domingo, 6 de diciembre de 2009

CUCARACHAS en los jardines del amor

Ya sentados en la cama con dos almohadas cada uno y una interminable cantidad de sueños realizados en solo una noche, le cuento una historia sobre mi primer depto de divorciado por primera vez.
“La casa era tipo chorizo. Tres habitaciones, las cuales se comunicaban a través de una galería semi abierta (iba a decir semi cerrada, pero recordé tanto el frío que pasé, que de cerrada no tenía un carajo). La entrada principal era por la cocina y de ahí uno iba abriendo puertas, hasta pasar por cada una de las habitaciones. Los techos eran inalcanzables hasta por el foco de 75 watt. Las paredes celestes, los pisos alisados color rojo bermellón y tenían al menos, unos veinte metros cuadrados. El problema que como todo HOMBRE recién divorciado, no había con que llenarlas. Lo cierto que mi pieza, tenía una cama de hierro retorcido, un colchón que estaba a punto de tirar junto con mi vida matrimonial, ya que Pancha, la gata Siamés, lo orinó un mes antes de irme. Esas cosas de la vida que uno sospecha que no debe tirar (más que de la vida, yo digo que son cosas de viejo choto, pero apenas tenía 25 años para declararme viejo), y alguna que otra cosa más, inservible, para hacer algo de bulto. Por supuesto que Pancha no se vino conmigo, ya que en el inventario de cosas que hicimos, el abogado me preguntó que era “1 Pancha” que había detallado mi ex… ¡Sin palabras!
Lo cierto, es que las primeras soledades hay que bancárselas solito, durmiendo a orillas del colchón, tal como en la vida de casados, pero con la diferencia que la soledad no te hace el desayuno en las mañanas.
Fueron seis noches consecutivas. Desde la noche de ese lunes hasta la del sábado, una singular cucaracha macho, entraba por una luz que dejaba ver la puerta que daba a la cocina (una luz que yo dejaba prendida del sorete que tenía de dormir en ese caserón solo) y se quedaba tiesa, firme…”, mi aMada me interrumpe.

- Perdón que te interrumpa – abrazándose fuerte como si fuera a detonar una bomba - ¿cómo sabés que era macho? La cucaracha, digo.
- Por la mirada.
- Ah, bueno seguí entonces

La bomba la detonó, pero igual no le importó –creo que está tan enamorada como yo- “Ahí estaba ella, desafiándome. Me siento de un salto en la cama y quedo con los dos pies en el piso, las manos preparadas para dar el salto, pero previamente cruzamos miradas al mejor estilo western. Tuerzo la mirada para encontrar la pantufla y eso fue la señal para que la cucaracha empezara a correr, pero para el lado contrario. Cuatros largos pasos de un hombre de un metro noventa, no fueron suficientes para alcanzarla, en la corrida que no se terminaba en la puerta, ya que la abrí de un empujón. Seguimos corriendo hasta que el cucaracho logró llegar sano y salvo, con un metro de distancia, a su guarida debajo de un mueble de cocina tan viejo como la casa (y en el mismo estado). Le revoleo la pantufla solo para asustarla, pero ya no estaba.
En aquellos tiempos, tenía una radio reloj despertador con AM. Con un led de color verde, suficiente para vislumbrar algún que otro objeto. Todos los días, con el beep de las noticias de la hora 00,30 aparecía este intruso. La segunda vez, lo llamé casualidad. Para el jueves, el tema se había vuelto personal. La distancia pasó de ser un metro, a escasos treinta centímetros. Pero no alcanzaba y mi puntería, aún a esa distancia, era muy mala.
Sábado a la noche –para aquellos que tuvieron lo huevos de separarse, sin pelos que exijan una yunta de bueyes, saben de lo que les hablo-, la cosa estaba de bajón. Otra vez el beep de las 0,30 y el domingazo era inminente. La soledad acechaba y el cucaracho otra vez proponía guerra. El tiempo y la práctica arrojaban resultados desalentadores para la cucaracha. Mi pie estaba listo para acabar con ella. Otra vez nos miramos y otra vez corrimos. Llegué antes que ella y le cerré el paso. Siento que traga saliva, se queda tiesa, se da vuelta sobre su eje y se entrega para ser aplastada y morir como un digno soldado. Mi mano seguía arriba con la pantufla como espada, esperando mi orden para dar fin con esta invasión de territorio. Un suspiro y recordar que ya estábamos ante un domingo desolador, le salvó la vida…
- Al fin y al cabo estás tan sólo como yo.
Las noches que le siguieron, la cucaracha venía puntualmente con las noticias de un país que ardía tan lento como su presidente, pero a diferencia de De la Rúa, ésta no se escapó como cucaracha, ni como cucaracho y mucho menos como Chacho (Alvarez)”.

- ¡Ja ja ja! Esto te da para un cuento, largo mi amor – me decía mientras caía en la cuenta que no era más que una simple historia de cucarachas.
- A todo esto, ¿a que venía esta anécdota? – le digo con mi principio hereditario de Alzheimer.
- A que en este depto. nuevo que alquilaste, tiene una bocha de cucarachas.
- Sí, tenés razón. Y tengo una teoría para acabar con ellas de una manera algo verde.
- ¿Cuál?
- Hay que hacer dos cosas para que éstas no vuelvan a tu casa. Primero: matar y dejar sus cadáveres (uno por zona como mucho), para que vean a sus pares que por acá hay peligro. Segundo: asustar a aquellas que intentan ser heroicas, dando fuertes zapatazos cerca de ella, con el fin de asustarlas y avisen al resto para que no vuelvan.
- ¿Y eso ya lo comprobaste?
- Estoy en eso. Así que tené cuidado cuando entres al baño, porque hay soldados caídos.
- A propósito de estos estudios tan exhaustos que has elaborado sobre los INSECTOS, ¿tenés pensado como vamos a explicar al mundo, todo esto que nos pasa?
- ¿Vos llamas “esto” a amarnos de manera incomprensible racionalmente?
- Sí.
- No, pero estoy escribiendo en un blog y seguramente me re puteen cuando se enteren que no conté aún, como fue que llegamos acá juntos.
- ¿Vos decís, mi amor?
- … Veamos.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Redes Sociales

Pasaron semanas, es cierto. Una sola no alcanzó para que con Julia, nos diéramos cuenta que era la soledad y no otra cosa, la que nos unía.

Éramos demasiado amigos como para no entender que ese camino solo nos llevaba a uno más patético que es el de la comodidad. Y ninguno de los dos queríamos eso en nuestras vidas.

Así fue que, ya sin la necesidad de tener un “palo donde rascarnos”, ella volvió a su casa y yo a la mía.

Otra vez, me llené de actividades y trabajo. Mis viajes a Buenos Aires empezaron a ser muy frecuentes y volví a contactarme con personas que realmente me querían desde que era apenas un niño de jardín (que tiempos aquellos).

Sin querer, volví a sentir que ya no estaba solo. Las sesiones con mi terapeuta comenzaron a ser profundas y por primera vez, le abrí el juego enseñándole en verdad que había en mis rincones del alma.

Por primera vez me sentí perdido. Sentía que no encajaba en un boliche, las amistades de mis amistades ya eran todas conocidas y ninguna de ellas me llamaba la atención como para pasar más que alguna que otra noche bajo el Hades de mis sábanas. Mi mundo se estaba quedando sin gente por conocer y el presentimiento de una vida sin alguien a quien amar, me estaba acechando.

- Quizá no haga falta conocer más a nadie – dice mi amigo Gustavo.
- No te entiendo.
- ¡Claro hombre! Ya que perteneces al mundo del ciberespacio, por qué no te metes en las redes sociales que hay ahora. En una de esas, “re” conoces a alguien.

Si algo tenemos en común con Gustavo y el Pelado es que somos analógicos (además de una fuerte y sincera amistad). Las redes sociales dejan poco por preguntar cuando nos sentamos a tomar un café con una chica a la que ya le conocemos hasta los presagios de sus galletas de la suerte. Pero los caminos se estaban acotando y las experiencias que encuentro en mi camino, no han dado los mejores resultados.

- Quizá tangas razón – le digo acongojado.
- Igual, vas a hacer lo que se te cante el culo. ¡Como siempre!
- …
- ¡Porteño puto del orto! - (él, es mendocino)

Ambos reímos, hicimos algunas bromas y recordamos algunos pasajes donde mis decisiones fueron el fruto de largos cuentos nocturnos entre amigos. Pagamos el café y nos fuimos cada uno a su casa.
Antes de irme a dormir, chequeo mis aburridos correos y me pregunto si debo hacer caso a la sugerencia de Gustavo. Tal vez, tenga razón, tal vez no. Pero si me quedo de brazos cruzados, lo único que voy a obtener es más de lo mismo.

Y la soledad no deja de recordarme que me sigue esperando para ir a dormir.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Despertares

La mañana, ya con sabores del mediodía, me levanta cansado, con dolor de cabeza y con ganas de hacer nada.
Siempre que me levanto, espero un disparador para poner la máquina en funcionamiento. Antes me mataba buscando la forma de despertar de la rutina, pero con el tiempo, me di cuenta que la naturaleza se encarga de estas cosas. Solo es cuestión de tener una taza de café en mano, para que la vida empiece a rodar como una película.
En esta oportunidad, el teléfono se llevó los honores.

- ¡Que haces guacho! Hace un montón de días que te llamo y nada. ¿Viajaste?
- Hola Julia –con vos de orto- Sí, viajé. Y buenos días
- ¡Buenos días para vos! Yo desde las 5 de la mañana que no puedo pegar un ojo.
- Bueno, no te preocupes, suele pasar cuando uno recién se separa.
- Ahhhhhhhh – escucho del otro lado del teléfono
- ¡Qué te pasa loooooca! – riéndome - ¿estás bien?
- Si, solo que tengo una picazón y no paro de rascarme.

Hago un silencio culposo. Me agarro la cabeza y me insulto por dentro.

- ¿Estas en tu casa?
- Si.
- Bueno ya te paso a buscar y vamos al médico.

No le di tiempo a poner excusas y me fui a buscarla. Una especie de culpa me estaba invadiendo, pero me resistía. A mi me contagiaron y nadie se hizo cargo. Yo me estaba haciendo cargo de ella. Eso sumaba a mi favor en le juicio de mi conciencia.
Ya en el consultorio, le explico lo que me pasó.

- ¡Qué mala leche!
- ¿Quién? –le digo preocupado- ¿vos o yo?
- ¡Los dos, boludo! – Ahora ¿quién fue el gato que te contagió?
- No lo se. Ninguna se hizo cargo.
- Son todas unas putas. Ninguna te merece.

La doctora me llama, y entramos todos al consultorio. Al verme, no puede evitar hacerme una sonrisa cómplice. Supongo que creyó que era mi novia. Lo cierto es que fue muy piola y no dio muchos detalles acerca de las formas del contagio. Pero en este caso, no valía la pena una actuación así. Julia no era mi novia.

- Pasate esta crema antes de acostarte y cuando te levantes bañate con jabón blanco. A la semana lo volves a repetir,
- ¿En todo el cuerpo o solo donde tengo las ronchas?
- Del cuello para abajo. Toda la superficie.

Ella me mira afligida y yo la miro con mucha ternura. Me la imaginé sola, en su casa, tratando de rebuscársela para ponerse la crema, mientras sigue luchando cuerpo a cuerpo, con la soledad de una cama que ahora estaba vacía.
Ya en el auto, camino a la farmacia para comprar el remedio, le digo:

- Ahora pasamos por tu casa, agarras unas mudas y vamos para la mía.
- Pero la doctora dijo una semana…

La miro y ambos reímos como si estuviéramos a punto de hacer una picardía.
Ella me abraza a mi brazo y suspira. Parecía entender lo que le estaba proponiendo.
Y yo… yo entendí que necesito otra oportunidad.

lunes, 31 de agosto de 2009

Despedida de Soltero

Es viernes y una despedida de soltero, de un amigo, fue la excusa perfecta para dejar pasar otro viernes sin pensar en ella.
La despedida, arrancó con unas pizzas en la casa de uno de los chicos. Cerveza, anécdotas y muchas carcajadas no faltaron al evento de este futuro esposo.
Ya cuando la cosa pasó de alegre a nostalgia, producto de mucha mezcla alcoholica, uno de los invitados no tiene mejor idea que acudir a mi sentido del humor para revertir una noche que se estaba apagando.
Pero fue un error.

