas).
Lo que les estoy contando cambió el rumbo de mi historia. No sé si es parte del destino, pero yo decidí abrir esa puerta y saber a dónde me llevaba.
Luego de marcar en el diario y llamar a varios avisos clasificados, había uno que parecía el más interesante:
“Importante empresa multinacional en expansión busca jóvenes con EXCELENTÍSIMA PRESENCIA (Excluyente), para incorporarse de inmediato a su staff ($1200 + comisiones)…”.
Para aquel entonces, ese dinero no era nada despreciable. Y mucho más para un joven que tenía más músculos que cerebro y un currículum que moría en tres párrafos.
El tema es que para las dos de la tarde de ese mismo día, tenía una entrevista, a unas pocas cuadras de plaza Flores.
Dos colectivos de por medio, un calor que sólo Buenos Aires podía ofrecerme, y una corbata que no se acostumbraba a ser usada, fueron suficientes para entrar de mal humor a un edificio destruido, que en nada se parecía a esa imagen que tenía de multinacional en expansión.
Pero allí estaba. Mientras veía las distintas clases sociales que se agolpaban en la entrada para dejar los curriculum a una secretaria improvisada, en lo único que pensaba para no salir corriendo, era que tenía que tener el trabajo para no ir a la facultad.
Al cabo de dos horas de espera, observaba como la gente iba entrando de a grupos de veinte a un salón donde deberían dar el discurso evangélico para entrar a la bestial multinacional.
La cosa olía raro, pero ya había perdido la tarde y sólo me quedaba esperar. A todo ésto, no tenía la más pálida idea a que se dedicaban. Entre los que estábamos ahí, nos aseguramos que no era una de esas fantasmales ventas de tiempo compartido; porque ahí se armaba la rosca.
Ya harto, sentado en el piso y esperando un milagro, de una de las puertas del pasillo, salió una rubia de unos 40 años, con mi curriculum en mano y nombrando solo mi nombre de pila (táctica innovadora para ese tiempo).
Me incorporé como pude, puse la mejor de mis caras y entré a la habitación.
La mujer se ubicó rápidamente en su asiento ejecutivo y empezó a venderme la empresa como si fuera la Coca Cola. Después de un monólogo ensordecedor durante cinco minutos, la interrumpí.
- ¿Mire todo bien, pero… a qué se dedican?
La mujer, que ahora tenía el título de gerente, bajó sus deciveles, tomó aire y esbozó tímidamente:
- … Vendemos cacerolas a domicilio.
Mi cara de odio se notó al instante. Tenía ganas de tirarle todo lo que había en su escritorio. A la mierda con todas mis máximas del trabajo. ¡Quería matarlos!. No estudiar para vender cacerolas, no era negocio. Estaba en el horno y mi tiempo para conseguir trabajo se agotaba.
La bella señora de taco aguja, pollera ejecutiva, y vasta experiencia para reclutar inocentes como yo, utilizó el botón rojo para retenerme.
Se levantó, caminó hacia una ventana, dejando que vea su trasero de avispa meneándose, se apoyó con sus dos manos sobre el marco y sin mirarme, dijo ahora con vos firme.
- Bebé, quiero que te quedes. Puedo pagarte un fijo arriba de mil quinientos pesos y darte buenas comisiones…
Esas palabras fueron como un golpe de Tyson. Ahora la palabra cacerola no parecía tan mala.
- Un tipo como vos, no aparece todos los días- remató ella.
Luego de esas palabras mi protector bucal estaba en algún lugar del ring, mientras me resucitaban.
- Veras que no te hice pasar a ver esa demostración estúpida que hacemos. Sólo necesitamos seis personas y un líder.
Cada vez entendía menos. ¡¿Acaso no eran cacerolas?!. La gerente se acercó de una manera muy seductora y sentándose sobre la punta del escritorio, dejando ver un tajo desafiante para cualquier chico de 18 años, atacó nuevamente:
- Creeme que se distinguir de entre miles, a un verdadero líder con sólo mirarlo a los ojos.
El que no distinguía nada era yo. Estaba con la boca seca y el miedo a lo desconocido (en aquel tiempo era virgen), pregunté con voz aflautada:
- La propuesta es muy interesante, pero… ¿qué debo hacer para empezar?
Ella sonrió, abrió sutilmente las piernas y yo tragué saliva. Ahí entendí como se puede llenar un curriculum sin tantos estudios.
Salí de la oficina exhausto, asustado y totalmente desarreglado. El muchacho con el cual compartimos unas palabras, me preguntó de qué se trataba la cosa. Lo miré con cara de aturdido y sólo le hice una seña para que me dejara pasar.
Recuerdo que ese día me lo pasé en mi habitación, tratando de entender cómo fue que había perdido eso tan preciado en cuestiones de amor.
En la cena no acoté una sola palabra. Empezó el programa favorito de mi viejo “No toca Botón” y por primera vez, no pude reirme cuando el talentoso Alberto Olmedo expresó su frase que lo eternizó: “Eramos tan pobres…”

