jueves, 9 de abril de 2009

Pensamientos de Divan



Suerte para aquellos que necesitan de un psiquiatra y lo encuentran – y también lo pueden pagar-. En mi caso pude con ambas variables, aunque en este país se puedan modificar, de un día para otro; que me quede sin plata, o bien, que mi psiquiatra huya con su título a un país donde no lo vuelvan tan loco.
Así es, que por segunda vez, tomé el coraje de entregar mis más terribles pensamientos al letrado, en el cual deposité no sólo mi confianza sino que también mis últimos cien pesos del mes.
Al llegar al consultorio, obviamente tarde, ya que es parte de mi personalidad; aún cuando tomo pastillas para corregir mis conductas ejecutivas; me encuentré con la desgracia de que mi afamado médico cambió de dirección sin avisarme, y por ende logró un fastidio, no sólo por la falta de delicadeza ante su paciente, sino porque acentuaba más fuerte que nunca, mi enojo por tonterías o mejor dicho, por cosas que no merecían ser magnificadas a tal punto de hacerme subir la presión arterial. Y eso confirmaba que mi tratamiento iba a ser más largo de lo que imaginaba, ya que no cumplí con mi primer tarea, que era la de empezar a llevar una agenda, entre otras cosas, para llegar a tiempo a mis citas.
Tratando de adivinar la dirección y preguntando a cuanto transeúnte intentaba esquivar mi camioneta, dí con el nuevo y flamante consultorio.
Al llegar, por supuesto me topé con la secretaria de turno, por cierto con más aires que los cinco médicos que compartían los gastos del lugar.
En forma irónica, esta maravilla de empleada, seguramente en negro, tuvo el agravio de empezar el “buenas tardes” acompañado de un “¿qué pasó que se le hizo media hora tarde?” ¡Cartón lleno! No pude con mi genio, ni con mis genes paternos. Saqué la sonrisa más falsa que encontré y le respondí mirándola como para ojearla– si no me llaman para avisarme que se mudan, cuando tengo el turno sacado hace más de quince días y encima le agregamos que no soy de acá, créame que pude haber llegado mucho más tarde–. La mujer joven pero con aspecto de vieja, puso cara de pocker y empezó a pedirme los datos, para llenar una ficha que ya estaba completa.
Por suerte el médico no estaba si no también pondría en mi historial que para todo tengo una excusa. (y lo peor es que es cierto).
“Porteño engreído” debe ser lo mínimo que habrá pensado la secretaria, que descubrió mi procedencia, no sólo por mi estúpida altanería, sino porque se me escapó una “she” como sólo un porteño la puede decir.
En ese momento aterrizó el doctor. Con cara de “yo no fui” y la mejor de mis expresiones calmadas, típico de un loco que soy, lo saludé muy amablemente y me hizo pasar a su consultorio, mientras cruzó en privado algunas palabras con su empleada.
¡Guau! Fue la palabra que encontré al quedarme solo en esa habitación. ¿Cómo podría hacer para crear algo parecido en mi departamento de divorciado y ultrajado de muebles y útiles por mis últimas tres esposas?
Agarré mi humilde celular –que en algún tiempo fue lo más top- y saqué fotos en las cuatro direcciones.
Mientras esperaba la llegada de mi salvador, me senté sobre uno de los dos sillones, por cierto comodísimos, que incluía la habitación. “Que buenos y que cómodos para ver fútbol en casa”- pensé. Lástima que no tengo plata para los sillones ni tampoco TV, pero la idea estaba buena y el dinero plástico siempre puede hacer realidad tus sueños.
Lo malo es que, como a muchos desorganizados como yo, justo llegan esas malditas facturas y cheques a nuestra cuenta bancaria, cuando uno se decide a cometer ese pecado capitalista. Pero para bien o para mal, la calma llega y el aplome hace que desaparezcan todas esas ideas infantiles que alguna que otra vez, me llevaron a la quiebra de mi humilde economía.
Volviendo a la sala, me deslumbraron los dos cuadros en tamaños increíbles con obscenidades abstractas. Al menos eso interpretaba yo, desde mi cerebro algo quemado y necesitado tras dos meses de celibato. Mejor será que no me pregunte qué veo, porque en vez de mandarme a mi casa, me dará un pase directo hacia la Alameda, que alguna vez fue el cuartel donde San Martín entrenaba y alimentaba a sus soldados (aquel que sabe algo de historia sobre el paso de este prócer por Mendoza, sabe que fue él quien hizo instalar los primeros burdeles para que los muchachos fueran más alegres a las batallas de turno). Así que intenté tratar de encontrar otras figuras en esas pinturas que si bien seguían siendo obscenas, ahora tenían un “touch” de amor y pasión.
Primero comento cine –lean mis anteriores escritos-, ahora sobre arte y me pregunto: ¿no seré perfecto? Pero ahí nomás la voz de cualquiera de mis ex vuelve a mi memoria para terminar la frase: “¡un perfecto idiota!” seguido de un portazo, que por suerte no era de ninguna de ellas, sino del psiquiatra.
¿Acaso dije suerte?…

1 comentario:

Juan Carlos Del Real dijo...

la locura y la anormalidad no son etiquetas que menoscaben nuestra habilidad de autorealizacion ni mucho menos obstaculos para la vida misma. La locura es diferente de lo aceptble y por eso, muchas veces una ventaja para encontrar La Verdad