- ¿Qué consejo le podes dar vos a Juan Pablo?
- Con dos divorcios en mi haber y un sinfín de mujeres que pasaron por mi cama, solo puedo decirte que si ella vale la pena, no le des un motivo para que te deje.

El silencio fue mayúsculo. Pero yo no tenía ganas de dibujar nada. Es más, estaba contento de que al menos haya gente que quiera casarse, comprometerse con el otro… apostar a un futuro juntos. Hoy en día, la convivencia es casi imposible y ver a dos personas que quieren mezclar el agua y el aceite sin quemarse, es digno de mi admiración. Y sigo con mi discurso.

- Y si la idea es que ahora nos vayamos todos a un cabarulo (más conocido como prostíbulo), te aconsejo que te quedes afuera. No es la primera vez que una pareja se arruina por una despedida.
- Pero yo quiero ir. Jamás fui a uno y hoy es mi último día de libertad – agitando su vaso y euforizando a todos en la mesa.
No quise arruinar la noche y decirle que estaba equivocado. Que la libertad comenzaba justo con su matrimonio. Que la condena de estar solo llegaba a su fin y que a la salida de esa cárcel, estaba una mujer no solo esperándolo, sino también con la promesa de estar a su lado, todo el tiempo que dure el amor.
Pero, preferí callar y sumarme a la vanalidad de la fiesta, aunque fabricando una pequeña trampa.
- Entonces, si estas seguro vos y yo seremos los primeros en entrar por la puerta de uno que yo conozco muy bien y que tiene unas minas que te van a dar vuelta la cabeza.
Todos volvieron a chocar sus vasos y vitoreando la decisión de encarar para el cabarulo.
Por supuesto que antes de llegar, hicimos las bromas de turno: desnudarlo, pasearlo por el Parque Gral San Martín, hacer que corra unas cuadras a la caravana de autos por la avenida Las Heras, y por supuesto, llevarlo hasta la casa de los suegros (eso es ser malo).
Y llegamos.
- Ahora no solo vas a debutar en un cabarulo, sino que además lo vas a hacer con la mujer que más sabe de hombres en esta ciudad.
- Me han dicho que hacerlo con una puta es único.
- Yo lo llamaría inolvidable – haciéndole una sonrisa con aires macabros (para mí por supuesto).
Entramos. A los pocos minutos, más de la mitad de los muchachos –por no decir todos- desaparecieron entre el tumulto de gente que se agolpaba en la pista para ver a una bailarina de caño.
“Vos no te me despegues” fueron las palabras que le dije al futuro egresado de la soledad. Caminamos hasta llegar a una de las barras y haciendo lugar con mi cuerpo lleno de ira por estar en un lugar al que ya no visitaba, llego hasta una de las barman.
- ¿Dónde puedo encontrar a Gloria?
La chica me hace señas de no saber donde exactamente. Mal humorado sigo buscando. No dimos ni tres pasos que alguien de atrás de abraza.

- Hijo de mil putas! ¿Qué haces por estos pagos? – me grita Gloria al oído
- Es un caso especial –señalándole al soltero de turno
- Ahora entiendo tu cara de pocos amigos.
- Necesito que hagas lo que mejor sabes hacer en estos casos..
Ella me guiña el ojo y se lleva a mi víctima.
Estaba a punto de salir, cuando vuelvo la mirada al lugar. Me pregunto si no debería volver a estos barrios, y compartir mi condena con toda esta gente. Al fin de cuentas, estaba tan solo como todos ellos… pero no.
prefiero volver a mi celda, aun tengo muchos recuerdos que envolver.

viernes, 28 de agosto de 2009

Tiempo de Contratos

Mi llegada a Mendoza no hace otra cosa que mostrarme cuan enamorado sigo de ella. Como un alma en pena, tomo mis valijas y camino hasta la parada de taxis para volver a casa.
El chofer me llena de comentarios que no escucho y tampoco me importa responderle. Solo miro por la ventanilla buscando algunas piernas que se parezcan a las de ella, alguna esquina que nos haya encontrado a los besos o alguna cosa que me diga que no fue un sueño, que es real y que volverá de su largo camino que decidió tomar.
Me pregunto cuántas mujeres tendrán que sufrir su decisión. Cuántos labios pasarán por mi boca, hasta que reemplace todos sus sabores.
Quiero besarla, quiero abrazarla. Quiero sus palabras, sus enojos, sus iras.
Hoy tengo la libertad –o condena- de esperarla. Ya no puede decirme que me busque a otra porque no sabe que quiere, o mejor dicho que no puede estar con nadie, culpa de sus demonios.
Como le dije en la última carta, solo espero que cuando se canse de esos amores descartables, sepa donde encontrarme.
Tengo que pensar si tomo la decisión de esperarla, aunque nunca llegue, o bien olvidarla para encontrar en otra mujer, ese sabor tan exquisito que es el amor.
Mientras tanto, voy a llamar a la inmobiliaria para renovar el contrato. No quiero irme de este lugar.
Ni de su vida.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Las brujas no existen, pero…

Los pueblos pueden tener muchas particularidades, pero sin dudas, el chusmerío y las brujas, son dos cosas que siempre vamos a encontzrar, sea el pueblo que sea.
Antes de irme de Navarro, una amiga que conoce mis pasos amorosos, me pidió con una autoridad que yo no conocía de su personalidad, que vaya a ver a una de esas brujas.
No solo que no creo en esas cosas, sino que también me generan fastidio. Me las imagino envolviendo a cuanto paisano llega al pueblo en su sulky, con frases tipo “es evidente que ha sido victima de un trabajo” seguido, según la cara de pánico y/o desconcierto del cliente, con un “¿usted no ha experimentado problemas físico?”. Si la respuesta es un no, entonces lo que sigue es “y ha podido dormir bien estos días, o sea ¿ha descansado?”. Siempre con esas preguntas tipo le gusta el rojo o el blanco, sin opción de decir verde.
Es obvio que si estamos en ese lugar, entregando nuestra dignidad a la “bruja” de turno, es porque no hemos descansado como quisiéramos o bien, tenemos un mal tipo cáncer que los médicos ya nos han dado la fecha de vencimiento de nuestro cuerpo.
Pero parece que esta fórmula sigue dando resultados, ya que este oficio de tuertos renueva su clientela año a año. Y yo colaboré con esta industria.

- Contame que te dijo – me dice Luz, mi amiga.
- Nada – digo con cara de culo.
- Algo te debe haber dicho, estuviste más de media hora con Mabel. Ella no tiene a sus pacientes más de quince minutos.
- Ok- digo con cara de fastidio- Me dijo que mi vida amorosa es una balsa en medio del océano, que una mujer con detalles físicos que delatan mi ex, me hizo un trabajo, que pronto voy a tener una propuesta de trabajo muy buena y que alguien cercano a mí puede darme lo que mi corazón está necesitando.
- ¿Entonces?
- Entonces, que cumplí con mi parte de ir a esta bruja. Ahora vos cumplí con la tuya e invítame a cenar. Tengo hambre. Mañana salgo temprano para Mendoza.

Luz me abraza y me lleva a un lindo restaurant, creo que el único del pueblo.

- Pedí lo que quieras. El dueño es amigo mío.
- Mmm, me parece que en este último tiempo, has logrado lindas amistades. ¿Me perdí de algo?
- No, perseguido. Era mi jefe, es un buen tipo.

Pedimos el plato del día –o la noche mejor dicho- y ella volvió al ruedo.

- Dale, contame que pensas sobre lo que dijo esta mujer
- ¿En verdad crees en estas cosas? – le digo con enojo.
- Sí. Vos te habrás ido a la gran ciudad, y seguramente “estas cosas” te parecen tontas o para gente crédula, pero los lugareños aun creemos en estas cosas.
- Ok esta bien. No quiero pelear.
- ¡No estamos peleando!
- Bueno parece que sí.
- ¡Por qué no te vas a la mierda!

Me quedo en silencio.

- Todavía que me preocupo por vos – agarrando su cartera- andá a decirle a la otra que te cuide, ¿sabes?

Disimuladamente, intenté hacer que no se vaya, pero me dejó solo, con la comida servida, la gente tomando nota de cada detalle –bien de pueblo-, y con una cuenta que ahora tenía dueño.
Evidentemente, la bruja había fallado.
Esa persona cercana, no era mi amiga Luz.

lunes, 24 de agosto de 2009

Mi Otro Yo

Falta poco para mi regreso a Mendoza. Una buena noticia de este viaje es que comienzo con el proyecto de una revista local. Por suerte me voy con trabajo y con algo de tiempo a mi favor, pero aún la extraño. Aun tengo ganas de llamarla.
Parece que el tiempo fue poco. Es algo, pero la dosis de este singular salvador de corazones destrozados, no alcanzó. Y el dolor aflora.
Y duele.
Me pregunto que fue lo que tanto me pegó. He vivido tantas historias, tantas aventuras increíbles, mujeres buenas, otras no tan buenas, pero con todas hubo química, sin embargo con ella fue especial.
No mentía cuando le decía que era la mujer más bella que mis ojos hayan visto. Ella pensaba que yo era un adulador por esencia. También se equivocaba en eso.
Pero gracias a su ex y mi aura seductora, ella nunca me creyó, nunca pudo confiar en mí. Y ese fue mi talón de Aquiles, el que me derrocó, el que acabó con mi sueño y me devolvió al interminable mundo de las mujeres, que día tras día encuentro en mis sábanas y que luego pasan a enmarcarse en esta cosa rara llamada blog.
Ella piensa que pertenezco a este mundo y que mi magia se vio debilitada cuando su presencia acabó con mis musas y mis historias.
Ella se enamoró de mi otro Yo, el que sale, el que cuenta, el que levanta y seduce más por caballero que por seductor.
Pero cuando lo tuvo en sus manos, sus demonios se apoderaron de todos sus sueños y los pisaron junto con los míos, dejando que dos anillos vuelvan a quedar sin dueños.
Hay gente que nace para ser amigo, otras para ser novio. Otros cocinan, otros se entregan al celibato y después estamos nosotros. Una raza rara, casi en extinción, que tiene como fin, despertar sentimientos en personas que parecen haberlos olvidado.
Pero en cada caso, en cada beso que uno da para que esa bella princesa despierte, nos duele, nos desgarra y parece que será el último. Y sin embargo volvemos al ruedo para hacer lo mejor que sabemos hacer: el amor.
No se cuantas veces tendremos que juntar nuestro corazón en pedazos, pero al fin de cuentas, cada beso lo vale.
Ojalá algún día ese beso se encuentre ante la fortaleza de un corazón sólido, que nos tumbe de una vez y nos devuelva a este mundo.
Y yo al de ella.