viernes, 17 de abril de 2009

Daño Colateral



Tenía apenas 18 años cuando decidí empezar a trabajar a cambio de no estudiar. El sólo hecho de pensar en tener que estar 4 o 5 años en un mismo lugar estudiando, me mataba. Decir que tenia TDAH en ese momento, era como contar que eras astronauta. Ni mis viejos iban a creer en ese diagnóstico. Así es que mi vieja optaba por la psicología del cinturón –aun siendo jugador de rugby- Pero era mi vieja, y un cinturonazo o la simple amenza dolía más que cualquier tacle de atrás y a los pies.
Pero mi otro yo se negaba a estudiar. Realmente no sé cómo terminé el secundario. Apenas con 15 años me asocié con un analista de sistemas, pusimos una casa de computación y ganaba mis manguitos: pero mi viejo, ni lento ni perezoso, al sospechar mi jugarreta, acudió a una simple frase: “Sí te llevas una materia, la casa de computación te la meto en el orto”. Así eran ellos. De pocas palabras, pero muy sabias para que lograra mi título de bachiller sin llevarme una sola materia.
Pero ya tenía 18 años. Mis hormonas estaban más alteradas que nunca, no tenía clonazepam, y mucho menos la mágica pastilla llamada Lexapro –si hay algún laboratorio que quiera auspiciar mi blog, bienvenido sea-, así que decidí encarar a mis viejos y decirles que lo mío era trabajar.
·"Estudiar" era una palabra que le asentaba muy bien a mi hermano. La naturaleza no había sido equitativa con nosotros. Y eso nos convirtió en el día y la noche. Pero hermanos al fin. Así que me tocó ser la oveja negra. El hijo descarriado, contrera, fanático de Boca –una de mis decisiones más asertivas- cuando todos eran de River.
De alguna u otra manera siempre sobresalía. Para bien o para mal, pero era mi esencia. Así que tuve que dar la nota un domingo de pastas caseras.
- ¿Ya pensaste nene qué vas a hacer con tu vida? – dijo mi hermano, que me lleva tres años y con un futuro brillante como comunicador social.
Mi mamá miró a mi viejo, como diciendo “decí algo”. Pero él sólo puso cara de cansancio, ya que ser bancario de lunes a viernes y administrador de edificios los sábados, era una tarea demasiado estresante como para también tener que lidiar con el menor de la familia.
El horno no estaba para bollos, entonces quise esquivar el misilazo de mi hermano argumentando que no era mi padre para hacerme esa pregunta.
Mi vieja, tomando las cartas del asunto y aprovechando que el tema estaba servido en la mesa, apaga la tele justo cuando iban a dar la formación de River, en el recordado programa “Polémica en el Fútbol”. Las gallinas gritaron al unísono su disconformidad.
Mi vieja, con tres hombres en la casa, estaba harta de la pelota, de Víctor Hugo, Maradona, los suplementos deportivos y vaya a saber cuantas cosas más.
- A ver hijo mío, qué vas a hacer con tu vida. ¿Ya sabes lo que vas a estudiar?- Mirando de reojo a su marido para que tome la posta.
Obviamente estaba claro que de trabajar ¡ni hablar!. La pregunta fue más incisiva que la de mi hermano.
Mi viejo se limpió los bigotes, tomó un trago de vino y esbozó con algo de poder:
- Respondele a tu madre nene, así nos da de comer – empezando a reirse y descomprimir el tema.
La reina de la casa se enchinchaba y yo aprovechaba para tirar la bomba.
- ¡Voy a trabajar!
El silencio fue unánime. Mi hermano viendo la catástrofe que se avecinaba, manotea el Pagina 12 para esconderse.
Mi madre creía que era una joda y aprovechó para salir en busca de una cuchara para servir. Pero mi viejo no pensó lo mismo. Se le borró la risa de un plumazo y empezó con su discurso que todos los hijos sabemos.
Ya en la sobremesa, luego de que me sangraran los oídos, mi hermano preguntó si podía encender la tele.
- Sí hijito – dice mi vieja, tratándolo como a un niño mimado, obviamente porque “estudiaba”.
- Igual voy a trabajar – expresé en voz alta pero sin mirar las caras que ahora apuntaban a mí.
- El que te jodés sos vos solito – dijo mi vieja con tono amenazante, mientras levantaba la mesa con bronca.
- Mañana me toman una prueba en una multinacional. – Arrojé para que me dejaran tranquilo.
Todos me volvieron a mirar, pero ahora desorbitados.
- Bicho hace algo por favor – fueron las pocas palabras que pudo pronunciar mi madre a su marido.
- Y qué querés que haga. Es tu nenito– haciéndome un gesto como que después hablaríamos, pero ahora con cara de amigos.
Mi vieja se volvió, como si hubiese visto nuestras caras de cómplice y arrojó enfurecida:
- ¡Ustedes son dos Boludos!
Luego retó a mi hermano por tener el volumen alto de la tele y se fue a acostar, previo cuarto de Astisol (un anti alérgico que usaba ante la falta de conocimiento de la existencia del afamado Clonazepam).
Mi viejo me hace señas para irnos y me dijo en voz baja:
- Acompañame a buscar helado, así la mami se calma.

A partir de ese momento me dí cuenta de dos cosas. La primera fue que mi viejo me demostró que ya era todo un hombre y como tal, me respetaba y apoyaba en todo lo que decidiera hacer en mi vida. Y la segunda fue que si tus hijos tienen TDAH o algo parecido, el clonazepam lo tomen todos y no uno solo.