jueves, 20 de agosto de 2009

Café con aroma de Mujer



Mis viajes a Buenos Aires, tienen como fin encontrarme con mi familia y seres queridos.
Este último viaje, tenía además el sabor de no encontrármela. Mil kilómetros de distancia eran suficientes para no provocar un encuentro con ella. Uno de esos que terminan envueltos en sabanas y con la ilusión de volver a creer que nos amamos.
Muchas visitas, muchos encuentros con viejos amigos y una agenda llena de frivolidades, lograron que no tuviera intenciones de llamarla.
En otras oportunidades, compartía con ella, aunque sea por mensaje de texto, lo bien que la estaba pasando y también alguno que otro párrafo de algún libro o anécdota que me invadía en medio de una charla pasajera.
La casa que me alberga en un pueblo hermoso llamado Navarro, frente a una laguna imponente, con atardeceres dignos de ser compartidos con alguna mujer, no me permite otra cosa que escribir. Y junto con las letras también llega la nostalgia. Pero por suerte llega mi amigo –dueño de la casa- y nos vamos al super.
Recordando viejas épocas, donde mi departamento era también el suyo y la miseria era una sola, nos reíamos de la cantidad de anécdotas que pasamos juntos, justamente cuando íbamos al Walmart con las pocas monedas que teníamos.
Ahora el super era otro, y el dinero también. Ya no pateábamos pelotas de rugby entre las góndolas, ni hacíamos jueguitos con una de fútbol.
Y tampoco estábamos en Mendoza.
El me pide que le busque una tabla para cortar pizza. No me costó mucho encontrarla pero cuando levanté la vista, ahí estaba. Esperándome para que vertiera el agua caliente en su interior. Miro hacia todos lados buscando a su dueña, que era la misma de mis insomnios, mis tristezas y mi dolor, pero no estaba. Ahora solo veía a esa cafetera con un precio en su etiqueta. Un precio que yo no estaba dispuesto a pagar.
Mi estomago se endurece por ese trago amargo que suelen darnos las casualidades y me doy vuelta. Ya no quería mirarla, no quería recordar cada una de las imágenes que se venían sin permiso, a mi mente.
Ya sin fuerzas, trato de alejarme de ella, de sus recuerdos y de sus besos.
Había hecho muchos esfuerzos por olvidarla y casi lo había logrado. Ya no me importaba encontrar autos iguales al suyo o perfumes que dejaban rastros de ella, pero la cafetera fue un golpe bajo. Como una daga atravesando mi corazón, quitándome el poco aliento que me quedaba.
La relación con ella empezó con un café y también terminó. Y la cafetera, siempre de testigo. Siempre con algo que nos entibiara los labios, con ese aroma que nos obligaba a un abrazo, lleno de besos, de promesas y hasta de una despedida no deseada pero necesaria.
Esa cafetera supo atarme a esos recuerdos… que hoy están anclados por ese café con aroma de mujer…

miércoles, 19 de agosto de 2009

Sarna con gusto...

La picazón, que por las noches aumenta, hizo que me lastimara todo el cuerpo y por ende, una visita a la dermatóloga.

- Creo que es producto de unos antibióticos que tomé durante largo tiempo por una gripe.
- Aja - dice ella, mientras me sigue examinando con su lupa a lo largo de todo mi antebrazo
- Me atendieron 4 médicos distintos a lo largo del mes – enseñándole toda la farmacia que tenía en una bolsa – todos me pronosticaron algo distinto, pero sigo cada día peor. Ya no duermo en las noches de la picazón.
- ¿En la ingle también? – por no animarse a decir "en los huevos".
- ¡En todo el cuerpo! – le digo ya con lágrimas en los ojos por querer rascarme justo esas partes innombrables (para ella).
- Mmm, bueno tira todos esos remedios – volviendo a su escritorio y empezando a escribir en su recetario.
- ¿Qué tengo? – le digo desahuciado, ya que no iba a creer en otro diagnóstico pasajero.
- ...Tenes sarna.
- No puede ser – le digo canchereando y desde la plena ignorancia – no tengo animales en casa
- La sarna se contagia entre personas – y sigue cortando papelitos de su recetario.

Me puse a pensar con quien andaba hace un mes o algo mas. Y solo anduve con ella.

- Es que me resulta difícil de creer Doctora. No vi rascarse a mi novia.
- Bueno, tendrán que hablar entonces. Pero no te asustes, con dos pastillas en una sola dosis, se acabó el problema – ahora mostrándome una sonrisa – no sea cosa que pierdas a tu novia por esta pavada.

Tuve ganas de decirle que ya la había perdido, pero mi lóbulo frontal reaccionó a tiempo –cosa que no suele funcionarme mucho – y me callé.

Ahora tenía una excusa para llamarla. Contarle de este posible contagio, podía ser un motivo perfecto para vernos en el café de San Martin y Morón (donde nos conocimos) y así matarnos en la primera esquina oscura, como solíamos hacer antes que conociera mi casa.
Pero no. Lo único que voy a lograr es amortizar un golpe que conviene darse en una sola cuota y no en muchas (como diría mi amiga Blonda).
Me acosté y pensé en ella. Me preguntaba si se estaría rascando como yo y entonces empecé a reírme de la patética reflexión a la que estaba llegando.
Agarré un cuento de Denevi y a los pocos minutos, estaba durmiendo.
Esa noche y las que le siguieron, ya no picaba tanto.

lunes, 17 de agosto de 2009

Medias Negras



Son las 9 de la noche y sigo corrigiendo por vaya a saber cuantas veces, el borrador de mi novela.
Suena el teléfono, pero no lo atiendo, “Si fuera importante o urgente, me llegará un mensaje”, me dije sin culpas, mientras sígo obsesionado con algunos diálogos que no me convencen.
El teléfono es insistente, y por más que no quiera, ya logró sacarme de mi mundo.
- ¡Vamos a ver quien puta es!
- Loco, menos mal que atendiste. ¿Podes pasar por acá?
- ¿Marce? No, no puedo.
- Dice que se llama Julia y no se va a ir hasta que vos la vengas a buscar.
- ¿Me estás jodiendo?
- No.
- ¡La putamadre que la remilpario!
- ¿Venis o la hago sacar?
- Bancame que ya voy
Hacía rato que no sabía de ella. La última vez, eran en época de elecciones y así como apareció entre mis sabanas, desapareció.

Me puse algo decente y me fui al bar de mi amigo.
- ¡Iuju!... ¡al fin apareció Sir Lancelot! – dice Julia totalmente borracha.
- ¿Me podes decir que haces acá? – mientras cuento los vasos de vodka que tenía en su haber- ¿Al menos decime por qué brindamos?
Ella se incorpora como puede. Deja su butaca, que la tenía con los tacos colgando y enseñando unas piernas vestidas de negro, que me fueron imposibles no desearlas.
- Sres de este bar de mala muerte, con ustedes… el mejor redactor de discursos de todos los tiempos.
La tomo del brazo y la siento nuevamente en la silla, de frente a la barra. Marcelo, me deja una botella de agua para ella y una mirada que me explicaba cual debía ser mi siguiente paso.
- ¡Vamos! – le digo tomándola del brazo.
Ya en el auto, con la calefacción encendida, pero aún estacionados, le pido explicaciones.
- ¿No deberías estar en tu casa con tu marido?
- ¡Ja! – dice con bronca, doblando su cara hacia su ventanilla – Se fue. Me dejó – dice ahora llorando.
- Bueno, vos sabías que ese matrimonio era una farsa.
Ella hace un gesto de “que me importa” y me abraza como puede, dejando apoyada su cabeza en mi pecho.
- Me descubrió con mi jefe. No dudo un segundo en irse de casa.
- ¿Tu jefe?
- Si. El día después de las elecciones, estábamos tan contentos que brindamos en su despacho. No se cuanto tomamos, solo recuerdo ver entrar a mi marido mientras yo trataba de incorporarme, de un escritorio donde casualmente los únicos papeles que quedaron, fueron los de tu discurso.
Ahora estaba sorprendido. Tanto vodka en su sangre, tanto despecho, tanta vergüenza por ese acto y solo me hacía una pregunta.
- ¿Qué tiene que ver mi escrito en todo esto, por qué lo nombras?
Siento que ella se sonríe, pero no la puedo ver.
- Ese discurso, fue el clic para ganar las elecciones. Mi jefe no dejaba de adularme por tenerte como contacto.
- Nunca me contaste eso.
- Te hemos intentado llamar varias veces, pero como siempre, nunca contestas el teléfono.
Ahora se incorpora, me abraza la cara con sus manos frías y me llena la cara de besos.
- Llevame a tu casa
La miré, suspiré enojado e intenté decirle que no. Pero no pude.
Tampoco a sus piernas...

viernes, 14 de agosto de 2009

La primera de muchas

El depto volvió a ser víctima de mi pseudo depresión. En realidad de tristeza.
En la cocina se arrumban los platos solitarios que noche a noche me sorprenden con alguna vianda pasajera. La cama ya dejó de ser mi cómplice y mis incansables café con leche, perdieron ese sabor que tanta fuerza me daban para empezar las mañanas y las tardes.
No se hasta cuando siga este sentimiento en mi interior. Lo único bueno que deja este vaso más vacío que lleno, son mis ganas de escribir.
Mi novela espera ansiosa por algún escritor emocionado, que quiera terminarla de una vez por todas. Y parece que el día llegó.
Hoy será mi último café con leche que acompañe a esta novela, que nació con un escritor tan triste como el que la está terminando. Releo algunos pasajes y como un hijo, logra sacarme alguna que otra sonrisa. La miro y no puedo creer lo grande que se ha hecho. Tanto, que ya es hora que sea ella quien cuide de mí, al menos por un tiempo.
Solo me resta saber en manos de que editorial la dejo, para que su futuro no se vea atraído por la prostitución del marketing. Se que me falta mucho para llegar a ser lo que quiero ser y es por eso, que deseo que esta primera de muchas otras, llegue hasta donde deba llegar, sin gancho, sin yapa. Solo contará con ese montón palabras como arma para lograr que ella misma, sea quien se gane un espacio en la biblioteca de cada uno que la sepa descubrir.
Solo me asusta el hecho, que le he prometido cuando la comencé, que tendrá más hermanas. Y entonces me pregunto, ¿cuántas veces más pasaré por estos estados emocionales?
Evidentemente, muchas veces más.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Puños y Lágrimas

La verdad que la terapia de hoy, ni sumo ni restó. Supongo que con el tiempo veré los beneficios de la charla de hoy.
Me siento mejor. Parece que la herida no era de muerte y las cicatrices ya están cerrando. Y lo mejor es que no tuve que usar morfina.
Lo que no me cierra son los granos que han aparecido en todo mi cuerpo. Un sarpullido que no solo me empieza a molestar, sino también a picar.
Supongo que será otra visita al médico, cosa que detesto enormemente, pero intentaré que se pase sola. Quizá con algunos cuidados en las comidas zafe de algo que parece peor.
Lo malo de todo esto, que hoy tengo una reunión importante por un trabajo en un diario y un grano en mi frente capta no solo la atención del que tengo a enfrente, sino también las ganas de largar una carcajada o hacer algún chiste alusivo casualmente con lo que me pasa. Y no estoy de humor.
Como estaré de loco que fui a terapia caminando. Vaya a saber cn que excusa absurda dejé el auto en la puerta de mi casa.
Lo cierto es que al volver, paso por la puerta del Centro donde hago Tai chi. Paso a saludar y dar explicaciones por mi ausencia este último tiempo.
Mi profesor, Víctor, siempre con una sonrisa y una paz que contagia, me invita a su gabinete donde practica entre otras cosas, acupuntura china tradicional (no es verso) y se las ingenia para que vomite todo lo que me estaba pasando.
- Raro en vos esos granos en tu cara
- Si, una cagada
- ¿Sabías que el cuerpo es sabio? De alguna manera el cuerpo te pide que saques todo eso que tenes adentro. El sarpullido es la manera en que se defiende tu cuerpo. Vas a tener que sacarlo, como sea.
- Supongo que debo hacer algo, pero no se ni qué, ni cómo.
- Llorando, gritando, golpeando.
Lo miro asombrado y él se ríe. Minutos después me encontraba pegándole a una bolsa de arena. A los diez minutos la bolsa se aguantó un tipo con mucha rabia, pero a los quince, me había ganado. Me quedé sin fuerzas y fue el momento de llorar. Ahora los puños golpeaban con lágrimas hasta que me abracé a la bolsa y lloré como un niño.
No se cuanto tiempo pasé en esa habitación golpeando, llorando, recordando. Pero cuando me quise acordar, el dolor se había ido.
Y mis recuerdos también.

lunes, 10 de agosto de 2009

El día después de mañana

Era cierto que ésto puede matarte...


Los domingos tienen ese “no se qué” en esta ciudad que no se cansa de enseñarme días increíbles. Que no solo me llenan con ese cielo que Mariano Moreno volvería a morir por verlo, sino que también le podemos agregar un bonus track si apuntamos hacia la Cordillera de Los Andes.
La ventana del café donde estoy escribiendo me enseña todo eso y el blog “Lágrimas de Malbec” pone la música de Lamb (Gabriel), haciendo de este domingo, un día distinto.
Parece que las nubes que abundan en mi corazón, quieren irse pero es difícil. El hombre es un animal de costumbres, y yo venia muy mal acostumbrado.
Hoy, no tenía con quien ir al cine, o mejor dicho, no estaba ella para poder disfrutar de sus comentarios post película. Ya no quedaba su perfume en mi auto. Apenas una caja de Marlboro Box vacía, que supe dejar olvidada en el asiento de atrás, temiendo que el día después de mañana llegara.
Una caja me sigue recordando que amaba hasta lo que me más molestaba de ella.
Las pocas cuadras que necesitaba hasta el café, las hice en el auto y las hice sin mirar absolutamente nada. No quería oler nada, mirar nada, tocar nada. Pero su asiento estaba vacío.
Mi celular está apagado. Luego de mi último posteo, no ha dejado de sonar. Y no justamente porque sean muchos los amigos que llaman, sino que son esas aves de rapiña, las que aprovechan la situación para querer conquistar un corazón totalmente partido.
Nada de farmacias, mucho menos hamburguesas. No quiero nada. Solo deseo que esto se acabe de una vez, para poder volver a empezar. Pero esta vez, será distinto. No se que ni como, pero algo está por cambiar.
Hoy, solo deseo un poco de morfina. Un llamado de ella sería suficiente para crearme una sonrisa, aunque el resultado siga siendo el mismo, pero quizá, al igual que la morfina, me quite un poco de dolor.

Por suerte, mañana tengo terapia…

sábado, 8 de agosto de 2009

Tengo la camisa negra...

Necesitaba un cambio. Mi guardarropas daba tanto asco como el resto de mi vida. En verdad no se si daba tanto asco, pero así me sentía.
Ahora solo me queda el dolor, el vacío de esa mujer que supo llenar mis domingos con sus locuras, con sus cafés, con su olor que era algo así como la suma de todos los mejores perfumes del mundo.
Fue poco el tiempo que estuvimos, pero suficiente para darme cuenta que, sin querer había proyectado una vida. Llena de incoherencias, de antagonismos, pero que importaba si la amaba.
Pero en verdad, si importaba. “Con el amor no alcanza” decía ella, y yo no le creía. Y tenía razón. Y también me quede con las rosas en la mano y una hoja en blanco que esperaba para sepultar un montón de recuerdos.
Con solo escucharla, sabía la cantidad de problemas que tenía y a que se debían, el grado de locura que llevaba encima, y las posibles ganas que había de un encuentro sexual, amoroso o ambas a la vez.
En cada mensaje podía darme cuenta de la manera sutil que tenía de decirme “te quiero”, aun sin decirlo. Y también cuando llegaba un “andate a la mierda”, también sin decirlo.
Cuesta creerlo, pero sabía hasta cuando me llamaba sin hacerlo… y también cuando llegó el momento de despedirme, de decirle adios, también sin tener que pedirmelo.
Y me pregunto que se hace con todos esos recuerdos, cuando la otra parte ya no está conmigo. No se pueden cremar, ni enterrar y mucho menos olvidar.
¿Con quién los comparto? ¿Con amigos, parientes, novias? Esto no lo puedo charlar ni con mi profesor de Tai Chi.
Por eso decidí hacerlo con ustedes, silenciosos lectores del diván.
Quiero distraerme y entró a un blog de una amiga de letras y cuentos asombrosos (http//atendemeunasuntito.blogspot.com), y tampoco está para reírme con sus historias.
Parece que el luto llegó a los blogs, al igual que una camisa negra que me compré y no entendía porque la necesidad de tener una, hasta que comparti este sentimiento con ustedes.
Hoy no hay levante, ni sexo, ni erotismo… pero al menos hay un blog nuevo, renovado, como mi guardarropas.
Ojala les guste…

La putamadre! Como la extraño…

Sabor Adolescente


Es viernes y luego de un corto pero intenso romance, me he quedado solo otra vez. No se si fue esa puta costumbre -diría Cacho Castaña- o qué, pero cuando me dispongo a amar a alguien, algo falla en la matrix. Algo asombroso pasa en este ecosistema de mujeres bellas y secretas. Como si algún código binario diera un error y de buenas a primeras, me quedo solo otra vez. Un maldito reset, otro más y ya empiezo a pensar que no es el software sino el hardware lo que esta fallando.
Lo cierto es que hacía mucho tiempo que no me enamoraba. Esta vez me dejé seducir por ese sentimiento tan sencillo como difícil, tan fácil de absorber pero difícil de digerir. Yo me aferré más a ese sentimiento que a ella. Y el diagnóstico dolió.
Una vez alguien me dijo que estaba destinado a deambular por el solitario camino del amor. Primero no le entendía, luego no quise creerle. Hoy es uno de esos días que le entiendo y le creo cada una de sus palabras. ¿Pero de qué sirve cuando el dolor está en mis entrañas?
Lo cierto es que el único remedio paliativo era salir. Y salí.
Llamé a mi amigo el Pela y lo llevé de prepo a ver una muestra fotográfica, en un hotel de Mendoza. Había degustación de vinos, tango en vivo, la muestra de fotos -obviamente- y muchas piernas de medias negras con zapatos con tacos COMO DEBEN SER.
El evento hubiese dado para una de las historias de este blog si no fuera porque me demoré comprando un pantalón y llegando dos horas tarde. Cuando entramos solo quedaban los restos de una velada que ya tenía sus parejas rodeadas de copas casi vacías. El Pela, feliz porque mis ganas se desvanecían y sus pretensiones de irse a dormir aumentaban, como un amigo de puta madre, y sabiendo que yo carecía de un hueco difícil de llenar, me invita a tomar un mojito con rabas a “348”, un bar que nos recomendó un viejo lobo de mar como el Seba.
La pasamos genial. La mesa 17 fue de las más reidoras de un bar que cada vez se llenaba más y más.

- Hora de irnos - le digo al Pela.

Recién pasadas las doce y por ser viernes, la jornada estaba cumplida. Lo dejo en su casa y prometo ir a mi casa. Ni mi auto se creyó ese bolazo.
Con la excusa de buscar un baño porque no llegaba a mi casa, me meto en el Hyatt que quedaba de paso.
La verdad que hacía mucho tiempo que no entraba al Casino. Busque una barra que sabía haber en mis tiempos de gloria. Pero el juego arruinó lo poco que quedaba de bueno en ese lugar. Maquinitas inmundas por todos lados. Solo faltaban en el baño.
Camino y camino pero nada. Solo pude meterme en el salón donde había un grupo tocando algo parecido a la salsa o merengue, pero en verdad, los que tenían un merengue bárbaro eran los que cantaban que no se les entendía un carajo.
La verdad que tenía ganas de perderme en alguna barra, para dejar de sentir ese dolor que no me visitaba desde la secundaria. Estaba solo y tenía que empezar a darme cuenta, que esa persona que amaba, ya no está a mi lado compartiendo noches, tragos, fiestas... Se fue mi par y con ella mi seguridad. Una seguridad que la olvidé con alguna que otra prenda dejé sin querer queriendo, en su casa.
Nada me gustaba. Lo único que veía era gente desquiciada metiendo monedas a las máquinas… ¡Como putas no dejaron la barra para chupetear algo!
Me voy y en el camino hacia el auto, que al no haber lugar, lo tuve que dejar a tres cuadras, veo un edificio que me resultaba conocido.
- ¡Gloria! - digo sorprendido y en voz alta.
Recordé a una vieja amiga que sabía cobijarme en momentos como en los de hoy. No se que había entre nosotros en aquellos tiempos, pero siempre nos hicimos un lugar para cuidarnos.
- ¿Quién? - dice el portero eléctrico
- El Niño - digo temeroso
- ¡Me estás jodiendo! ¿el Niño?
- El mismo
La puerta se abre...
Por más que me digan cuál es mi destino, jamás renunciaré a la idea de desafiarlo, darle batalla, aun sabiendo el resultado.
Quién dice que falle la matrix, y yo encuentre a mi media naranja.

jueves, 16 de julio de 2009

Día de Taller



Calculo que todos los autos, pasados los dos años de uso, tienen problemas. Pero el mío es el padre de todos ellos. Así es, que luego de dejar el Corsita en el Taller, me encuentro en la parada del Trole, con destino al centro mendocino.
El frío parece que también quiere subirse a este, tan maravilloso como lento coche eléctrico.
Y la vida, aunque muchas veces no lo parezca, es justa y equilibrada. Y prueba de ello es que, ante semejante frío de una tarde de invierno, la vida me recompensa con una rubia que genera más terremotos que toda la Cordillera de los Andes.
La miro de arriba abajo –sin que se de cuenta, por supuesto- y para situarla entre las mujeres más hermosas de este planeta, necesito escuchar su voz.
En verdad no pretendo nada más. El presupuesto que vaticinó el mecánico, no me dejaron energías para otra cosa. Me sentía más abajo que nunca. Y solo estaba matando el tiempo. Si fuera otra la ocasión, seguramente hubiese intentado hacer algo más estúpido que preguntar la hora.
- Sí, ya te digo. Dejame que busque mi celular.
- No te hagas drama – le digo al ver su incalculable cantidad de ropa de invierno y sus guantes de lana- de todas formas ya debe estar por pasar.
- No, no -insiste ella- ya te digo.
No termina de sacar la mano de su diminuta cartera, que el celular se estrella contra el piso.
- ¡Ay! - dice ella
- La puta madre – digo yo en voz baja.
Ambos nos arrodillamos y empezamos a buscar las partes, que se desparramaron por toda la vereda.
Justo pasa el Trole y el conductor sigue de largo, mirándonos y pensando vaya a saber que cosa.
- No puedo creer que este tipo no haya frenado. – digo con bronca.
- ¡Qué vergüenza! Te pido mil disculpas, fue todo por mi culpa – dice ella mientras se levanta con las partes de su celular.
- ¿Disculparme? ¡No, por favor! Todo fue mi culpa- mientras le entrego la batería de su celular.
- Fijate si anda por favor.
Ella se pone nerviosa. Más de lo que debería, pero bueno, cada loco con su tema. No me atreví a hacer ningún juicio sobre su comportamiento. Al fin de cuentas, todo fue por preguntar la maldita hora.
- Perdón que insista, pero de verdad quiero saber si anda tu teléfono. Lo único que falta que encima de hacerte perder el trole, te quedes sin celular.
Ella logra encenderlo y me lo muestra.
- Listo, funciona.
- ¿Seguro? ¿Por qué no intentas llamar a alguien?
- Eh…
Estaba tan metido en mis quilombos que no me percaté, hasta el momento de ver su rostro avergonzado, que la estaba poniendo en un compromiso. ¡Obviamente no tenía crédito!
- ¿Puedo llamarte si queres?
- ¿Seguro? No quiero hacerte gastar crédito. Para mí, que anda.
- Dame el número.
No me estaba dando cuenta, pero sin querer, aunque de una manera muy bizarra y discutible, además de estar escuchando su voz, estaba obteniendo su número de celular.
- Parece que no suena – le digo. mientras vuelvo a llamarla.
- Parece que no – dice ella dándole unos golpes inútiles a la pantalla.
Para ese entonces, ya ni recordaba, el por qué estaba en la parada para ir al centro, y tampoco, la sarta de problemas que padecía mi auto. Ahí me di cuenta en la situación en la que me encontraba, y me dije: ¿por qué no?
Dada la hora que era y su vestimenta que decía “tengo frío, pero miren. ¡Soy una linda mujer!”, estaba claro que no iba al trabajo.
Pero lo que más me motivó a seguir con un plan no planeado, era su altura. La obligación a invitarla a tomar un café, fue sin dudas, su metro casi ochenta que la naturaleza le concedió.
Tengo una teoría, hecha en base a estadísticas caseras y dice así: las mujeres que miden más de un metro setenta y cinco, casi nunca son encaradas casualmente. Y no solo lo dicen ellas, sino que los hombres también confirman a teoría: “Nos sentimos más seguros, encarando a chicas de baja o media estatura…no se por qué, nos sentimos más seguros”.
Y yo estaba seguro, que éste era uno de esos casos.
- Creo que estamos en problemas – le digo.
- ¿Vos decis?
- Nos quedamos sin transporte, sin celular, se esta haciendo de noche y lo peor, aun no sabemos que hora es.
Ella se ríe y se relaja un poco.
- Además debo arreglar ese celular.
- No seas exagerado, de todas formas se me cayó a mí.
- Si no tenes mucho que hacer, podemos caminar unas cuadras. Hay una estación de servicio que preparan un café delicioso.
- ¡Ja, Ja! ¡Qué caradura que sos! – dice asombrada, pero con una sonrisa que me invitaba a ser mas inteligente que piropeador.
- No, creo que me mal interpretaste. Al lado de la Estación hay una casa que repara y venden celulares. MIentras esperamos, tomamos un café, si queres.
Su sonrisa se borró de su cara inmediatamente, al darse cuenta que le marqué un offside (aunque ambos sabíamos que mi fuera de juego estaba mal cobrado, pero bueno, es parte del folklore).
- Bueno, si es así, entonces acepto.
Las tres cuadras que caminamos por el Carril Cervantes hasta llegar al mini complejo que hay llegando al Puente Olive, resultó ser una charla divertida y distendida.
No quise preguntar a que se dedicaba, porque eso implicaría que me respondiera con la misma pregunta, y la verdad no quería contar lo que hacía.
- ¿Qué hacías esperando el Trole? – le digo para romper el hielo.
- Nada, iba para la casa de mi novio.
La miro desconcertado. Ella me mira con cara de poker, pero no se aguanta y larga la carcajada.
- Veo que lo tuyo es el humor.
- ¡Ja, Ja! No te enojes, pero tenía que bajarte esos humos de porteño agrandado.
- ¿En verdad, crees eso de mí?
- No, pero me sirve para defenderme de un próximo ataque tuyo. No estoy acostumbrada a ser cortejada.
- No seas exagerada. De verdad me siento mal por lo del celular.
- Y vos, ¿A dónde ibas?, no te había visto nunca.
- Es cierto. Es que vine a dejar el auto en el taller y me iba para el centro. ¿Vos no me respondiste?
- Iba al centro también. Estaba aburrida y quería ver si encontraba unas botas.
El resto de la charla hasta llegar al complejo, donde estaba la Estación y el negocio de celulares, fue distendida, sin mucho contenido y por sobre todo sin revelar ambas identidades.
- ¿Dos horas dijo el técnico?
- Sí. – dice ella, mientras llama a la chica del bufet.
Pedimos una promo de café con leche, jugo de naranja y dos medialunas. Ya parecíamos ser amigos de toda una vida. Estábamos totalmente relajados. Pero ya estaba cansado de no saber nada de su vida.
- Por cierto, y mientras esperamos que se cumplan las dos horas, ¿puedo entrevistarte?
- ¡Ja! ¿Sos periodista?
- Algo así.
- Bueno dale.
- Ok. Pregunta número uno… ¿aceptarías una propuesta indecente, de una persona que conoces hace menos de una hora?
- Si, pero lo siento, ¡ya pedimos la promo!
Ambos nos reímos muy fuertes, y las pocas personas que habían se molestaron por el tono de nuestra charla.
- Segunda pregunta, ¿hace cuanto que nadie te toma de la mano para caminar un par de cuadras?
- Si te digo que hace unos minutos, ¿me creerías?
- No, esa persona, tuvo ganas, pero no se animó.
- Cierto. En verdad ya ni me acuerdo cuando fue la ultima vez… que me tomaron de la mano.
Otra vez, risas pero más contenidas.
- Tercera y última pregunta: ¿aceptarías una propuesta indecente de un desconocido como yo?
- ¡No vale! Esa pregunta ya me la hiciste.
- Cierto. Es que soy olvidadizo.
- ¡Igual que yo! –tomándome de la mano.
- Entonces… - digo algo excitado
- Acepto. ¿No fue así como respondí la primera vez? - dice ella mordiéndose los labios por la travesura que estaba cometiendo.
Dejé un billete de veinte pesos sobre la mesa y corrimos hasta la playa donde había un taxi cargando combustible.
- ¿Tu casa o la mía?– le digo mientras caminábamos abrazados hasta el coche.
- A solo que quieras conocer a mi mamá y mi tía, prefiero la tuya.
Ya en el auto, algo más calentitos y con mi boca encimada sobre la de ella, me pregunta.
- ¿Y mi celular?
- Supongo que seguirá en el taller hasta mañana.

martes, 9 de junio de 2009

Semana de Elecciones


Es domingo y estoy hasta las manos de laburo. En época de elecciones la labor de los escritores aumenta y hasta diría desborda. Lástima que los políticos solo salgan a dar la cara veinte días antes de que la gente se enfrente a las urnas.
No se cuando me metí en esto, pero hasta que no caiga un editor con una propuesta decente para mis novelas, debo seguir, entre otras cosas, maquillando los discursos de los políticos.
Lo cierto es que yo nunca voy a saber a ciencia cierta, quién fue el que más gustó con sus discursos. Mi amigo y colega Carlos, que lo hace para una rama del peronismo. Marcela, una escritora, que más de una vez debería interrumpirse cuando nota que escribe cosas horribles. Y por último, Bety. Una guionista que trabaja para un político exclusivamente y que reconozco es la mejor de todos nosotros.
Suena el teléfono.
- Che, estoy San Martín y mi jefe se esta impacientando. ¿Tenes el discurso?
- Hola, ¿Cómo te va? ¿todo bien? Yo re bien, ¿sabes?
- Dale boludo, que mi jefe me va a cortar las pelotas.
- Julia, ya está listo, pero quedaron en pasar a buscarlo.
- ¡Que boludos son todos acá!
- ¡Sí! ¿Cuándo los descubriste? – le digo con una voz sarcástica.
- Creo que desde el momento que te contrataron…. Dale boludo, venite y de paso tomamos algo. Esta noche puedo llegar tarde a casa. Anotá la dirección.

El llamado olía a trampa. Seguramente hizo que pasara esto para poder tenerme cara a cara y recriminar mi ausencia ante los insistentes mensajes acosadores de ella. Hoy era el día perfecto para excusarse en llegar tarde a su casa y de paso cañazo a su amigo. O sea, yo.
- Gracias a Dios que llegaste, dame el borrador.
- ¿Borrador?
- Bueno, lo que sea, ¡damelo!
- Tomá y de paso preguntale cuando me van a pagar, que ya me deben más de veinte escritos.
Julia salió corriendo entre la gente. Su vestido de rojo puta no hizo otra cosa que se me incendiara la vista y mi bragueta.
Voy por unos canapés y un vinito de la casa, ya que no había almorzado.
Busco a ver si encuentro algún conocido pero nada. Así que me voy con mi abundante copa de vino tinto hasta llegar a una columna que esta a metros de la salida. Si la cosa se ponía densa, nadie se daría cuenta de mi escape.
Media hora después todo sigue igual. Salvo que ahora el lugar empezaba a quedar chico. Estaba claro que esta reunión tenía como fin, liquidar los últimos fondos de la campaña, ante un centenar de empresarios que aún no están del todo convencidos con las ideas de mi jefe temporario.
Julia no aparecía y ya me estaba aburriendo. La tercera copa de vino hizo que me buscara una silla y más bocadillos. De repente y para placer de mis oídos, la voz de Warren Zevon salía por los parlantes “Genius”. Un temazo de uno de mis cantantes preferidos.
“Bueno, al menos el DJ sabe como tratar a esta gente”, me dije, cerrando los ojos para deleitarme con su música.

- Quería presentarles a una de las personas que en forma anónima tiene la culpa de que hoy esté toda esta gente acá.
- ¡Julia! – digo sorprendido al abrir mis ojos.
- Te presento a Omar y Carlos. Ellos pertenecen a un grupo multimedia muy importante y querían conocerte.
- Eh… ¡Hola, un gusto! – Estirando mi mano, que gracias a Dios no tenía restos de bocadillos.
- Creo que Julia se excede en elogios hacia mi trabajo. – Acerco mi cara con una de mis manos sobre un costado para que ella no lea mis labios – Julia cree que todo puede ser tan exagerado como su belleza.
Ambos se ríen y levantan las copas brindando por lo dicho. Ella se sonroja y me abraza.
- No creas, ella nos ha revelado alguno de tus trabajos de esta campaña y vemos que hay un potencial que puede ser explotado.
La miro a julia a los ojos y ella me levanta las cejas con una sonrisa de oreja a oreja.
- Creo que ustedes tienen mucho que hablar y yo debo seguir trabajando. La conferencia está por comenzar.
Los tres nos quedamos, mirando su retirada. Suspiramos.
Intercambiamos algunas tarjetas y luego de un par palabras cruzadas, abandono la zona de influencia. No quería demostrar tanto entusiasmo, ni mucho menos que se crean que me entrego en la primera cita (al menos en lo laboral).
Los aplausos daban la bienvenida al orador de turno y aprovecho el bullicio para salir a tomar un poco de aire fresco, ya que el vino me estaba poniendo demasiado contento.
Apoyado en el auto, contemplando mi suerte, me pregunto por qué Julia siempre resultó incondicional conmigo. Jamás pude darle el espacio que siempre necesitó y así y todo insiste en hacerme creer que puede gobernar mis lados más oscuros. Y a veces lo logra.
Suena mi celular. Es un mensaje de texto. Es ella y creo que hoy… la voy a votar.

domingo, 7 de junio de 2009

Un Enchufe de Película

Luego de subir unos 100 clasificados a la web, para promocionar las ventas de un sitio en Internet (no todo es gloria en el mundo de la escritura), y por ser viernes, me voy al cine a ver mi película favorita “Terminator – Salvation”.
Esta vez no había ninguna chica Keats. Al menos no fui ni con tiempo ni con ganas de conocer nada nuevo. Solo quería ver el estreno que tanto se hizo desear.
Busco una butaca y me siento en medio del cine. No había nadie. Llegué con lo justo, pero las luces aun seguían encendidas. Calculo que esperando que alguien más se digne a ver la película.
Al no empezar, me relajo y sin querer –o queriendo- me duermo.
No puedo decir que soñé porque sino tendría que bloquear el blog para menores, pero cuando desperté algo me molestaba entre las piernas! Lastima que no duró mucho ya que el despertar no fue cálido sino de golpe con una bomba de una película. El corazón se me salía. Hice un pantallazo y vi que ya no era el único.
Fuimos unos cuantos que aprovechamos la siesta para ver la peli “solos”, como Dios manda.
Excelente continuación de un Terminator que parece no tener fin. Me quedé hasta el final de los títulos para relamerme recordando cada una de las escenas que me dejaron con la boca abierta y luego salí camino al patio de comidas del shoping.
Llevé mi notebook para seguir con mi novela, pero para variar el único enchufe disponible en el patio de comidas lo tenía un flaco que parecía estar viviendo con sus tías abuelas. Una ropa del siglo pasado, el ruedo que le quedaba corto. Todo de marrón caca haciendo juego y ¡peinado! (¿se siguen vendiendo peines?) El último peine que encontré lo ví en Le Prive (un telo) junto a los forros y un vasito de plástico. Todo descartable. Pero ese pibe, tenía pinta de saber poco o nada de telos. Menos de mujeres. Hombres, tal vez! (Jajajaja no, mentira). Pero era un típico jovencito de 19 años, salido del secundario, calculo que con un promedio 9 de 10 por lo menos, y con suerte una noviecita que goza de la misma suerte que él, rezando vaya a saber cuantos Ave María.
Jamás fue tentado por un porrito. No me hacían falta los anteojos del Sr. Lanata (Mesa de Noticias) para ver que debajo de sus pantalones usaba los calzoncillos planchados, no solo por prolijo, sino para matar algún que otro bichito. Un joven que aún goza de los elogios de sus tías abuelas, cuando llega alguna que otra amiga jubilada a la casa y dicen frases tipo “Ay, el nene es hermoso… ¡Todo un hombrecito ya!” y un sinfín de calificaciones que lamentablemente hay que tirarlas por el inodoro, cuando entras a este inframundo, donde el feo es lindo, el bueno es malo y la loca no resulta ser tan loca.
Lo que desconcertaba era la notebook. Eso no encajaba en su perfil de pseudo hombre. Pero en fin, estaba usando mi enchufe y eso me molestó tanto que lo empecé a mirar fijo.
El joven se da cuenta de mi posición de reo a lo Prision Break, y se pone nervioso. Ahora se daba cuenta que lo estaban mirando y cambia su posición sentada de adolescente jugando a la play por más de 3 horas, por una posición más de hombre.
Lo sigo mirando fijo y enfurecido. Parecía un Terminator T600 analizando su objetivo.
Pero nada. El jovencito hijo de sus reverendas tías, se mete en la pantalla y hace un par de clics ofreciendo resistencia. Calculo que estaría viendo los nuevos libros de la librería Yenny (lo cual, lo haría pasar al bando de los piolas si no fuera porque Yenny tiene su propio local a unos 30 metros de donde tiene apoyado su trasero relajado) o bien las promos que salen en Mc Donald gracias al wi-fi, ya que no le veo ni onda para el chamuyo por chat y sí, algunos “pornocos” bien disimulados.
Ya cansado de esperar y putearme porque no había llevado la zapatilla en mi mochila (la última vez que lo hice, el peso sobrepasó el límite y se me cortaron las tiras y casi me la corto… como las tiras de la mochila), doy media vuelta y enfilo para la salida.
- Un buen café en casa… nada mejor que estar en casa.- me decía en voz alta.
¡Mentira! Tengo las bolas chatas de estar en casa sentado escribiendo para los demás. Ahora quería escribir para mí y hacerlo en un lindo lugar, o al menos distinto. Pero mi excusa para no sentarme a escribir mi novela, estaba haciéndose realidad. Miro un par de vidrieras y enfilo para la puerta de salida.
- ¡Apa! Mirá la oferta que hay en una escalera mecánica – dice una voz muy sensual con perfume de mujer.
(¡Quién carajo es pensé!)
- Eyyyyyyyyyyy! Julia. ¡Qué alegría verte! – ahora mirando a su amiga sin nombre- Y que mejor, cuando te veo tan bien acompañada.
- ¡Siempre tan halagador amiguito mío!- Abrazándome para decirme al oído “Si te la cojés te mato”.
- Sabía que te gustaba tu mismo sexo, pero nunca sabía que lo habías blanqueado.
Ambas se ríen.
- Este, es el amigo que te conte… ¿te acordas? –haciéndole una seña frotando sus dedos índices.
- Ahhhhhhhh – dice la amiga como cayendo de un décimo piso.
- Así que vos sos el que escribe. ¡Mírá vos!
Las escaleras llegaron a su fin y tuve que saltar desprevenidamente para que no me agarre mis zapatillas urbanas (así le dicen ahora a estas cagadas!).
- ¿Les gustaría tomar algo? Las invito a un rico café de Havanna.
Las dos se miran cómplices y miran sus relojes. Se hacen una seña con los ojos como si estuvieran jugando al truco y disienten con su cabeza.
- Es que a Julia la esta esperando su marido afuera, en el auto.
Julia le pega un codazo descontroladamente fuerte.
- ¿Qué? – dice la amiga – No tiene nada de malo, ¿o sí?
En ese momento, Julia parecía que no quería ser más su amiga. La miró furiosa, se mordió los labios de bronca y se fue sin saludar, dejándonos en medio de una cita casual.
“¡Qué buen culo!” pensé mientras la veía perderse entre la gente. Pensar que la muy turra se acordó de cojerme, días antes de su casamiento. Y que bien que la pasamos, pero después, también recuerdo que me agarró ese acto de remordimiento y le dí un sermón de aquellos… ¡Que lo paríó, Mendieta!
- Y bueno, ¿te tomas un café? – le digo a su amiga que quedó varada en medio de la cordillera.
- ¿Tenés auto? – dice nerviosa, mirando a ver si se vuelve su amiga.
Pongo cara de poker ante su pregunta. Realmente me descolocó.
- ¡Ja! No te asustes, solo que vivo en la loma del orto y si Julia se va, estoy en el horno.
- No te hagas problema. Yo te llevo.
- Uff, gracias. Parece que me la eché, ¿no?
- ¡Naaa!. Vos sabes como es Julia.
Con mi brazo le enseñé el camino hasta el café. Ella pasa delante mío, ya que una columna y un puesto de ropa interior masculina, no nos dejaban ir a la par.
Su perfume inundó el camino. ¡Hacía cuanto que no tomaba un café con una chica con un perfume importado!
Sus botas de invierno color camel y un jean que acentuaba su reciente adolescencia exiliada, no me permitía mirarla con decoro.
Caminamos unos metros y se detiene justo antes de llegar al café. Justo a unos pocos centrimetros de mi boca.
- Me llamo Mirta
Mi cara fue imposible de disimular.
- ¿Mirta?... ¡¿Mirta?! – digo desconcertado y repitiendo el nombre que me daba vueltas en la cabeza.
- Sí, Mirta, ¿Qué tiene? – dice sin pelos en la lengua
- No, qué se yo, ¿Mirta?... Puta madre. Tan linda y con ese nombre? ¿A caso lo hicieron para equilibrar la balanza de la belleza?
- Ja, Ja, Ja! No en verdad no me llamo así, pero como siempre escribís historias de las mujeres que entran en tu cama, prefiero no blanquear mi nombre.
La miro asombrado. Otra vez me pregunto ¿por qué soy tan fácil de levantar? No debería entregarme en la primera cita, pero ¡qué mierda! La vida es una sola y tambiñen mu corta como quedarse durmiendo solo.
- Mmm, sabes que el café de acá no es tan bueno como dicen. Mejor vayamos a casa que mi viejo me trajo un café colombiano.
Se me acerca como para darme un beso y mis manos empiezan a transpirar. No por nervios sino por las ganas descomunales de probar esos labios.
Todos mis músculos se ponen en guardia. Quiero abrazarme a ella pero me contengo y cierro los ojos esperando que el filo de sus labios penetrara en mi boca.
- ¡Sos un dulce! – acariciando mi cuello y mi oreja.
Abro los ojos y seguía ahí, tan cerquita mío, que podía oler el sabor de su lápiz labial. Sus manos frías seguían en mi cuello y caminaban hasta mi nuca. Tuve la intención de ser yo quien la besara, pero me aguanté, haciendo que ese momento, el mejor de todos para un primer beso, se estirara el mayor tiempo posible.
Su perfume me generaba muchas cosas, desde las más perversas hasta las más dulces. Imágenes de todo tipo pasaban en forma muy rápida por mi cabeza.
- Vamos a casa ¡ya!– le digo con tono de macho caliente.
La tomo del hombro, como si fuera un médico con su paciente, y caminamos hasta la playa de estacionamiento. Pero no sin antes pasar por al lado del sobrino perfecto y agradecerle por quedarse con mi enchufe.
¡Seguí participando! (…¡La reputa que te parió!)

jueves, 28 de mayo de 2009

Noble Caballero

¿Qué podría afligirte, amado caballero, solo y pálido callejeando?

El junco se ha marchitado en el lago y ya no hay pájaros que canten...

Deja a La tejedora, noble caballero y adentrate en mi cuerpo...

Así empezó mi carrera de Letras, en la Universidad Nacional de Cuyo. Una bella dama, castigada por su codiciada belleza, carente de caricias, de besos, ejecutó con sus palabras mi sentencia para amarla, al menos lo que dura una eternidad bajo las escaleras que dan al subsuelo del edificio.
- Metete la camisa adentro del pantalón, si no querés que alguien se entere que no estabas estudiando, precisamente Letras.
Confirmo que tenía razón, y tras unas sacudidas a mi ropa, que traía polvos de unos escalones poco transitados, meto mi camisa como puedo, mientras me ato el cinturón.
- ¿Te conozco de alguna clase?
- ¿Deberías?
- No, pero parece que me conoces más de lo que yo a vos.
- Te tengo marcado desde que pisaste esta Universidad. Aun te recuerdo con esa camisa celeste y la minita de turno que llevabas a tu lado.
Hice lo posible por recordar ese día y me di cuenta que era cierto.
- ¿Qué raro? –comento pensativo- jamás conquiste a nadie por lindo.
Ella larga una carcajada, mientras se ponía brillo en sus labios. Guarda su kit de belleza en una cartera que antes no había visto y camina, con su metro cincuenta, hasta abrazarme con sus recientes débiles brazos.
- Supongo que debo decirte como me llamo…
- Creo que disimuladamente deberías decirlo al pasar.
- Claudia
- ¿Y ca-da una de esas pe-cas tam-bién tie-nen un nom-bre? – intercalando cada sílaba con un beso en sus cachetes.
- ¡Tonto! – golpeándome con sus puños en mi pecho
Caminamos unos metros, hasta llegar a la civilización. Automáticamente, cuando cruzamos una puerta roja, ella suelta mi mano y toma una postura más distante. Eso me decía muchas cosas sobre su presente y no era de caballero preguntar el por qué. Era evidente que no estaba sola. Y ninguna chica de su edad debería estarlo, aunque esta generación prefiere la libertad para hacer de las escaleras una identidad anónima, tratando de encontrar lo que aun no conocen y por eso ni siquiera pueden decirlo, apenas señalarlo.
- ¿Sería inapropiado pedirte tu teléfono?
- Sí, lo es, pero me dan ganas de dártelo.
- Y que te priva de hacerlo.
Ella señala a un personaje que venía en busca de su mirada. Era evidente que no pertenecía a Letras. Su cara de garca y un traje que le asentaba mejor que a un gerente de banco, me daba como resultado que pertenecía a una de esas profesiones (a mi criterio) poco honestas, llamada abogacía.
- Hola – digo sonriente estirando la mano.
- Hola – dice el abogado con cara de ya saben que y dejándome con la mano en el aire.
- ¡Pero que mal educado que sos! – dice ella con algo de pudor por su desprecio.
- ¿Vamos? Tengo el auto mal estacionado.
- ¡Ya voy! – dice enojada.
- Perdoname, pero jamás reaccionó así antes. ¿Ustedes se conocen?
Mi sonrisa cuando estiré mi mano, tenía más de venganza que de amable. Su rostro me pareció conocido y cuando se acercó lo suficiente, confirmé que era el amante de una amiga mía, también de su palo. El tipo se dio cuenta que yo sabía y al quedar en evidencia, que mejor que pasar por enojado.
- Seguramente, nos hemos cruzado, viste que Mendoza es un pañuelo.
- Raro pero bueno, ¿en qué estábamos?
- En tu celular
- Cierto, te doy mi número, ¿te parece?
- Mmm, prefiero que este edificio nos encuentre nuevamente, pero sin mochilas.
Ella se esfuerza con una sonrisa como entendiendo, pero en verdad parecía no entender.
- Quiero decir, que prefiero encontrarnos casualmente y descubrirnos poco a poco dentro de estas paredes.
- Mmm suena romántico, pero si así lo deseas, como quieras.
- Es que no me gusta poner en una misma oración tecnología y amor, me suena a ciberamor, volátil, frío, en fin poco romántico.
- Pareces del siglo pasado – dándome un abrazo de despedida.
En verdad, no quería empezar una historia, con alguien en el medio. Pero ¿cómo decírselo sin que se ofenda? Soy un caballero y si llegué a sus brazos, fue porque me encontró sin mi armadura. Si bien no es común que una mujer de su corta edad desnude su alma en una escalera con un hombre diez años más grande (por lo menos), lo cierto es que esta generación se empecina en destruir al romanticismo, mi aliado, mi todo.
Me entregué al enemigo, dejé ver mis heridas y así y todo no logré demostrarle mi pasión por lo que defiendo, por lo que lucho, aunque por momentos, como Don Quijote, me encuentre peleando contra molinos de viento. Mi enfrentamiento cuerpo a cuerpo y mis breves palabras cruzadas, no alcanzaron para ponerla de mi lado, para volverla una guerrera del amor. Tenía pasta, pero no supe pulirla lo suficiente para que se vea como tal.
- Te dejo porque sino mi hermano me va a dejar a pata otra vez.
Me beso lento y salió corriendo como una adolescente con sus zapatillas rosas de estudiante.
¿Dijo hermano? … Sí, soy un boludo.

jueves, 21 de mayo de 2009

Una Salida Japonesa


Un viaje inesperado a Buenos Aires me encuentra solo, caminando por la glamorosa Avenida Corrientes. Luego de tomar un café con mí segunda mamá, que se extendió hasta la hora de la cena, me devuelve a las calles que me vieron crecer (sí, soy porteño).
Tengo unas cuantas cuadras hasta el estacionamiento donde dejé mi auto. La sensación a esa hora de la noche, era igual a la estar en medio del campo. Un silencio que pocas veces se puede apreciar estaba ante mí. Nada de autos, papeles que aun revoloteaban como mariposas ante semáforos indicando a nadie, era la mejor postal para una noche de mucho calor en “La Capi” como decimos nosotros.
La excitación de poder acostarme sobre plena Avenida pudo más que el temor a ser pisado. ¡Tenía que hacerlo!
Con algo de timidez me intento relajar y me acuesto sobre la franja peatonal. A lo lejos, se escuchan algunos matungos llevando a sus jinetes recolectando los últimos cartones disponibles.
¡Hacía mucho tiempo que no sentía esa adrenalina! Empiezo a dar vueltas sobre el asfalto como si estuviera en el mejor king side. La relajación era total. Sentía como si me estuvieran cambiando las energías. Me sentía el más fuerte del mundo, el más poderoso.
De repente una camioneta pasa despacio. Creo que me insulta. No me importa. Siento que clava los frenos, apaga el motor y se escucha que se abre una puerta.
-¿Loco, sos vos? – Dice una voz de mujer.
¡Cagamos! Me dije, ¿ahora quién es? Intento mirar para donde creo que viene esa voz de fumadora compulsiva.
-¡Sí! ¡Desgraciado sos vos! - mientras se escuchan esos taco aguja sobre el asfalto, ensuciando mi silencio.
-¡Levantate bebe! – mientras veo que cae su cartera roja de vinilo, inconfundible. Era la mujer aguantadora (Ver ¡Tengo aguante!)
Su voz imitadora de Adriana Varela, me hizo dar ganas de que pasara un auto y me atropelle. O mejor dicho nos atropelle. Si era una pesadilla, o no, de todas maneras iba a salir ganando.
- ¿Vos acá? – le digo como si recién me levantara.
- Dejá de buscar emociones coelhistas y subí que te llevo.
Trato de reaccionar apurado y le grito:
- ¡¿A donde?!
- A cenar o al Borda, ¿elegí?
No tenía muchas opciones y la verdad tenia hambre.
- Mirá que no tengo un peso – le advierto, tratando de ser lo menos caballero posible. O sea, no telo, no chocolates y mucho menos forros de vainilla.
- ¡Mejor! Así te vas a sentir culpable y me vas a deber un favor.
¡Puta madre! Todos los caminos conducen a uno solo, o sea ROMA.
- Creeme que no te he olvidado. Después de lo que me hiciste vivir, mi vida ha cambiado por completo.
¿Y ahora que carajo hice? Me preguntaba mientras me llevaba en su camioneta BMW.
Quise decirle que mi auto estaba a unas cuadras, pero la verdad estaba tan entregado que decidí no comentar nada al respecto.
- Perdoname, pero de hacer dedo en la ruta 7 a la BMW, ¿Qué parte me perdí?
Ella se ríe mientras enciende un pucho, de los largos y finolos. Solo faltaba el Gordo Caseros en el asiento de atrás diciendo: “Convenzansen, no es para cualquiera”
- Esta noche voy a devolverte todo lo que hiciste por mi
- Bueno, entonces dejame acá. – Le digo sarcásticamente.
Mientras se puso a parlotear contándome del viejardo millonario que se ligó, miro las carteleras de los teatros. La verdad que no escuché más que eso. Luego fue como escuchar una canción de los Guns, o al menos eso imaginé.
- Llegamos piojito.
Cuando me doy cuenta, estábamos en Puerto Madero. Me acomodo un poco la pilcha (no estaba muy limpia luego de revolcarme por la calle) y le pregunto a donde vamos.
- Hay un resto que me fascina. Me hace acordar a vos.
¡Dios! Cuanto mal he hecho, ¿me lo van a debitar todo en esta vida? En fin, estaba entregado, así que me propuse ver el vaso medio lleno, y en lo posible de un buen vino mendocino.
-¿Nanatsu? – Leo en voz alta el cartel que nos daba la bienvenida al lugar.
- Si mi amor, es lo más en comida japonesa. Entremos
La dejo pasar primero y veo que algo en ella había cambiado. El tiempo debo reconocer que le jugó a favor. Su cola estaba bien parada, como la calidad de su ropa y ni hablar de sus pechos. Enormes y bien altos. ¡El viejo tenía mucha guita!
- Debo reconocer que el lugar es impresionante.
- Minimalista, amor
Ahora se volvió fina y ¿me corrige? Eso si que no lo acepto. Así que saco mi lengua ácida, esa que mi mamá me recalcó siempre con su dicho: “La lengua te pierde a vos”.
- Che, perdón que sea bruto pero ¿qué es eso de Minimalista?. Cómo diciendo, ¡Tomá! ¿A ver con que me salis?
Ella me toma de la mano y mirándome como si fuera un hijo (que tranquilamente podría serlo) me dice como esperando que le hiciera esa pregunta.
- La gente cree que es tener los pisos y las paredes peladas. Pero en verdad tiene que ver con crear la ilusión de que poco, es mucho.
¡Me re cagó! Ha evolucionado. ¡La quiero!
- O sea, lo contrario de lo simple – le confirmo para que entienda con que bueyes está arando.
- ¡Ves! Por eso te decía que me recuerda a vos este lugar
La miro desconcertado, a lo que le pregunto:
- ¿Lo decis porque soy pelado?
Ella larga una carcajada y casi se ahoga con la copa de vino que ya teníamos en la mesa de bienvenida.
- Puede ser, pero no. Justamente por como definiste al lugar.
- Ahh, vos decis que este lugar te hace pensar como cuando estás conmigo – Sigo con mi humor ácido.
- No, justamente porque lo poco que me das, es mucho para mi.
Me dejó helado. Se acerca a mis labios y me los llena de su Labial esta vez de marca importada.
La lívido vuelve a pleno y nos matamos unos minutos hasta que se acerca el mozo para dejarnos la carta.
- No hace falta – dice ella muy segura,
- De entrada unos langostinos Pasión y luego Ebi Jo para mí. Y para el caballero que me acompaña hágale unos langostinos Nanatsu.
Si quería hacerme notar que era de la casa, la verdad, que me pasó el trapo.
Reconozco que comimos como minimalistas, ya que las ganas que nos teníamos a la segunda copa de vino, hizo que lo poco, vuelva a ser mucho. Eso si, el postre lo dejamos para después de la digestión.
A la hora de pagar la cuenta, transpiré un poco.
- ¡No, no! En que quedamos – dice ella enojada.
Saca su tarjeta dorada y la deja en la bandejita plateada.
Al salir abrazados, no por amor sino porque no nos podíamos tener en pie, me agarró un acto de sinceridad.
- Bueno, creo que aun dispongo de algunos pesos. ¿Vamos a un telo?
Ella intenta enfocar mi mirada y haciendo equilibrio sobre sus altos tacos, me señala con el dedo índice y lo pone sobre mi nariz.
- - Mejor vamos a mi casa. El viejo se fue al otro lado del mundo.
- ¿Se murió? – Digo asustado.
- No, se fue a Japón.
Subimos a la camioneta, prendo la radio y Fito Paez nos despide del Puerto con su canción “Ciudad de pobres corazones”.

martes, 19 de mayo de 2009

Demasiada Emoción Para Un Solo día


Tiempo atrás, cuando aun no me afeitaba pero con edad suficiente para enfrentar a mi madre, la desafié para que me dejara pasar un fin de semana de amigos, lejos de Trelew y cerca de las chicas más aceitadas de la Patagonia.
En aquellos tiempos, donde lo más próximo a estar con una mujer era a través de alguna revista triple xxx, cayo un primo del Pelado, contando lo maravilloso que era la vecina ciudad de Puerto Madryn.
La ciudad estaba en auge y recibía turistas de todas partes del mundo. No era Ibiza pero para tres vírgenes en la materia sexual, lo era todo. Y los boliches prometían robarnos eso que tanto nos molestaba.
Después de varios juramentos a la madre, prometiendo hacer caso a todos los cuidados que no se cansaban de repetir, salimos rumbo a la ciudad de los sueños.
El viaje en si era corto, solo 64 kilómetros nos separaban de la nueva vida. Y ahí estábamos, al cabo de una hora. Haciendo la carpa en el camping del ACA (precisamente en Punta Indio). Y esperando que el sol se pusiera en nuestra frente para dar batalla a un mar que se hacía desear.
El día estaba fantástico, la gente del lugar empezaba a estacionar sus sombrillas en los mejores lugares de una inmensa playa de aguas tan cristalinas como frías.
El primo del Pelado, apareció con su camioneta y unos trajes de buzo.
-Hoy vamos a bucear a la plataforma – Dijo totalmente sacado como si fuera un chico de 5 años haciendo una travesura.
Todos nos miramos y no salíamos del asombro. Si bien hacer un bautismo submarino, era lo más en ese entonces, había algo que nos hacía recular.
Una de las cláusulas del contrato con nuestras madres, era precisamente no hacer eso que estaba delante de nuestras narices.
El gordo, el más travieso de todos, disimuladamente quiso evadir esa responsabilidad de ir argumentando tonterías, ya que en verdad le tenía más pánico al sueco de la madre que a las cargadas nuestras.
- Martín, está buenísimo, pero si pensas que vaya nadando hasta el fin del mundo para bucear, me quedo en la costa. – Dijo el gordo mientras se sacaba una pelusa del ombligo.
El anfitrión nos lleva hasta la parte trasera de la camioneta y nos muestra el bote inflable, al que solo le faltaban un par de pulmonadas para convertirlo en nuestra isla.
El gordo se quedó atónito. Con el Pelado empezamos a gastarlo y le cantábamos “¿eres una gallina Mc Fly?”. Lo cierto es que nosotros dos teníamos más miedo que él. Pero hacerlo quedar como un gil, nos daba fuerzas.
El Primo, con unos años más encima y con más calle que una prostituta, se dio cuenta de la situación y comenzó a hablarnos de lo maravilloso que era bucear en esa zona, con el fin de relajarnos y hacernos sentir que nada había que temer.
- ¡La vida es una sola y tengo entendido que vinieron en busca de emociones! – Y eso fue como decirnos… ¡Gallinas!
Al cabo de 15 minutos estábamos en la costa empujando el bote. El día estaba increíble. El golfo estaba estático y la brisa de mar no alcanzaba a enfriar una idea que ya habíamos comprado.
La base, estaba como a 10 km de la costa. La balsa avanzaba lentamente, con dos remos improvisados que nos llevaban a reírnos de la precariedad de la balsa.
El primo se tiró al agua y con sus patas de rana empezó a empujar el bote para que nos calláramos. De a poco, empezábamos a divisar la plataforma. Para ese entonces, no sabíamos si estábamos cansados reírnos o de remar.
De repente, el gordo hace un movimiento de caderas. Todos reímos hasta que el Pelado pide silencio. Todos nos miramos.
-¡Todos al agua, ahora!- Grita el Pelado.
La embarcación acaba de perder uno de sus incontables parches.
Buscamos una nueva excusa para reírnos. Y mientras nos hundíamos entre todos, en un mar que nos enseñaba la profundidad con sus aguas cristalinas, el primo toma una de las sogas del bote, se la ata a su jean recortado con forma de malla y empieza a nadar para salvar los equipos de buzo.
-¡Dejense de joder y naden hacia la plataforma! – grita el primo, enfadado.
Todos nos quedamos mirando como se iba nuestra pequeña isla, nuestros equipos y la risa. Nos agarró la desesperación de golpe y empezamos a seguir la balsa que cada vez se nos alejaba más.
En medio de la desesperación y el cansancio, miro hacia la costa y toda la gente que debía estar en el agua ya no estaba. Ni siquiera las sombrillas se veían.
El viento empezaba a soplar como solo en el sur suele suceder y las olas nos empezaban a dar la bienvenida al mar adentro.
El clima cambió de repente, y los 30 grados que nos acompañaban pasaron a ser solo 20.
Miro hacia la plataforma y en el camino estaban todos mis amigos haciendo la plancha. Estábamos muy cansados. La distancia para llegar a la costa parecía la misma que había hasta la plataforma.
De repente veo como mis amigos se van hundiendo y hago lo mismo con el fin de descansar un poco mis piernas y mis abdominales, que se esforzaban por flotar. (¿quien dijo alguna vez que haciendo la plancha uno puede flotar por horas? Ya se, un profesor de la colonia de vacaciones y un jefe que se negó toda su vida a los cambios, pero él, nunca se ahogó).
En una de mis hundidas, me di cuenta que no podía flotar más. No había piernas que me hicieran volver a la superficie. Había descendido como dos metros. Miro hacia arriba y el agua cristalina dejaba ver lo que ya no podía alcanzar.
Me di por vencido. Miro hacia el fondo y comencé a rezar. No estaba desesperado. Ahí me di cuenta que era el fin, que nada se podía hacer y la calma llegó a mi alma.
Lo primero que pensé fue en mi madre. Tenía razón. No estábamos preparados para este viaje.
Mientras miraba con una calma desesperante todo el mar que me rodeaba, siento que de atrás algo me agarra el brazo. Ese año me había tocado leer en Literatura “relatos de un náufrago” de Gabriel García Márquez y lo primero que pensé era que uno de esos tiburones me había tomado por sorpresa de atrás.
Intento darme vuelta con mi última burbuja de aire, pero no puedo. Me tenían agarrado de un brazo como si fuera un delincuente, y me di cuenta que estaba subiendo a la superficie.
- ¡No hagas fuerza ni te sueltes por favor! – me grita un hombre de avanzada edad, mientras chiflaba a uno de los gomones de prefectura que estaban diseminados por toda la zona, buscando a mis amigos.
Ese día, mi Dios tenía nombre e historia. Se llamaba Jorge y era campeón sudamericano de Pata de rana. El me salvó la vida.
En la costa nos esperaba la gente, la radio local y la Guardia Costera. Los primeros, que no eran pocos, armaron el escenario de la tragedia. Los segundos buscaban la primicia de hablar con los náufragos. En cambio la Guardia nos esperaba para detenernos por no contar con los permisos necesarios para bucear.
El micrófono de la radio para hablar con el conductor de turno me hizo sentir un campeón un héroe, pero le recordé al periodista que verdadero héroe se llamaba Jorge, y trate de revivir esa vieja leyenda que la Patagonia había olvidado y que Jorge me la recordó en el trayecto a la costa. Además de héroes también había un perfecto pelotudo (primo del Pelado), pero eso no me animé a decirlo porque estaba seguro que no solo mi madre estaba escuchando la tragedia en vivo.
Al dar mi nombre (falso por supuesto) salí corriendo al igual que mis amigos. La policía solo pudo atrapar al capitán del Titanic, ya que, como rige la ley de los marineros, es el único que se quedó junto al barco.
Esa noche, ninguno atinó a mencionar las palabras como boliche, mujeres, sexo… fue demasiada emoción para un solo día.

domingo, 17 de mayo de 2009

Coco y Vainilla


Una cena en “Don Mario”, ya que en mi restaurant favorito no había lugar, fue el motivo por el cual Mercedes cedió ante mis encantos. Bueno la verdad que de encanto poco, pero reconozcamos que es un buen punto a mi favor empezar de esa manera, teniendo en cuenta los cocodrilos que abundan en los pocos hombres que quedan en la tierra.
Siempre que salgo con una chica, me acuerdo las anécdotas de una amiga con un sinfín de chabones que la invitaban a salir. Todos amarretes. Con plata o sin, el amarretismo poco tiene que ver con esa cualidad. Así es que ella, cuando veía que el flaco de turno, miraba demasiado la carta o sugería un plato para comer a medias, ya le caían las fichas y empezaba a contar con cuanta plata contaba encima, ya que el clásico “¿pagamos a medias?” era el principio del fin.
Ahí estaba yo, sentado, esperando la llegada de una mujer que seguramente poco tendría de esa imagen que construí en el taller literario.
Como buen estratega, tenía todo fríamente calculado. Mi depto estaba impecable, el auto lavado, me acababa de cortar el pelo y busque mi mejor camisa para esa velada.
Más de uno se preguntará por qué no la pasé a buscar. ¡Sencillo! En primer medida sabia que ella tenía auto. Si bien es, hasta un poco descortés de mi parte, estaba seguro que le generaría más confianza a ella y sus amigas la alentarían a que eso esta bueno ya que si la cita la aburre podía irse en cualquier momento. Por otro lado el decir “te veo en tal lugar” ya que debo hacer unas cosas antes, queda como algo mas “casual” (¿estoy muy comillero? ¡Ja!) Y hasta desinteresado, pero todo es mentira, claro está. Y también porque no me gusta llevar a nadie, ¡Que tanto!
Todo esto sin hablar de los silencios y lo contraproducente que puede ser perder los primeros diez minutos de mística hablando boludeces y que ella encima piense “que mal maneja” ¡Sigo con las comillas! (chiste válido para la Argentina).
Llegué 15 minutos antes –solo por ser la primera vez- y me hice amigo del mozo y le di unos pesos para que me llamara por mi nombre y me tratara como de la casa. Cuando llegamos a los 20 minutos, ya éramos como hermanos y hasta se burlaba de mi silla vacía.
Solo después de otros 5 minutos, Mercedes aparece. Radiante, fresca y con un toque en su cabeza que se convirtió en el centro de atención de todos los presentes. No hablo de un peinado punk, sino de una capelina que llevaba haciendo juego con su vestido sensual y naif.
El mozo se acercó a recibirla y la condujo hasta mi mesa.
Mi cara de feliz cumpleaños no se puede disimular. Me paro para saludarla y le acercó la silla, y de paso aprovechar para que saber perfume llevaba encima. (Algún día hablaré de esta teoría).
La gente volvió a sus platos y mis oídos volvieron a recibir todo el bullicio de un restaurant que comenzaba a llenarse.
- ¿Pedimos algo? Estoy muerta de hambre – mientras le hace una seña al mozo para que nos traigan la carta.
Pero, ¿qué fue de esa mujer tímida y sonrojosa (algo así como que se le ponen los cachetes colorados) que habitaba en mi mundo literario?
- También yo – le digo desconcertado por la actitud que traía bajo su vestido con un escote que ya me estaba poniendo celoso.
Todas mis técnicas de levante debían girar 180 grados. No me estaba enfrentando a la clásica muchacha de pueblo. Estaba ante una chica de ciudad, de luces… una verdadera mercenaria.
Mientras ponía el piloto automático de conversación (total, la mística se fue al carajo) revolvía en mi cabeza como hacer para sorprenderla. En este caso y como dirían en mi dulce pueblito, la vaca se volvió toro.
Creo que ella se da cuenta de su avasallamiento y decide bajar un cambio para que sea yo, el que me sienta a gusto.
Al no encontrar nada en mi cabeza, decido ser yo, exponiéndome a todo y hasta correr el riesgo de ser gastado por ella ante mi inocencia que solo unos pocos de mi círculo de confianza conocen.
Ya para el postre, estábamos relajados y gran parte de nuestras vidas habían sido digeridas.
A la salida del restaurant, y con chistes de ocasión por parte de ambos, para evitar una despedida incierta de besos, le pregunto donde dejó el auto
- En verdad no vine en auto, tomé un taxi – haciéndome una sonrisa alentadora
¡Mierda que se la sabe todas! Me dije mientras buscaba una cara que poner y algo que decir. Me sentía como un chico virgen. Pero revuelvo en mi interior y saco el tigre de Ludovica.
Cualquier cosa que dijera iba a estar demás. Así es que la abrazo y le estampo un beso de película.
Ella me agarra más fuerte aun y aprieta sus manos contra mi nuca. La cosa estaba en llamas. Suspiros entre beso y beso, y abrazos que querían ir más allá de las ropas nos sugirieron ir hasta mi casa.
En el auto aun quedaba algo de pudor. Prende un pucho y me mira seductoramente.
Les ahorro la pregunta. La gente que fuma no suele pedir permiso para tirarnos su vicio. Es lógico. Si a ellos no les importa intoxicarse ¿por qué se habrían de tomar la molestia para con nosotros? Aunque hay excepciones, como en todo.
Pasamos por la Octano (una estación de servicio muy conocida de nuestra querida Mendoza) y la típica fue comprar forros y chocolate mientras ella se pasaba el rimel por sus ojos.
- ¡Listo!
Dije, mientras cierro la puerta del auto apurado y con unos nervios que se parecen a cuando tengo frío.
Ella estaba tociendo. No podía hablar y solo hacía señas que no lograba entender.
- ¿Qué te pasa?- Le digo a los gritos mientras trato de sacarle a los sacudones que le estaba pasando.
Me hizo un gesto como para que abriera la ventanilla.
Pongo en contacto el auto y abro todas las ventanillas. Ella saca la cabeza afuera y luego de unos respiros me dice agitada:
- ¿Qué perfume usas para el auto?
Pienso. No entendía nada. ¿Se lo habrá tomado? Se ve medio piantada pero no creo que sea para tanto.
- ¡No se! Uno que compré en el Walmart.
- No, de que sabor es lo que quiero saber
¡Se lo tomó! Me dije en voz baja, mientras ella empezaba a toser.
- ¡No me lo tomé estúpido! ¿Es de vainilla?
- Y coco. Coco y vainila.
Remato con algo de culpa, aunque sin saber el por qué.
- Llevame a casa por favor. Le tengo mucho asco a la vainilla. No creo que tengas ganas de ver vomitar a una mujer toda la noche.
A la mierda con la fiestita. Mi humor en las cuadras restantes fue de mal en peor, mientras la veía de reojo como hacia movimientos de rana para evitar vomitar.
Quedamos en hablarnos y se baja del auto a las corridas porque el vómito estaba a punta de lanza.
No me dio tiempo a despedirla siquiera. Entró a la casa y yo arranco desmoralizado.
En el primer semáforo revoleo los forros contra el parabrisas (tampoco los voy a tirar con lo caro que están) y terminan en mi entre pierna.
¿A que no saben de que sabor era los profilácticos para el sexo oral?
Buena suerte, mala suerte… vaya a saber uno.